A veces la historia gira sobre sí misma y toma un rumbo inesperado. Son momentos raros, ciertamente, pero cuando llegan tienen la virtud de demostrar que lo que parecía imposible –la piedra inamovible, el destino inexorable– no lo era tanto. La semana pasada, en Helsinki, hubo un momento de estos.
Lo que ha pasado –traducido a la gran política– puede definirse diciendo que un estado moderno –miembro de la Unión Europea y de la OTAN– ha reconocido de forma solemne que se fundó injustamente sobre las tierras de un pueblo anterior. Y que hoy Finlandia no es sólo de los finlandeses –sean finlandeses o suecos– sino también de los samis, que ya estaban antes que ellos, que están ahí y que tienen todo el derecho de seguir estando en el futuro, con una lengua propia, con costumbres y hábitos propios y con una manera particular de entender el mundo. Y lo más importante es que el gobierno de Finlandia no ha hecho un reconocimiento retórico –que también tendría mérito–, sino que ha propuesto sesenta y ocho medidas concretas e inmediatas para reparar el mal hecho.
Vivimos tiempos ciertamente contradictorios. Así como en algunos lugares del planeta parece que la historia recule –vuelven las guerras, se agrandan los imperios, se cierran fronteras–, en otros pasa algo distinto, sutil, pero que empieza a ser poderoso, visto en su conjunto. Ocurre que pueblos que parecían condenados a desaparecer, a fundirse en el gran magma de la modernidad homogeneizadora, dicen que no. Y lo más sorprendente es que algunos estados los escuchan, les dan la razón y renuncian claramente a seguir ejerciendo la opresión histórica que han sostenido contra ellos durante siglos.
Nueva Zelanda fue la pionera. Los maoríes, que hace cincuenta años parecían destinados a ser una nota a pie de página en los libros de antropología, hoy tienen parlamentarios, escuelas, televisión. Y el río Whanganui tiene personalidad jurídica –sí, el río es una persona a efectos legales–, porque así lo entienden de siempre los maoríes. Más aún: los no maoríes entienden y asumen que serlo es lo que los hace singulares en el mundo. Cuando la exprimera ministra Jacinda Ardern comenzó a hablar en maorí en público, nombró a una mujer maorí ministra de Asuntos Exteriores y se presentó ante la reina Isabel vistiendo el tradicional korowai, allí había algo más que una simple declaración de intenciones. Era la asunción de que aquel pueblo oprimido durante siglos por la corona es la esencia de la nación moderna y que los descendientes de los colonizadores lo reconocen y honran.
Pero el caso es que Finlandia ha ido más lejos incluso. Porque no sólo reconoce que ha oprimido durante siglos al pueblo que ya estaba allí antes que ellos, no sólo le reconoce el derecho de autodeterminación, sin condiciones, sino que ha decidido poner en práctica y con la máxima urgencia un plan ambicioso de reparación y de justicia histórica. Y de las sesenta y ocho medidas que el gobierno tendrá que aplicar, algunas son, francamente, imponentes. No por extravagantes, sino al revés: de tan sencillas y obvias que parecen.
Por ejemplo, existe la propuesta de crear un cargo al más alto nivel del gobierno –directamente bajo el primer ministro– que será ocupado por un sami y nombrado conjuntamente por el gobierno y las instituciones samis. Será la voz de su pueblo al máximo nivel institucional de Finlandia y también como referencia internacional.
O la cuestión de los bosques. La comisión propone que todos los bosques antiguos que hay en el territorio sami sean protegidos inmediatamente de la tala. Todos. Sin excepción alguna. Y que se compense económicamente a los samis por los daños que la industria forestal ya les ha causado. Es decir: no sólo detenemos el mal que hacemos, sino pagamos por el mal que hemos hecho. Es la lógica de la justicia restaurativa llevada al territorio.
Más revolucionario aún será el reconocimiento de los derechos de pesca en el río Teno. Este río, que marca la frontera entre Finlandia y Noruega, ha sido el corazón de la cultura sami –extendida de la península de Kola hasta Noruega– durante milenios. Los samis no pescaban en el Teno: vivían con el Teno, del Teno, por el Teno. La prohibición reciente de la pesca del salmón, impuesta por razones de conservación pero sin tener en cuenta los métodos tradicionales samis, fue vivida como una puñalada en el corazón de esta cultura. Y ahora la comisión dice que los samis tienen el derecho de pescar en su río y que ese derecho debe reconocerse en la ley. Si eres finlandés no podrás pescar, pero si eres sami, sí.
Las medidas sobre la lengua, en fin, son de una ambición que corta la respiración. Actualmente, un 70% de los samis finlandeses viven fuera del territorio tradicional, principalmente en Helsinki, Oulu y otras ciudades del sur. Sus hijos crecen, por tanto, sin oír la lengua, sin poder aprenderla en la escuela. Sin embargo, el gobierno finlandés reconoce el derecho de los samis a tener escolarización en su lengua, tanto si viven en territorio sami como si no, y propone, entre otras medidas, crear una gran escuela electrónica sami que llegue a todos estos niños. En la era de la globalización digital, pues, la tecnología será la gran aliada de los pueblos tradicionales.
Y, como no podía ser de otra forma, en adelante, también, cualquier sami podrá declararse como tal en el registro civil y constar como lo que es. Es un detalle pequeño, burocrático, pero que revela una comprensión profunda de lo que significa ser un pueblo minorizado: tener que negar constantemente una parte de tu identidad para existir en el mundo oficial. Los samis ya no tendrán que hacerlo nunca más.
Y, más allá de los hechos concretos, lo que me parece más interesante es que lo que ocurre en Finlandia no es aislado. Forma parte de un movimiento más amplio, de una índole –no sé si es demasiado grandilocuente la expresión– de gran rectificación histórica que se va haciendo a cámara lenta pero de forma muy sólida. Los pueblos que el imperialismo europeo –y luego los estados nación modernos– trataron de borrar, vuelven. Y lo más extraordinario, lo más increíble, es que algunos estados –tras ser los opresores durante siglos– ahora empiezan a escuchar y a rectificar. De repente.
Por tanto, más allá de la duda razonable sobre si estos ejemplos son aplicables para nosotros, la gran lección finlandesa es que la opresión no es un destino inevitable de los opresores. Y que el estado moderno, tan monolítico y tan seguro de sí mismo, puede rectificar sus errores.
Los samis finlandeses han tenido que esperar trescientos años para que llegara ese momento. Han tenido que sobrevivir a las trágicas escuelas-internado, a la prohibición de su lengua, a la incautación salvaje de sus tierras, a la negación brutal de su existencia, a todas las humillaciones imaginables. Pero ahora, finalmente, el Estado que intentó borrarlos del mapa reconoce que tienen razón, que existen, y que son necesarios. Evidentemente, esto no es el fin de la historia ni todo va a cambiar de hoy para mañana. Las sesenta y ocho medidas tendrán que aplicarse y seguro que habrá resistencias, retrocesos, momentos de duda, conflictos. Pero el hecho que es necesario saludar es que se ha roto el hielo allá al norte. Y cuando el hielo se rompe en el norte, es señal de que la primavera está a las puertas.
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