El 24 de mayo hay elecciones municipales. En todo el mundo, en los países normales, en elecciones así los ciudadanos eligen a los integrantes de los ayuntamientos, de los que saldrá la primera autoridad, digamos “alcalde, batlle, paer en cap, cònsol major o síndic” (“alcalde, concejal jefe, alcalde mayor o síndico”), que así se llama en diferentes puntos del país. Los partidos y las listas independientes que concurren lo hacen con un programa específico para cada puesto. Y estos son de uso estrictamente local, por lo que no son aplicables al pueblo o ciudad de al lado, salvo el carácter generalizable de algunas iniciativas, casi siempre de mejora de la calidad de vida democrática, la participación, la transparencia, etc. En unas elecciones locales la gente tiene muy en cuenta los candidatos, a los que a menudo conoce personalmente, y el posicionamiento de cada lista sobre aspectos sensibles de la vida en el municipio. Aquí, las siglas de partido tienen una importancia inferior a la habitual en otros comicios. Las personas hacen mucho y el comportamiento ciudadano ante las urnas no es siempre una reacción mecánica y fija, sino que depende mucho del nivel de confianza que le suscitan los candidatos, sobre todo los cabezas de lista. Hay alcaldes emblemáticos que obtienen unos grandes resultados para su partido, resultados que luego no tienen continuidad en otras elecciones de alcance más amplio. Pero hay más: de las elecciones locales salen los consejos comarcales y, sobre todo, las mayorías para obtener el gobierno de las diferentes diputaciones, instituciones con un presupuesto notable, ante las que no ha habido nunca ninguna manifestación de protesta… Hay que pensar mucho a quién se vota, sabiendo, por tanto, que el voto para un municipio no se detiene en el interior del término municipal, sino que tiene consecuencias comarcales y, aún, provinciales.
Todo ello, en condiciones normales. Pero la situación política del Principado es cualquier cosa menos normal: dos millones de personas manifestándose, más de dos millones votando en una jornada no reconocida, el presidente, vicepresidenta y consejera imputados, el Constitucional sentenciando contra medidas de participación democrática, un juez represaliado por haber escrito borradores de constituciones democráticas, etc. El 24 de mayo, pues, votaremos como queremos que sean nuestros ayuntamientos, pero no vamos a votar sólo eso. Serán elecciones básicamente municipales, sí, pero no sólo serán eso. Aunque el electorado votara en clave sólo local, la lectura que se hará al día siguiente, aquí y fuera de aquí, será en función del avance, estancamiento o retroceso del proceso soberanista, guste o no, a partir de los resultados de los partidos favorables a la independencia. Y esta es la cuestión: ¿cuáles son estos partidos?
No hay dudas sobre el independentismo de ERC y de la CUP. Pero no podemos decir lo mismo de CiU, una alianza de dos partidos, uno de los cuales (CDC) sí que ya ha dado el paso, pero otro (UDC) no. No concurren por separado, sino juntos. Y si el 24-M debe ser la primera vuelta plebiscitaria del 27-S, como nos aseguran Mas y Junqueras, votar una lista conjunta de independentistas y otros que, a día de hoy, no son, ¿qué significado tendrá en el plebiscito local: a favor o no de la independencia? ¿Qué uso se hará de este voto? No parece muy considerado con el electorado, pues, dejar pasar las municipales para que la parte no definida como independentista de CiU aclare si defiende una Cataluña independiente o bien la quiere vinculada a España, en la forma que sea. ¿Por qué no lo dicen antes? ¿Qué garantías de independentismo dan? Si los cargos no independentistas, obtenidos gracias al voto a CiU, no acaban finalmente poniéndose a su lado, es evidente que no serán utilizados a favor, sino en contra de la independencia. Por eso la incertidumbre puede perjudicar, enormemente, a CiU. Y puede haber voto moderado socialmente que, por si acaso, ponga su confianza en ERC o la CUP. El 24-M, pues, municipales, pero no sólo.
EL PUNT – AVUI








