LA GUERRA DE IRAK: 10 AÑOS DESPUÉS
En 2003, soñé que una vez que el régimen baazista de Saddam hubiera caído, podríamos por fin vivir en paz. Hoy en día me pregunto si la cultura baazista del despotismo, la represión y la violencia podrá algún día ser erradicada.
Pensé que el pueblo iraquí podría dejar atrás las atrocidades, que aprenderíamos de nuestros errores, y que ninguna autoridad volvería a tratar a nadie como a un ciudadano de segunda clase. Quería que mis hijos nunca vivieran las experiencias que sus padres y abuelos pasaron.
Como kurda, soñé que nadie sería oprimido sólo por su origen étnico, y que nadie tendría que volver a enfrentarse a un bombardeo químico, al genocidio y al éxodo, o que nuestra cultura, idioma e historia no volverían a sernos denegadas. Soñé que los kurdos ya no tendrían que permanecer en los oscuros e injustos capítulos de la historia.
Como mujer, soñé con la justicia y la igualdad, aunque sabía que las mujeres kurdas de esta generación pagarían un precio muy alto por la igualdad. Soñé que las mujeres kurdas, que han soportado el estigma de inferioridad, y las consecuencias de la guerra, por partida doble, también serían reconocidas como iguales.
Todo lo que yo soñaba parecía simple y normal – no era tanto pedir – pero diez años más tarde, todo eso todavía parece estar lejos de hacerse realidad. El sistema de Irak ha pasado de ser un orden autocrático a un impredecible desorden. La falta de confianza y la búsqueda del poder han creado un estado sin reglas y juegos peligrosos.
La nueva constitución iraquí reconoció al Kurdistán como una región autónoma, con un grado de control sobre sus propios recursos, pero sin un marco de coordinación – la cooperación entre el centro federal (Bagdad) y la región federal (Kurdistán) era casi irreconocible como tal. Cada lado define el federalismo en función de sus intereses, cada uno se atiene a algunos artículos de la Constitución y no tiene en cuenta el resto según estimen conveniente.
Los kurdos intentaron compartir el poder y constituirse junto con otros grupos, pero las malinterpretaciones de la Constitución, los malos entendidos y las malas intenciones han creado serias disputas entre los dos lados del acuerdo federal. Al principio, los kurdos atribuyeron estos problemas a los métodos del primer ministro, Ibrahim al-Jaafari, y comenzaron a formar nuevas alianzas para obligarlo a renunciar.
A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, quedó claro que los problemas no surgieron de los individuos, sino de la mentalidad de las élites árabes iraquíes, y de cómo veían las reivindicaciones nacionales de los kurdos. Los que tienen el poder han sido incapaces de entender el meollo de la cuestión kurda, o lo que significa compartir el poder.
La corrupción y la falta de transparencia se han convertido en la norma en Irak. El Índice de Corrupción de 2010 asigna a Iraq el quinto lugar entre los países más corruptos del mundo. Lamentablemente, el Kurdistán no está exento de esta imagen negativa de todo el Oriente Medio.
A pesar de ello, la región del Kurdistán federal ha avanzado en muchos aspectos durante los últimos años. Las esperanzas de una bonanza petrolera han promovido la construcción en Erbil, capital de la región y la ciudad que los funcionarios locales consideran será el próximo Dubai. Los servicios sociales del Kurdistán también han progresado: en efecto, se ha convertido en un refugio seguro para las minorías étnicas y religiosas que huyen de la violencia en otras partes de Irak.
Sin la protección constitucional de Bagdad o de la comunidad internacional, sin embargo, estos avances corren verdadero peligro. Incluso los actores externos interfieren: países vecinos como Turquía e Irán cruzan la frontera de manera ilegal diariamente. Bagdad y el resto del mundo observan esta práctica sin una palabra de condena, por no hablar de la intervención.
Esto por si sólo es malo, pero la condición de la mujer se ha convertido en un desastre en la era de la posguerra. La violencia hacia las mujeres en todo Irak abarca una amplia gama de prácticas, incluyendo los asesinatos por honor, la presión familiar para cometer suicidio, los matrimonios forzados y la violencia doméstica. Los estrictos roles de género hacen de las mujeres (y, sobre todo, de sus cuerpos y de su sexualidad) un depositario del “honor” de la familia, la comunidad, la nación y así sucesivamente. Esto se utiliza para evitar que sean capaces de tomar decisiones por sí mismas. Las desviaciones de los roles de género a menudo son castigados desde los círculos más cercanos de las víctimas.
No existen estadísticas precisas para la violencia contra las mujeres en Irak, por lo que es difícil tratar este problema. A pesar de la escasez de datos, todos coinciden en que la violencia está muy extendida. Algunos analistas afirman, con referencia a Unifem, que hay por lo menos 400 asesinatos de honor al año, pero la mayoría de los crímenes de honor, suicidios y otros actos contra las mujeres no se denuncian. De hecho, después de causas naturales, se cree que los crímenes de honor son una de las principales causas de muerte entre las mujeres en Kurdistán.
Estas cifras contrastan fuertemente con las muertes por terrorismo, que son relativamente pocos en el Kurdistán, aunque el gobierno dedica recursos considerables para su prevención. El gobierno no ha podido, sin embargo, establecer protección civil para las mujeres o enjuiciar este tipo de delitos. Todo esto debe considerarse en el contexto más amplio de la exclusión de las mujeres de la política, a pesar de la cuota del 30% introducido por el gobierno kurdo.
Mientras las autoridades islámicas se hacen con el poder por todo el Medio Oriente de la primavera post-árabe, existe un verdadero peligro de que incluso la limitada protección civil que tienen las mujeres sea eliminada bajo la influencia de estrictas leyes religiosas, exacerbadas por una cultura de violencia y por el conservadurismo religioso y las estructuras tribales que han ido cogiendo fuerza en la última decada.
En Kurdistán, los partidos religiosos no tienen el apoyo de la mayoría todavía. Son las cuestiones de la independencia nacional las que ocupan desde hace mucho tiempo la política kurda. Pero la urgencia de la cuestión nacional se va debilitando, mientras que la insatisfacción hacia los partidos gobernantes y la simpatía por los grupos religiosos va aumentando. En este contexto, el futuro de las mujeres es muy oscuro.
Si todos en Irak desearan un destino común basado en el respeto por los derechos humanos y la justicia, en lugar del patrón de venganza actual, la nación habría superado los desafíos de reconciliar a las distintas facciones y construir puentes: entre Bagdad y el Kurdistán, y entre Irak y sus vecinos. Los iraquíes deberíamos estar tan asqueados de nuestra larga historia de sufrimiento que deberíamos haber abandonado el camino del conflicto y la violencia. Por desgracia, esto nunca sucedió.






