La última encuesta del CIS –quizás las maneje el diablo…-, “proclama” que la inmarcesible Rosa Diez, es la lider menos mala del politiquerío. La señora Diez –no es ninguna sorpresa-, reconoce su éxito, a que su discurso no hace la más mínima concesión a cualquier concepción que ponga en tela de juicio la sagrada unidad de la patria hispana. Ya se sabe, ¡Santiago y cierra España¡
Pues bien, la remangada tránsfuga está en su perfecto derecho de cantar alabanzas a la unidad de
Lo que la “aguerrida” sílfide debiera refrendar es si tal unidad procede de la voluntad de los unificados o de la secular imposición de los ejércitos, guardia civil, leyes y jueces manipulados, etc.
Un reto a los derechos humanos y a cualquier aspiración democrática, eso ha significado su intocable unidad.
Y en aras de esa sacrosanta unidad, desde que España es España, ha generado genocidios, guerras, invasiones, cruzadas…
Que no vean esto los llamados intelectuales y políticos españoles es porque son interesadamente ciegos y cínicos. La verdad es, que fríamente observados desde fuera, si nos atenemos a sus testimonios, muchos de estos personajes, parecen lunáticos.
¿Qué otra cosa cabe pensar al escuchar los mensajes de sus prohombres?: “España –Menéndez y Pelayo- une regiones, no con el yugo servil del centralismo exótico, sino con los lazos del amor y del común sacrificio”. Se ve que el “ïlustre” polígrafo no preguntó ni a vascos ni a catalanes, aunque lo más probable era que los ignorara.
Por eso uno ya no se extraña, de la desvergüenza de un ministro del interior, que no es más tartufo y cínico porque no se entrena. Porque vanagloriarse ( está en juego la unidad) de que el estado español es el que aplica las penas más duras de Europa, cuando se aplican a los vascos… ¿Es obscenidad, maldad, pobreza mental, rencor, miseria humana…o todo a la vez?
Porque evidentemente, aquí se puede perdonar todo. Asesinos confesos sueltos, políticos ladrones campando a sus anchas, mangantes que cierran empresas (air comet) dejando a cientos de trabajadores en la calle.
Pero tocar la unidad de España…
La obsesión endémica de unidad, a lo largo de la historia y actualmente, ha causado crímenes y sufrimientos, profundas depresiones, pobreza, subdesarrollo, lacerantes injusticias sociales, miseria humana e intelectual.
Es la vieja España que nunca amanece y que con estos presupuestos, nunca verá el amanecer.
Es así de grave. Y los pueblos que no escapemos de esta vorágine de conservadurismo, integrismo e inmovilismo, corremos el riesgo de desaparecer tragados por esta tempestad destructiva, de culturas, instituciones y patrimonios.
La formación de los estados modernos ha sido compleja. Convenios internacionales, pactos y adhesiones pacíficas, anexiones etc…
Lo que parece claro hoy día, es que aquellos estados constituidos contra la voluntad de los pueblos conformantes -Chequia y Eslovaquia, repúblicas bálticas o balcánicas…-, tarde o temprano, los pueblos sojuzgados recuperen su soberanía, o luchen por ello. Eh ahí la raíz de tantos conflictos.
Reintegración de soberanías que se dan cuando se respetan los derechos humanos o democráticos en unos casos, o en ocasiones, como en la vieja Yugoslavia, como resultado de trágicas contiendas.
Trágicas contiendas debidas a la incapacidad o al nulo arbitrajes de
Es el caso –entre otros- del conflicto turco-curdo, el conflicto catalán o el vasco…
La obsesión de la unidad, ha sido para el imperio, hoy estado español, una inamovible lápida que ha impedido a lo largo de su historia, la paz del estado, su cohesión y por supuesto, su madurez.
Eso ha conllevado, que España haya sido y sea, una entidad política económicamente inviable -todo se plantea al servicio de un brutal centralismo-, culturalmente cutre y deplorable y humanamente insoportable.
La gestación del imperio español, como la de otros muchos, fue violenta y fraudulenta. Una empresa fraguada por la codicia de la monarquía castellana y la pasión despótica de la iglesia católica. Era el imperio del nacionalcatolicismo, justamente cuando el espíritu del sacro imperio se desmoronaba.
La apuesta de la iglesia fue decisiva, como se demostró en la conquista de Navarra.
Una Iglesia rémora e impedimento para cualquier signo de progreso en el área del pensamiento, del humanismo y de la liberación de las conciencias.
Hoy no tenemos el menor empacho en calificarla como una panda inquisitorial de obsesos sexuales, parásitos y ladrones –bien lo sabemos en Navarra-. Esa jerarquía –vergüenza y oprobio para tantos sencillos clérigos honestos como nuestro inolvidable J. Lezaun-, que vegeta y vive abusando de la buena voluntad, de la candidez o de la imbecilidad de las gentes.
Pero el fracaso endémico y las miserias del imperio no abrieron los ojos a sus defensores, esos “pensadores” lunáticos que vivieron y viven del pesebre de
Y al genocidio, lo llamaron evangelización y culturización. “En los arcanos de Dios –se excitaba en un brindis M y Pelayo-, estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo, en la más bárbaras gentilidades… Por eso, el destino de España, es el más alto entre todos los destinos de la raza humana”
El monumental latrocinio de tierras y riquezas se dilapidó en el mantenimiento de un imperio inconexo, caótico, con pies de barro.
Ya sabemos cómo se desvaneció, y cómo quedó el tejido del estado español, -prácticamente hasta épocas recientes-, arrastrando a la ruina a todos los pueblos del imperio.: pestes, hambrunas miseria humana. Parece ser que el pueblo vasco, unido a un estado que nunca amó ni aceptó, al gozar de instituciones económicas propias, pudo sortear mejor la hecatombe económica.
Lo cierto es que el estado del nuevo amanecer, amaneció un estado en bancarrota, en manos de banqueros flamencos o genoveses.
Pues en éstas, todo un L. de Vega seguía soñando con “aquella España inmensa, colmada de gloria y de poder y siempre ansiosa de nuevas tierras y nuevos cielos”.
Como decía otro ilustre vocero, cuyo nombre prefiero no recordar, “era nuestra España, evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes… no tenemos otra grandeza que esa y la de nuestra unidad…”
Mensaje que no ha muerto si tenemos en cuenta las actuales palabras de uno de los jerifaltes de la conferencia episcopal defendiendo la unidad de España como bien moral, o como el valenciano García Gasco, como gran logro histórico y cultural.
Evidentemente la autoridad de estos jerarcas, arduos defensores del “por el imperio hacia Dios”, no es que sea nula, es nefasta.
La unión violenta y forzada con España, significó para Vasconia, integrarse en un imperio decadente. Un estado organizado por fanáticos e inquisidores. Económicamente sin más recursos que el latifundismo, la picaresca y en su caso el expolio.
¡Qué éxtasis de ceguera! ¿Qué cabe pensar ante reflexiones tan esperpénticas?: “Brindo por la tradicional monarquía española –la de la unidad-, cristiana en la esencia y democrática en la forma” Menéndez y Pelayo.
Mantener esta unidad a toda costa y contra todo derecho ha supuesto al estado español recurrir a toda clase de tropelías: guerras, torturas, leyes draconianas. Y posiblemente a situarse en la cola de la cultura y de la democracia europea.
Este esfuerzo titánico ha generado censuras, quebrantamiento de derechos históricos, y derechos humanos. Ha coartado o si se quiere, dirigido, todas las potencialidades de la intelectualidad oficial –a la independiente se la destierra o se la encarcela-, a construir un pensamiento romo, anquilosado y hermético, opresor.
No se los años que el estado español pueda mantenerse en esta tesitura. Es muy probable que de seguir así, llegue el día en que acabe disuelto como un terrón de azúcar, es decir, como el rosario de la aurora.






