Publicado en el Diario de Barcelona el 2 de abril de 1992.
Como esta semana hace quinientos años de la expulsión de los judíos, podríamos hablar de la resurrección de la lengua hebrea, que es uno de los fenómenos más singulares de la historia idiomática contemporánea. No hay ningún otro caso en que el éxito del resurgimiento lingüístico haya sido tan espectacular. Para explicar la curiosa historia de la recuperación del hebreo, seguiremos un trabajo reciente de Tessa Calders, del departamento de semíticas de la Universidad de Barcelona.
El hebreo ha llegado a convertirse en la lengua propia de una comunidad de hablantes, después de haber sido relegado durante diecisiete siglos, que se dice pronto, a usos religiosos, literarios y de estudio. El hebreo no era exactamente una lengua muerta, pero se encontraba en un estado de letargo, porque dejó de ser una lengua hablada desde el año 200 después de Cristo, aunque a menudo la usaban como lengua franca los judíos de las diversas comunidades del mundo.
A Eliezer Ben Yehuda (1858-1922) lo definen los actuales judíos de Cataluña como el Pompeu Fabra de Israel. En realidad, su papel fue aún más decisivo. Su hijo fue el primer judío que tuvo el hebreo como lengua vernácula después de 1.700 años. La tarea, al principio, no fue fácil. Faltaban muchas palabras y expresiones para la vida cotidiana. Ben Yehuda recurrió a las fuentes literarias, a la lengua árabe y a los neologismos que él mismo acuñaba (en este último aspecto hizo un trabajo comparable al de nuestro Ramon Llull). El fruto encuadernado de este esfuerzo fue el Tesoro de la lengua hebrea.
Ben Yehuda vio pronto que la única manera de conseguir que el hebreo fuera la lengua de toda la población era enseñarla en las escuelas. Y pensó que el método más eficaz era enseñar hebreo en hebreo. Así se consiguió, ya en el año 1900, que el hebreo fuera la lengua vernácula de una primera generación de hablantes. En 1913 el hebreo dio un gran paso adelante al convertirse en la lengua oficial del Teknion, instituto tecnológico de Haifa.
Al espectacular renacimiento de la lengua hebrea contribuyó la ausencia de una lengua nacional en Palestina. El turco era el idioma oficial, la población árabe hablaba árabe, y los judíos se valían de las diferentes lenguas de las comunidades de donde procedían. Esto hizo del hebreo la única lengua común de todos los judíos.
Hoy en día, el hebreo es, verdaderamente, la lengua territorial del Estado de Israel, y seguramente la lengua propia de todas las futuras generaciones de judíos de Israel, aunque también están presentes en el Estado israelí el árabe y el inglés, además de muchas otras lenguas.
Desde Cataluña no debemos deslumbrarnos con el caso del hebreo. El llamemos comercio lingüístico, es decir, el intercambio de experiencias de normalización, Cataluña lo hace con otros países. Sobre todo, importamos cosas de Quebec y exportamos al resto de nuestra área idiomática, a Galicia y al País Vasco. La situación sociolingüística en Israel y en Cataluña no es equivalente. Pero hay algo que sí podemos admirar y, por tanto, aprender de los judíos de Israel. Y es que si existe una voluntad colectiva de normalización lingüística muy clara y fuerte, el éxito está asegurado. De entrada, la recuperación del hebreo era más difícil, más digamos utópica que la del catalán, y el hebreo se lo ha conseguido.
A la hora de releer este artículo mío de hace veinte años, pienso que ahora diría lo mismo. También pienso que el renacimiento de la lengua hebrea es la historia de un éxito, el renacimiento de la lengua de oc es la historia de un fracaso y el renacimiento de nuestra lengua… El futuro de la lengua catalana no está escrito en ninguna parte: la escribimos cada día entre todos.
lamalla.cat






