Ha hecho muy bien ERC en retirar su apoyo a Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona, por haber impedido que la ciudad se sume a la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI) a pesar de que una mayoría de concejales votó a su favor. Los votos abstencionistas en esta materia son los más hipócritas, ya que su objetivo es favorecer la opción del nacionalismo español pero de una manera mucho más sibilina que la del tridente PP-PSOE-Ciudadanos. Estos tres últimos, como mínimo, no se esconden, aunque tienen el problema de que son minoría. Y eso, en una época y en un contexto en el que no se pueden decretar estados de excepción a capricho, da mucho miedo. Era necesario, pues, fabricar un artefacto mediante el cual se pudiera embaucar a la gente de buena fe y hacerle pasar gato por liebre. Es decir, un artefacto que no dijera ni que sí ni que no, sino todo lo contrario.
Este artefacto entró en acción por primera vez en las elecciones municipales bajo el nombre de Barcelona en Común y tenía la misión de impedir que la Ayuntamiento de la capital de Cataluña estuviera gobernado por las fuerzas independentistas. Y así ha sido. La victoria fue pírrica, sólo once concejales, pero Ada Colau se convirtió en alcaldesa con el apoyo -en algún caso incongruente- de otras formaciones. El primer objetivo, pues, se había alcanzado. Lo revelaba el diario El País, que es uno de los brazos periodísticos del nacionalismo español, con este titular: “Ada Colau desbanca a Trias y debilita el proceso soberanista”.
Pero esta operación era sólo el ensayo general. De cara al 27-S había crear Cataluña Sí se Puede -nombre que no es más que un refrito del español “sí se puede”. Y como ahora va en serio, hay máscaras que forzosamente deben caer. La primera en hacerlo ha sido la del progresismo y la revolución. Gracias a esto hemos visto que el progresismo y la revolución de la señora Colau y Barcelona en Común consiste en apoyar a Unió, PP, PSOE y Ciudadanos, es decir, al inmovilismo más recalcitrante, en contra de las libertades nacionales de Cataluña. Hacían falta sólo cuatro votos para que Barcelona entrara a la AMI, pero Barcelona en Común, en vez de dar libertad de voto a sus concejales, usó la progresista y revolucionaria fórmula del voto a toque de silbato y se abstuvo. Exactamente igual que Unió. Se trataba de apoyar a una entidad que tiene más de setecientos ayuntamientos adheridos y que trabaja por la libertad de Cataluña, y ellos se abstuvieron.
Dejando de lado que Barcelona en Común y Cataluña Sí se Puede son un ardid para ocultar el derrumbamiento de ICV, hay que decir que otra de las maniobras de la operación antiindependentista la encontramos en Lluís Rabell, la cabeza de cartel de CSQEP. Necesitaban poner alguien que dijera que es independentista -aunque los hechos lo contradigan no importa- añadiendo la famosa cantinela de la derecha más cavernaria, que dice que “nosotros no nos pronunciamos sobre la independencia porque tenemos muchas sensibilidades”. Y, claro, como son tan sensibles, no saben si quieren ser libres o cautivos. Pero sí lo saben. Por supuesto que lo saben. Sólo hay que escuchar atentamente lo que dicen los representantes de Cataluña Sí se Puede para ver hasta qué extremos llega su hispanocentrismo y las concordancias con Unió-PP-PSOE-Ciudadanos.
De entrada, la aparición estelar de Pablo Iglesias en cinco actos de campaña de Cataluña Sí se Puede -imitando a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Felipe González- ya indica no sólo la poca confianza que tienen en sí mismos, sino la evidencia de que el centro neurálgico de su lista es Madrid. Pero prestemos atención a Pablo Iglesias. Iglesias se dirige al presidente Mas y le espeta esto: “¿Quién ha creído que es usted para representar un pueblo?” Ahí es nada la espetada, pero es el nivel del españolismo. Un individuo al que en Cataluña no ha votado absolutamente nadie se permite decirle a nuestro presidente, el presidente de un país democrático, que “no representa el su pueblo”. Pero entonces, si el presidente de un país no es el máximo representante institucional de un pueblo, ¿quién lo es? ¿Acaso es Pablo Iglesias, el representante institucional del pueblo catalán? ¿O quizás lo es aquel señor que se hace llamar Felipe VI ante el que el súbdito Pablo Iglesias se deshace en monárquicas y esperpénticas reverencias?
En realidad, Pablo Iglesias sólo es un nacionalista español hinchado por el sistema y al servicio del sistema con el objetivo de neutralizar el independentismo en Cataluña con la canción de los derechos sociales -como si la libertad de un pueblo y sus derechos sociales fueran contradictorios- obviando por completo que el Proceso catalán no gira en torno a ningún político, sino que es transversal y que es el pueblo quien lo lidera. El problema del sistema y de Cataluña Sí se Puede es que, al no poder censurar la libertad, porque sería demasiado fuerte, necesitan personificar un enemigo con cara y ojos. Es decir, Artur Mas y CDC -serían Oriol Junqueras o Antonio Baños si fueran presidentes, y ERC o la CUP si gobernaran. Y si el resultado del 27-S hace crecer a ERC y la CUP, no tardaremos en ver cómo empiezan las cloacas del Estado a criminalizar personas de estas formaciones. ¿Pero qué le cabe hacer al sistema, si no puede sacar el ejército a la calle?
Como vemos, las caras contra la libertad de Cataluña pueden ser nuevas, pero la fórmula para impedirla ya tiene trescientos años y repite como el ajo. Dado que el independentismo es demasiado fuerte, intentan erosionarlo criminalizando a su máxima figura institucional y al partido más votado. De este modo, “para que se consigna el efecto sin que se note el cuidado”, se marcan la consigna de no decir una sola frase delante de un micrófono sin censurar a Artur Mas y CDC. Tanto si se habla de las focas del Ártico como de los pingüinos de la Antártida, la consigna se mantendrá inalterable. Lo importante es embaucar a la gente haciéndole creer que “la independencia ahora no toca”, que, como dicen los señores Rabell, Espadaler y Duran -tan bien juntos-, hay que dejar pasar “un par de generaciones” -¡como mínimo! – y mientras tanto hacer “pedagogía” en España para que “nos dejen hacer un referéndum” la semana de los tres jueves en el año los tres septiembres. El señor Rabell, sin embargo, que tiene siempre el término “corrupción política” a flor de labios, debería saber que embaucar a la gente y hacerse pasar por lo que no se es, también es corrupción política. Es corrupción política hacerse pasar por independentista y favorecer al mismo tiempo los intereses del nacionalismo español. No se puede negar, sin embargo, que su compañero, el señor Joan Coscubiela, tiene razón al decir que “si dejas que los demás te marquen el marco mental estás perdido”. Es muy cierto. Por eso sorprende tanto que Coscubiela y Rabell no se lo apliquen a sí mismos. Quizás es que el marco mental hispanocéntrico en que viven no se lo marca nadie, sencillamente es el suyo.
EL MON








