En el medio de la triste colección de presidentes electos pero dictadores de hecho, o viceversa, uno de los menos conocidos a escala internacional es Yahya Jammeh, presidente de la república de Gambia. De carácter estrafalario y mitómano patológico (afirma poder curar el asma, la hipertensión y el sida con hierbas medicinales), anunció hace unos días que había decidido abolir la oficialidad de la lengua inglesa en su país. Más allá de que se trata posiblemente de una improvisación sin fundamento de un presidente conocido por sus excentricidades inocentes o mortíferas, este anuncio es, en sí, interesante. Gambia, país pequeño de un millón y medio de habitantes en el oeste de África, es una antigua posesión británica que conservó la oficialidad de la lengua colonial porque sus élites se habían formado en esta lengua y porque aún perdura la idea entre muchos africanos que las lenguas africanas no son aptas para servir de lenguas de Estado y de comunicación modernas. Se trata, aquí, claro, de autoodio inoculado en parte por el colonialismo.
En Gambia, según ‘ethnologue.com’ (uno de los sitios web más precisos sobre la repartición y la salud de las lenguas del mundo), tan sólo un millar de personas tiene el inglés como lengua materna. Esto significa que si bien debe haber un segundo círculo de gambianos que domina el inglés, la gran mayoría de la población debe considerar esta lengua como extranjera. Lengua de poder pero lengua lejana. En este contexto, sustituir el inglés como lengua oficial no parece, en sí, descabellado. Así, por ejemplo, un columnista de ‘Le Pays’, diario de Burkina Faso, encontraba virtudes a la decisión presidencial, argumentando con razón que “tener como lengua oficial una lengua local presenta ventajas incontestables en el proceso de adquisición y de apropiación de los conocimientos”. Además, si bien África reúne la mitad de las lenguas habladas en el mundo, en cambio muy pocos países de este continente tienen una lengua propia como lengua oficial. En algunos países, la Constitución reconoce como principal una lengua oficial (inglés o francés, esencialmente) y lenguas nacionales (un estatus a menudo sin repercusiones prácticas). Sería pura justicia que más lenguas africanas accedieran al rango de lengua oficial pero en casi todos los países esto representa un problema concreto: ¿qué lengua elegir?
En definitiva el uso oficial de una lengua colonial tiene también un paradójico aspecto pacificador en la pugna interna que puede haber entre diversas lenguas del mismo país, representadas o no por etnias diferentes. El inglés, en Gambia, puede parecer más neutral que una lengua autóctona que, si fuera oficial, podría ser acusada de imponerse a las otras. En Gambia la lengua más hablada es el mandinga (medio millón de hablantes), seguido por pulaar (trescientos mil), el wolof (doscientos mil) y nueve lenguas más. El mandinga convendría perfectamente desde el punto de vista académico pero los hablantes de otras lenguas podrían rechazar una preeminencia que vivirían como injusta. Sin olvidar que Yahya Jammeh, originario de la etnia diola, podría querer imponer su lengua materna.
En África, hoy, el país más avanzado en términos de justicia lingüística es Sudáfrica, ya que junto a las lenguas coloniales -inglés y afrikaans- nueve lenguas autóctonas son oficiales. Sudáfrica es ciertamente un ejemplo que podría inspirar al presidente de Gambia, y a casi todos los países del mundo. Ahora bien, el número total de lenguas habladas en Sudáfrica supera las treinta y, por tanto, un número importante de entre ellas permanecen excluidas de la respetabilidad oficial. Todavía no lo tenéis resuelto, pues, amigos sudafricanos.
EL PUNT – AVUI






