España se inventó un ancho de vía diferente por el miedo a la invasión francesa, y ahora deberá acelerar la transformación del corredor mediterráneo a la anchura de vía europea para que los franceses –o los alemanes o quienes sean– puedan correr a defender las fronteras exteriores de la Unión, si es necesario.
Hélène Carrère d’Encausse, antes de morir, sostuvo una conversación interesantísima con uno de sus discípulos, conversación que una vez muerta fue publicada, inacabada –pero más que suficiente–, en libro (1). En un momento de aquella conversación, la señora Carrère de Encausse dijo una frase que me impresionó mucho: “Las ideologías pasan, pero la geografía permanece”. Sabía de qué hablaba: ella profetizó en los años setenta –y muy pocos saben verlo también– que la Unión Soviética acabaría hundiéndose. Su libro “L’Empire eclaté” –que nunca ha sido traducido al catalán– es uno de los grandes trabajos intelectuales de la segunda mitad del siglo XX. Con una particularidad que a mí me fascina y me anima siempre: Carrère d’Encausse se equivoca completamente en el análisis concreto sobre cómo caerá la URSS, pero acierta de una manera brillante en saber qué pasará. Es una lección que procuro no olvidar.
La geografía ha pasado durante años como la pariente pobre de la historia y otras disciplinas como la sociología. Parecía que este sustrato material sobre el que vivimos a diario era simplemente inamovible y no merecía demasiado estudio ni consideración –en todo caso, tan sólo como condicionante. La tierra, el mar, los ríos y las montañas, las ciudades, las autopistas y los trenes es como si estuvieran siempre, inmóviles y sin capacidad de influir en el día a día de los humanos. Pero esto no es verdad.
El primer libro que escribí –y que seguramente ya sólo se debe encontrar en alguna librería de viejo– se titulaba ‘Cataluña en la estrategia militar de la OTAN’, utilizando el topónimo con el significado que daba Josep Guia en su popular ‘És molt senzill, digueu-li Catalunya’ (‘Es muy sencillo, llámenle Cataluña’) –como equivalente de Països Catalans, por tanto.
El libro tuvo una acogida extraña. Eran los años del referéndum de la OTAN y creo que se esperaba un texto ardiente y militante, pero no era esa mi voluntad. Yo quería descubrir el impacto de la geografía sobre nuestro devenir, tomándome al uso más indiscutible de esta disciplina, que es la guerra. Y no sé si esto se entendió.
Después, con el paso de los años, siempre he estado obsesionado por mirar los mapas con los ojos de un constructor. Estos días quiero aprovechar las presentaciones de mi nuevo libro para explicar que los Països Catalans son una nación absolutamente marcada por la geografía, creada por una geografía que hacía absolutamente natural que en el espacio entre Narbona y Murcia apareciera una gente unida y que sería la misma.
Cuando ya trabajaba estas ideas, en una biblioteca de Chicago, a finales de los años ochenta, descubrí otra pieza del rompecabezas. Un libro intrigante como ninguno de los otros que he leído, que llevaba por título ‘A Quick and Dirty Guide to War’ (‘Una guía rápida y sencilla sobre la guerra’). Escrito por un especialista en juegos de guerra y un militar estadounidense importante, el libro fue un choque porque contenía una lista precisa y científica de las guerras del futuro, e incluía –¡en los años ochenta!– el conflicto entre Cataluña y España. He hablado más veces (2) de todo lo que creo que implica y hasta cierto punto esconde este volumen, que me dejó clarísimo que la mirada militar sobre nuestro territorio era persistente y muy concreta.
De aquel libro, de las investigaciones que he hecho después y de los contactos con los autores –hermético hasta la exageración, muy sospechosamente, el militar–, he deducido que España entendió a finales de los años setenta que los Països Catalans, la reunión de los Països Catalans, es su pesadilla más poderosa, la mayor amenaza para su existencia. Y que esto suscitó que se activara toda una serie de maniobras destinadas a separarnos y que duran hasta la fecha.
La más clara, seguramente, la de los trenes. Antes de descubrirlo, España dejó hacer, siguiendo la lógica de la racionalidad geográfica y económica, la autopista que va de Salses a Elx. Luego, la gran velocidad ferroviaria se convirtió en lo contrario de lo que fue la autopista. Si la autopista es la calle mayor de los Països Catalans, la red AVE es la máquina más inclemente que existe –según la lógica política y menospreciando la geografía y la economía– para mantenernos separados. El corredor mediterráneo es el enemigo de España, algo que España no puede confirmar porque fuera nadie lo entendería, pero ciertamente dentro se hace tanto como se puede para evitar que sea realidad. Se había anunciado para 1992 y estamos en 2025: sobran los comentarios.
Pero ahora nos encontramos con un cambio de guión inesperado y asombroso. Los tambores de guerra vuelven a sonar sobre nuestro continente y la alianza transatlántica pasa un mal momento, por lo que en las capitales europeas empiezan a mirarlo todo de otra manera y a tomar decisiones. Ayer el Estado francés anunció la vuelta –por ahora con carácter voluntario– del servicio militar, por lo que una parte de los catalanes, en este caso los del norte, vuelven a tener en su vida una situación que ya parecía superada.
Pero son aún más dramáticas –en el sentido escénico de la palabra– las decisiones que adoptan los ejércitos europeos en el marco del llamado “Schengen militar”. De ahora en adelante, por ejemplo, los estados de la Unión Europea tendrán que autorizar el paso de tropas de los demás estados –algo fabulosamente increíble, visto con perspectiva histórica– en un máximo de tres días en tiempo normal y de seis horas en tiempos de crisis. Y esto significa –obligatoriamente– que toda una serie de infraestructuras europeas tendrán que estar preparadas para ser usadas por los ejércitos de toda la Unión. ¿Y cuál es fundamental y abiertamente incompatible? Exacto, el tren. Y más en concreto el ancho de vía español. De modo que las órdenes son de acelerar al máximo la construcción del corredor mediterráneo.
La cosa no deja de ser graciosa: España se inventó una anchura de vía distinta por el miedo a la invasión francesa y ahora deberá acelerar la transformación del corredor mediterráneo a la anchura de vía europea para que los franceses, o los alemanes o quienes sean, puedan correr a defender las fronteras exteriores de la Unión si es necesario. Y, sea con la excusa de que sea, de rebote, resulta que la geografía pondrá fin al recelo español contra la conexión entre Valencia y Barcelona.
La señora d’Encausse, ya lo he dicho antes, efectivamente sabía bien de qué hablaba: “Las ideologías pasan, pero la geografía permanece”.
(1) https://www.fayard.fr/livre/la-guerre-et-la-grace-9782213727165/
(2) https://www.vilaweb.cat/editorial/4017643/guerra-mediterrani.html
VILAWEB
La guerra del Mediterráneo
Vicent Partal
06.06.2012
No hay ninguna explicación racional de que aún debamos reivindicar el corredor mediterráneo. Nadie puede discutir su necesidad económica y su urgencia, no sólo para Europa sino incluso para el Estado español. Sin embargo, estamos donde estamos y todavía hoy hay que reunir a nuestros presidentes pidiéndolo. ¿Por qué? ¿Qué se esconde detrás de tanta irracionalidad? ¿Debemos pensar que es mera incompetencia? Creo que no. Entre otras cosas, porque el repaso de un viejo manual militar americano sugiere una respuesta que, ésta sí, se entiende y es lógica: somos el enemigo.
Hablo de un volumen titulado ‘A Quick & Dirty Guide to War’. Fue escrito en 1985 por Austin Bay y James S. Dunnigan, dos analistas responsables de idear juegos de guerra en el Pentágono y en el Colegio de Guerra del Ejército.
Entendámonos: un juego de guerra es una simulación. Y durante décadas los militares americanos han preparado situaciones políticas potencialmente complicadas a base de simularlas primero. Cuando ven en el horizonte algo que les inquieta hacen simulaciones de lo que podría ocurrir. Y las hacen con un notable aparato tecnológico, ciertamente, pero también con la participación de políticos que les entrenan sobre las reacciones creíbles de los actores implicados en el conflicto –hipotético o no.
El libro explica de hecho quince juegos de guerra de estos, con todo el detalle imaginable. No dice en ningún sitio que sean juegos realmente jugados, ni yo he conseguido nunca, por más que lo he intentado veces, que los autores del libro me den información concreta sobre cómo consiguieron datos tan precisos como los que utilizan. Pero hay detalles que me hacen pensar que estamos ante una recopilación de juegos realmente llevados a la práctica. Para empezar, de las quince guerras explicadas en el libro, doce han ocurrido; y han ocurrido cómo el libro explica, a menudo siguiendo los patrones que se dan.
Hay tres, pues, que no han ocurrido: una guerra mundial, otra por los minerales del Caribe y una entre Cataluña y España. Efectivamente. El capítulo decimocuarto presenta la posibilidad de una guerra entre Cataluña y España, sin subterfugios ni medias tintas. Y aquí entra en juego el segundo de los detalles que me lleva a pensar que los datos que tienen del conflicto lo son todo, salvo accidentales: una lectura atenta del capítulo enseña claves y visiones (el papel de Montserrat por ejemplo…) que sólo personas muy entendidas en nuestro país serían capaces de poner en medio de la trama. Ellos no son especialistas en nosotros y sin embargo se sabe que en algunas ocasiones los americanos habían simulado qué pasaría en sus bases durante la transición. No es tan difícil atar cabos.
Pero lo que me interesa explicar es que el capítulo concreto que relata la guerra entre Cataluña y España explica algo fundamental: que hay tres piezas que pueden inclinar la balanza: Francia (y un día deberíamos hablar de ello), ETA (que podría desencadenar un conflicto que arrastrara a todos…) y los valencianos, que somos la ‘wild card’, la pieza de balance. Dicho de otro modo: alguien aprendió, gracias a ese juego, que un corredor mediterráneo potente y unido es una seria amenaza a la idea que han tenido siempre de España y que siguen teniendo quienes mandan en Madrid.
Alguien lo aprendió y alguien lo pone en práctica de una forma tan persistente y tozuda que décadas después el gobierno español no hace caso de la Comisión Europea por mucho que le ordene que acelere el corredor mediterráneo. Nosotros tenemos toda la razón, Europa nos la da, pero el Estado español hace el sordo y nos trata con tanta displicencia e irracionalidad que es necesario pensar que no hay simple desdén, sino prevención. Una prevención calculada y basada en datos concretos, como los que Austin y Bay explican.
Ellos tienen que saber esto de la ‘guerra del Mediterráneo’ y de ahí que se comporten con la aparente irracionalidad que tanto nos enerva. Pero no nos engañemos: la actuación del Estado español no es la de quien va contra toda la lógica porque sí. Más bien es la de quien no quiere facilitarle las cosas al enemigo.
Y si no, explíquenme, ¿qué sentido tiene perjudicar toda la economía del Estado manteniendo una sola vía en las tierras del Ebro? ¿Por qué van pasando los años y el TGV de París, anunciado para que llegara en 1992 a Barcelona todavía no llega a Girona? O denme una razón sólida para entender, ¿por qué el mismo año que la Unión Europea proclama que hay que hacer inmediata y prioritariamente el corredor mediterráneo el Estado español no le dedica ni un euro?










