La decidida voluntad del diputado Benet Salellas de enviar a la papelera de la Historia a los señores Mas, Felip Puig, Boi Ruiz y a la señora Irene Rigau me ha provocado, y no es un comentario retórico, un notable desasosiego.
Lo que me ha perturbado no es el contenido estrictamente político de la pretendida acción profiláctica, sino la imagen que hermana residuos y pasado, es decir, el carácter de vertedero que parece que esa afirmación atribuye a la ciencia que permite, entre muchas otras cosas, aproximarnos a lo que nos ha precedido con la a menudo quimérica ambición de explicarnos lo que colectivamente nos está sucediendo.
Es posible que la imagen que se deduce de lo que de manera vehemente afirma el diputado gerundense tenga sus inconscientes raíces en la identificación de los documentos históricos, del pasado, como papeles: los honorables personajes mencionados, de carne y hueso, compartirían plácido descanso entre millones de documentos, en este tipo de recipiente donde pretendidamente se arroja lo inútil y sin servicio, lo que ha pasado en la Historia.
Es cierto que George Steiner defiende que la escritura disminuye la capacidad de la memoria y establece también que mientras que una cultura oral es la cultura del recuerdo siempre actualizado, un texto autoriza todas las formas del olvido. Para evitar este olvido, sin embargo, la humanidad ha creado una máquina imbatible: el documento.
Los documentos, de toda clase y naturaleza, se convierten en la materia de la memoria. Todos sabemos que la memoria lo es por todo lo que olvida, no por lo que recuerda. Y para combatir esta posibilidad de amnesia, los documentos, y en consecuencia los archivos, se convierten en el necesario antídoto que evita que colectivamente nos podamos quedar sin pasado y, su derivada, sin futuro.
Salellas plantea un oxímoron que posiblemente nace de una equivocada identificación: la Historia, y por tanto el pasado, y, porqué no, los documentos de los archivos, pertenecen al ámbito de lo que puede ser rechazado, por lo que allá podemos arrojar lo que del presente queramos, o nos convenga, amortizar.
Tomo prestada las palabras del filósofo Peter Sloterdijk cuando afirma que “sería erróneo pensar que el archivo (y yo añado el pasado y la Historia) es sólo aquel infierno de los escritos donde todo queda sometido al polvo y a la mediocridad. También es un lugar de gratitud. De la gratitud con la que empieza la justicia hacia lo que nos ha precedido”.
Lo dice el poeta mexicano Jorge Fernández Granados: el arte de olvidar comienza recordando.
EL PUNT-AVUI








