Efectivamente, la borrachera de victoria y orgullo y júbilo del 13 de junio en la plaza consistorial de Iruña, fue para la mayoría de los vasconavarros, inefable, “mundial”.
Muchos, algunos sin poder evitar esa furtiva lágrima, desde la larga noche del franquismo hasta nuestros días, salvo fugaces espejismos, no conocíamos otro sabor que el del amargo salitre del conservadurismo navarro y adláteres unionistas. Por fin la navarra euskaldun, la que nunca debió dejar de serlo, entronizaba a un regidor abertzale.
Y sin embargo, tan pronto se desvanecieron en la plaza, los obvios desahogos y las inapelables efusiones, emergieron los ásperos escollos de la cruda realidad navarra.
Y es que, la sustancia de nuestros conflictos, algo de lo que con algunos de los asistentes a la apoteosis consistorial analizábamos, ahí seguían, tan voraces. Y no me refiero exclusivamente a la vociferante vieja reserva franquista del paseo de Sarasate… Pura simiente de contienda civil…
Con la que me imagino que en circunstancias similares y parecido espíritu, se gestó la cruzada. Y que si hoy, tras tocar a rebato, no revientan los cuarteles –esperemos-, ha de ser debido a la náusea y falta de predicamento, de tropas e iglesias…
Me olvido pues de estos visionarios. Espero que no pasen de ese fanatismo caduco y residual de las JONS. No creo que tengan ni merezcan más proyección. Pero eso, por si acaso, “cabo de guardia, alerta está”. Que el carpetovetónico es harto febril…
Pero no puedo olvidarme de la radiografía, esta más acorde con la realidad, de Navarra. Se trataría de la descripción de estas dos, e incluso tres –espero que no más-, navarras. Algo crucial para el futuro, salud y proyección de nuestro pueblo.
Porque ya desde este momento hemos de ser conscientes de que o resolvemos nuestros dilemas y conflictos entre tirios y troyanos, o como pueblo, nos vamos a la Gehenna.
Se habla del respeto a todas las sensibilidades, algo que hasta hora ha sido más que un mero sainete, puro drama.
Entre que vienen los vascos, que se vayan los fachas, aupa Osasuna y viva San Fermin, entre todos, -unos más que otros que quede bien claro-, hemos desgarrado la piel de Navarra. Y no olvidemos –y lo digo bien alto- que romper Navarra, significa romper Vasconia. Vasconia, nuestra “ama lur”. El cuerpo de una historia de orgullo, dignidad y sufrimiento… Sea como sea la auténtica carne de nuestro pueblo…
Estando como están las cosas, si queremos de verdad una Navarra, digna, solidaria y soberana, no podemos seguir así.
Llevamos siglos destrozándonos los morros sin tregua. Mientas tanto, “otros”, aragoneses, castellanos, imperiales, isabelinos, franquistas etc..etc… se frotaban las manos… Y en el ínterin, los navarros nos enjuagamos nuestras heridas cainitas, nos ahogamos en odios, deudas, broncas de vecindad, denuestos… ¡Cuan estúpidos somos…! ¿Podremos superar alguna vez esa antinomia, tan visceral como endémica de guerras civiles? Guerra de los burgos, Agramonteses, beamonteses, procastellanos y meros navarros, carlistas, liberales, rojos, nacionales, vasco-navarros, navarro-españoles… Demasiado odio, demasiados desencuentros
Son una pila de lustros haciendo política contra…
Es por lo que en estos momentos, un servidor, un patriota vasconavarro, que añora un estado vasco en Euskalherría, no puede saborear las mieles del triunfo.
Cierto que hemos aupado a nuestros candidatos a los sillones de ayuntamientos y al propio gobierno de Navarra. Pero soy bien consciente, de que si no logramos hablar, encontrarnos y pactar con los otros navarros –hermanos en teoría-, por muy de UPN o unionistas que sean –están en su derecho-, Navarra, no tendrá jamás ni arreglo, ni proyecto. Es decir, que ya podemos olvidarnos de una Navarra soberana. ¡Claro que si a algunos tal Navarra ya no les interesa!, pues que la cosa se complica… Aún así, habrá que hablar.
No tengo la piedra filosofal para aspirar a una buena componenda entre las distintas sensibilidades navarras.
Pero conociendo a las personas que nos van a representar, tengo la plena seguridad de que no me van a defraudar. Espero que evitando resquemores contra la política y maneras insultantes de anteriores gobiernos, felizmente periclitados, gobernarán con grandeza de ánimo y altura de miras.
El hecho de que levanten alfombras, algo que inexorablemente exigimos los ciudadanos, no tiene porque conllevar ningún sentimiento de rencor o de odio. Simplemente ha de ser un requisito de justicia. Porque sin duda, tenemos todo el derecho a saber, como y de donde partimos, para poder diseñar nuevos caminos más equitativos y esperanzadores.







