Los Premios Gaudí, que otorga la Academia del Cine Catalán, han logrado una consolidación meteórica. En sólo seis años han adquirido un prestigio extraordinario y, como anunció su presidenta, Isona Passola, ya tienen el reconocimiento oficial europeo. Estos premios, sin embargo, serían poca cosa sin una producción anual de calidad. En este sentido, podemos sentirnos orgullosos del nivel que ha alcanzado nuestro cine a pesar de la terrible precariedad económica de la que parte. Hacer cine es caro, muy caro, y son multitud los proyectos que se van al traste por la imposibilidad que tienen de materializarlos los cineastas que los elaboran. Passola dice que ahora mismo, por ejemplo, sería imposible hacer “Pan negro”. Y lo más grave es que esta es una profesión de la que resulta muy difícil vivir. No pueden vivir ni los directores, ni los montadores, ni los guionistas, ni los actores, ni las actrices… En este último caso, concretamente, se considera que sólo sesenta de los actores y actrices catalanes se ganan la vida ejerciendo su profesión. El resto se ven obligados a hacer cosas ajenas para poder subsistir. Esto es dramático, porque la única posibilidad que tiene de crecer profesionalmente un actor -o director, montador, guionista… – es trabajando día tras día. Un actor que no actúa o un director que no dirige son como un futbolista que no juega, es decir, gente que ve frenado su progreso profesional por falta de experimentación y de vivencias en este campo.
Con todo, como digo, fruto Además del esfuerzo y del sacrificio personales que no por los medios a su alcance, el cine catalán ha dado pasos de gigante en los últimos años, y la prueba es que son muchos los profesionales de diferentes ámbitos que hoy día están trabajando en proyectos internacionales o que han sido galardonados por su labor en producciones diversas. Recordemos, por ejemplo, a Montse Ribé y David Martí, galardonados con un Oscar al Mejor Maquillaje por la película “El laberinto del fauno”, o Albert Serra, galardonado con el Leopardo de Oro del Festival de Locarno por “Historia de la mi muerte “.
Por eso es aún más meritoria la consolidación de los Premios Gaudí, porque detrás no hay millones de euros ni grandes infraestructuras de apoyo. Sólo hay talento, vocación, esfuerzo, sacrificio, perseverancia y entusiasmo. Mucho entusiasmo. Como es lógico, todas las ceremonias tienen sus defectos o errores. Pero son fácilmente subsanables con espíritu de mejora. La ceremonia de este 2014, en particular, ha sido correctísima en planteamiento y en desarrollo. Parece, sin embargo, que el pánico a una longitud excesiva reduce bastante los segundos de que disponen la mayoría de los galardonados a la hora de hablar, algo comprensible teniendo en cuenta que la mayoría dicen cosas convencionales. Sin embargo, pedir capacidad de síntesis a una persona nerviosa o emocionada quizás resulta demasiado rígido. De lo contrario, parece que se la conmine a decir “muchas gracias” y basta. Haría falta, eso sí, que los galardonados, además de recitarnos los nombres de los miembros de su familia y de los compañeros, se esforzaran en decir algo más interesante. En cambio, sería recomendable cortar los micrófonos de los que entregan los premios una vez ya han dicho el nombre del ganador y éste sube al escenario. Los comentarios personales, tales como “quería que ganaras tú”, sobran por completo. Basta con los besos, la música y los aplausos.
El momento más nostálgico de la ceremonia es el que recuerda a los profesionales que han desaparecido a lo largo del año, y es una lástima que el deseo absurdo de mover la cámara para imprimirle agilidad no permita leer los nombres de algunos de los mencionados. Sería conveniente que el trato fuera igual para todos. En cuanto a la presentación de Ángel Llàcer, su histrionismo resultaba bastante patético en diversos momentos. Las personas homosexuales, digan lo que digan el PP, la Iglesia o Josep Antoni Duran Lleida -éste, incluso, pide terapias para curarlos (!)-, Son personas absolutamente normales que no van por la vida haciendo el mariquita o el faldas, tal como la burda caricatura femenina que de eso hace Ángel Llàcer. Ciertamente, también hay heterosexuales torpes, que necesitan exacerbar estúpidamente su masculinidad para sentirse algo. Pero, en general, las personas, tengan la inclinación sexual que tengan, no se pasean por la vida exagerando hasta el esperpento el tópico del macho o del afeminado. Llàcer, en cambio, más cerca del bufón que del actor, reproduce en sí mismo el tópico de las películas del franquismo, que caricaturizaban la homosexualidad por medio de personajes que eran “toda una mujercita”. Eran unos años, aquellos en los que los gays y las lesbianas sólo podían aparecer en filmes comerciales como figuras esperpénticas o anómalas a fin de provocar la hilaridad del público y alimentar el prejuicio sobre su condición. Más o menos, como los indios en las películas norteamericanas, que debían mostrarse salvajes y despiadados, o como los negros, que debían aparecer haciendo de criados o subalternos. Creo, por tanto, que los Premios Gaudí tienen suficiente categoría como para prescindir de un estereotipo que degrada la condición homosexual y que la rebaja al nivel del esperpéntico personaje que interpretaba Alfredo Landa en “No desearás al vecino del quinto”.
Finalmente, haría falta que la organización prohibiera de manera rotunda el uso de artilugios electrónicos durante la ceremonia, ya que desmerece bastante ver espectadores más interesados en su móvil que en lo que ocurre en el escenario. Un escenario en el que estaría bien que ciertos galardonados hicieran el pequeño esfuerzo de aprenderse o escribirse en catalán sus palabras de agradecimiento. Exactamente lo mismo que harían en francés o en inglés si les dieran el César de Francia o Oscar de Hollywood. De lo contrario, si, según se nos dice, Cataluña forma parte de España, ¿cómo es que los galardonados catalanes de los Goya, en justa reciprocidad, no hacen sus parlamentos en catalán?
En todo caso, como digo, es cierto que los Gaudí se han consolidado en sólo seis años de existencia y que, en conjunto, la ceremonia del 2014 ha resultado un éxito y perfectamente homologable a la de países con una industria cinematográfica más potente. Por ello es necesario que nuestro gobierno apoye el cine catalán, porque como bien saben todos los gobiernos del mundo, el cine constituye una de las principales estructuras de Estado, y es con sus obras, a través de estas estructuras, como los pueblos, las culturas y las lenguas se proyectan al mundo.
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