Lo viejo, lo nuevo y lo auténtico

No se conforme con lo más fácil. Hay muchas maneras de leer los resultados de las últimas elecciones europeas. Se puede hacer hablando de izquierdas y de derechas, se puede hacer distinguiendo partidos grandes y partidos pequeños, se puede hacer separando fuerzas de ámbito estatal y fuerzas de ámbito autonómico, se puede hacer (en Cataluña) comparando soberanistas y unionistas, se puede hacer poniendo la raya entre partidos del sistema y partidos surgidos (aparentemente) fuera del sistema… Yo propongo ir más allá, con su permiso. Antes, recordemos la foto que ahora tenemos: si se miran los datos de las urnas españolas, se llega a la conclusión -y así lo ha certificado todo el mundo- que el bipartidismo se ha hundido y que aumentan opciones que cuestionan el mapa de partidos forjado durante la transición, sustentado en el control/reparto del Estado por parte del PSOE y del PP. Si cerramos aún más el foco y analizamos las papeletas depositadas por los catalanes, confirmamos un fenómeno que hace tiempo que vemos: la profunda transformación del mapa catalán de partidos, siempre diferente -desde el 1977- del mapa general español, como corresponde lógicamente -se reconozca o no- a la nación política (no sólo cultural) que es Cataluña.

 

Mi propuesta es que, teniendo en cuenta todo esto, analicemos los votos a partir de un esquema diferente, que consiste en distinguir entre vieja y nueva política. Salvador Cardús escribía ayer en estas páginas que los resultados del domingo “deberían obligar a repensar las categorías de clasificación política que transponemos demasiado automáticamente de los espacios estatales al europeo”. Tiene mucha razón. Asimismo, sin embargo, sostengo que el antagonismo entre lo viejo y lo nuevo permite explicar muchas de las cosas que pasan hoy en toda la UE. El hecho de que Cataluña sea ahora una especie de laboratorio democrático, donde se da una pugna pacífica entre la vieja y la nueva política (que se solapa, como he escrito en otras ocasiones, con una lucha postmoderna por el poder entre élites tradicionales y nuevas clases medias empobrecidas), ayuda a interpretar algunos movimientos que se dan en España y en otros Estados europeos.

 

Las encuestas lo dicen y los últimos comicios lo han confirmado: la gente no confía en la política de siempre. La vieja política es también política envejecida y bajo sospecha. Hace unos meses, los que hablábamos de la crisis del sistema democrático español éramos tildados de exagerados, aunque la suma de averías de gran profundidad no hace más que abonar esta tesis. La crisis del sistema que quedó escrito en la Constitución de 1978 es, principalmente, una crisis de mediación entre las capas centrales de la ciudadanía y sus representantes profesionales (políticos, altos funcionarios y medios de comunicación). Si hablamos con palabras más sencillas, esto significa una crisis de credibilidad aguda y creciente de los que deben defender el interés general. Y, por tanto, una extensión de la desconfianza.

 

El buen amigo Albert Sáez ha dicho acertadamente que estas elecciones europeas, en España, las han perdido el Ibex 35 y sus propagandistas, que es una manera eficaz de explicar que la ciudadanía hace demasiado tiempo que nota que nuestros representantes democráticos trabajan más para encajar los intereses de los de arriba en la ley que los intereses de los de abajo en la justicia. Cuando escribo “los de arriba” me refiero al segmento privilegiado de las élites económicas que, en conexión con los sectores regulados y en sintonía con los partidos dominantes, obtienen grandes beneficios y mucha influencia, con un riesgo escaso y muy poca predisposición a aceptar cambios. Para el asalariado, para el pequeño empresario, para el profesional, la suma de crisis económica, corrupción, incumplimiento de promesas y menosprecio de los instalados se ha hecho cada vez más insoportable.

 

Pero la nueva política no es un todo homogéneo. Dentro de la nueva política hay de todo, en Europa, en España y en Cataluña. A veces, algunas formaciones presuntamente nuevas son, en realidad, proyectos antiguos (incluso apolillados o con figuras que hace muchas décadas que viven de la política) que se basan en el maquillaje y el oportunismo. Dentro de la nueva política también hay populismo, obviamente. Como hay populismo -y en dosis no siempre digeribles- en la vieja política de siempre, una tara de la que no se salva prácticamente ninguna oferta electoral. Pero no toda la nueva política pivota sobre el populismo ni todos los populismos son iguales, si bien comparten algunos rasgos básicos, tales como reducir la complejidad de los problemas, prometer soluciones inmediatas y, sobre todo, vender autenticidad mediante un cambio de lenguaje que proviene de la incorrección política. Este último punto es muy importante y explica el atractivo principal de dos formaciones en alza: Podemos y UPyD, muy diferentes entre sí, pero coincidentes a la hora de presentarse como la herramienta que puede romper la costra.

 

¿Cuál es la frontera entre el populismo, el regeneracionismo y el reformismo radical? ¿Cuál es la diferencia entre la creación de nuevos partidos/movimientos en red y la simple copia tuneada de los partidos tradicionales? ¿Hasta qué punto las nuevas fuerzas pueden dar la vuelta o influir en las políticas más importantes? ¿Cuáles son los vasos comunicantes entre la vieja y la nueva política? ¿Cuál es el precio de la nueva política para poder perdurar? Habrá que observar cada gesto atentamente.

 

El vell, el nou i l’autèntic