Sin duda somos hijos de nuestra memoria. Probablemente, la entidad de cada ser humano estribe simplemente en su capacidad de memoria. Esa relación inapelable a nuestro origen –el de dónde venimos y el quienes somos-, y a los pasos y episodios de nuestra existencia.
Sin duda, pues, la esencia de cada persona y su singularidad, esta encarnada y regulada, por la dinámica de su memoria.
Cuando una persona, bien sea por enfermedad congénita o degenerativa, o por algún tipo de anormalidad carece de memoria, comúnmente es considerada como un vegetal. La muerte de la memoria, algo tristemente muy común en nuestros entornos familiares, inhibe las potencias cognitiva y volitiva, sumiendo al afectado en un estado puramente vegetativo. Deja de ser persona.
Realmente, la memoria –o si se quiere la memoria histórica- es el motor de la sociedad en cualquiera de sus expresiones.
Esto es decir bien poco, a no ser que la profunda necedad e ignorancia de algunos políticos, personajillos de dudosa mollera, lleguen a vituperarla. Y es que, cuando tan frívolamente desprecian, ignoran o tergiversan la Historia, desprecian nuestra memoria histórica. Es decir el conocimiento del “de donde venimos y a dónde y cómo hemos llegado”.
¿Qué sería de las grandes asociaciones humanas: religiones, culturas, etc., sin su referencia constante e ineludible a todo el acerbo que implementa sus memorias? Sin duda, no serían…
Pongamos, por cercano, al cristianismo. Sabemos que en el eje, tanto de sus ritos y “misterios…” como de su mensaje, por tanto, en su razón de existir, está el “in memoriam Domini”.
No existe ningún tipo de asociación o instancia humana, que pueda permanecer sin el substrato de la memoria.
Y si la persona sin memoria no es persona, un individuo libre y autónomo –un derecho inalienable, aunque frecuente y criminalmente alienado-, un pueblo sin memoria histórica no es ni pueblo, ni soberano.
De ahí que cualquier pueblo –es el caso de nuestro pueblo vasco- que aspire a su identidad y a su soberanía, haya de rescatar, revisar, depurar… y al propio tiempo respetar y defender, su memoria histórica.
Si la persona, sigamos con el paradigma, pretende rectificar o dar un nuevo rumbo a su tránsito por la vida deberá recurrir inexorablemente a su memoria, que en definitiva es su conciencia. Sin ella no existe análisis, proyectos, calificaciones o rectificaciones… Es decir, futuro.
En estos días de “crisis”, estamos constatando y bebiendo hasta las madres, el desbarajuste de lo que algunos llaman la escopeta nacional.
El viejo imperio, hoy estado de chichinabo, parece arribar al puerto que muchos vaticinaron como el de la bancarrota… Algo –lo de la bancarrota- por otra parte endémico, en el imperio del nacional catolicismo. Solo se precisaría recurrir a esa memoria histórica, que tanto el ultramontano hidalgo hispánico, como el pícaro, la corrupta curia vaticanista y el contubernio monárquico, persisten en ignorar
Si en estas latitudes hubiera suficiente gente congruente y sensata – hoy por hoy, asaz complicado-, capaz de revisar, depurar y verificar la memoria histórica… Si esa gente fuera lo suficientemente cuerda para, recurriendo a dicha memoria histórica, analizar las causas de tantas decadencias… Si al dictamen de esta memoria, fueran conscientes de que el actual desbarajuste socioeconómico, es el resultado de una secular y nefasta trayectoria política… Si se sintieran conmocionados por un sincero propósito de la enmienda…
Pero son demasiados condicionamientos… sin duda…
Algo similar podría acontecer a la Iglesia –sirva de ejemplo- si revisara, depurara y desmitificara su negro curriculum… Y pidiera perdón por tantos crímenes, amancebamientos con el poder político, apego a las riquezas y tantos otros desaguisados humanos…
Claro que si cambiara el chip y se pasara a las filas de la honestidad, a las de “andar por verdad”, de verdad, probablemente –y sería lo sincero-, se encaminaría al desguace. Sería lo más correcto…
El recurso pues, a la memoria histórica, es imperativo para la definición de cualquier tipo de asociación humana. Y aún lo es más si cabe, para su futuro, pues solo a la luz de la memoria histórica pueden elaborarse proyectos y objetivos coherentes.
Esta convicción y no otra, es la razón por la que un buen número de historiadores, pensadores, escribidores etc… vascos, insistimos tanto en la recuperación de nuestra memoria histórica.
¿Qué éramos cuando nuestra memoria histórica se limitaba a un relato tan maniqueo como apañado, poco más que un episodio del caballero del antifaz? Un relato que se trenzaba con las hazañas de aquellos Indibil y Mandonio, Viriatos, godos, Cides, grandes capitanes… grandes santos y emperadores, heroicos conquistadores, gloriosos caudillos…
Entonces Navarra era un mero accidente en el mapa…
¿Dónde quedaban los biorritmos y las cuitas de un pueblo como el navarro que humildemente, en silencio y fuero a fuero iba haciéndose y madurando…?
Ha sido la recuperación de nuestra memoria histórica, la que nos ha desvelado todas las tropelías cometidas por el nacionalismo español para desmantelar el estado navarro. Crímenes y desafueros horribles, que han pasado a nuestra memoria histórica con una documentación tan abrumadora, que ya definitivamente, resulta insoslayable.
Fuera de las fronteras hispanas, esta realidad es clara y manifiesta. Son pléyades los escritores y pensadores del calibre de Eduardo Galiano, Fernando Vallejo, Guerra Cabrera… etc… que testimonian el sufrimiento, el desgarro… que España ha desencadenado en los pueblos tanto latinoamericanos como peninsulares…
España debería alguna vez pedir perdón a todos esos pueblos y por supuesto al vasco. Es lo mínimo que se le puede exigir, si algún día se plantea establecer unas relaciones amistosas entre iguales.
Es pues la memoria histórica la que nos devuelve la dignidad e identidad como pueblo.
Por ello somos conscientes, de que existen numerosos navarros y vascos en general, sumidos en esa ignorancia y auto-odio inoculados secularmente por el invasor. Pero nos queda la certeza de que en la medida en que nuestro pueblo –todos esos no pocos, cómodos ignorantes- vaya reconquistando la memoria histórica, tendremos a nuestro alcance la recuperación de nuestra soberanía.
Esto evidentemente, lo tienen bien claro los nacionalistas españoles, navarristas o simplemente españolistas.
Es por lo que desde sus centros de poder, estos descastados, no ponen coto ni al dinero ni a las triquiñuelas, atentos a desvirtuar, ocultar o tergiversar, cualquier acontecimiento que enaltezca o enriquezca, nuestra memoria histórica. Pero ellos funcionan con dinero. Nosotros con tesón, amor y veneración a nuestra memoria.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua








