ES de sobra conocido. Las cajas se han ido y nadie sabe cómo ha sido. También Caja Navarra, incluso por encima de su supuesta excepcionalidad foral, tras dar la espalda por decisión política al resto de cajas vascas y embarullarse en una confusa operación de la que el desconocimiento reconocido por el propio Sanz sobre la situación real de Cajasol es el último ejemplo. Se han ido al oscuro mundo de los mercados y la marcha ha sido oscurantista. Ni ha habido debate público ni se le espera a tal debate. Las cajas de ahorro abandonan a su suerte sus objetivos sociales fundacionales para primar la rentabilidad mercantilista que impondrán sus nuevos dueños, banca privada, fondos de inversión, etcétera. En realidad, lo que se llama reorganización del sistema financiero no es sino la culminación de una larga marcha emprendida hace años, cuando las cajas optaron por introducirse en la competencia con las entidades financieras. La burbuja inmobiliaria que les ha estallado en los balances es sólo la consecuencia lógica de ese camino emprendido. Y la utilización de ingentes cantidades de recursos públicos -más de 50.000 millones de euros-, para sanear unas cuentas entrampadas en el mundo de la especulación y hacerlas así atractivas a los inversores privados que se quedarán con esa parte del pastel, no es sino otro paso más en la socialización de las pérdidas del capital a costa del conjunto de la sociedad. Un recorrido en el que el oscurantismo, la falta de transparencia y el silencio cómplice e ineficaz de los políticos instalados en las suculentas dietas han sido características comunes. Las cajas se han ido. ¿Cómo ha sido posible?








