La situación de la lengua catalana, digámoslo sin rodeos, es inquietante. El cataclismo que supuso la imposición de otra lengua en nuestro país ha sido demoledor, es cierto. Pero la recuperación de algunas libertades democráticas no ha impedido que la lengua dominadora mantenga unos privilegios que se nutren del espacio comido a la lengua catalana. A menudo he sido miembro de jurados de premios literarios para jóvenes estudiantes y debo confesar que, salvo unas pocas excepciones, el nivel lingüístico es deplorable. Realmente deplorable. Formalmente son textos en catalán, por supuesto, pero en realidad son textos en catañol.
La situación, sin embargo, no es inquietante sólo por esta razón. Lo es, sobre todo, porque estamos hablando de jóvenes escolarizados en catalán, con todo tipo de instrumentos a su alcance para dominar la lengua, y estamos hablando también de la abulia con que lo miran incluso muchos de los que buscan un premio literario. Los jóvenes son el futuro, ellos son los que harán que la lengua catalana perdure o que se convierta en un dialecto del español. Y, en este sentido, es preocupante que haya tantos jóvenes catalanes con graves problemas de escritura y de articulación de un discurso en catalán. Más chicos que chicas, hay que decirlo. Las chicas dominan bastante más los resortes del lenguaje y de la comunicación, tanto oral como escrita.
La aniquilación nacional y lingüística que ha sufrido nuestro pueblo ha hecho mucho daño a la lengua, bien lo sabemos. Pero esto todavía debería ‘estimular más a protegerla para que tenga en casa el mismo temple y la misma vitalidad que el danés en Dinamarca o el portugués en Portugal. Tengamos bien presente: si una lengua no es imprescindible para vivir en el territorio que la tiene como propia es porque hay otra que ocupa su lugar. Debemos interiorizar que nadie hablará nuestra lengua si nosotros no la hablamos, que nadie la respetará si nosotros no la respetamos. Las lenguas, como toda cosa viva, no están al margen de las leyes de la naturaleza, y en la naturaleza no sobrevive ni el más simpático ni el más atractivo; sobrevive el que sabe adaptarse mejor a los cambios que se producen en su entorno. Nos han hecho creer que la normalidad estaba lograda y nos lo hemos tragado. Lo hemos hecho por buena fe y también por comodidad, como el que se quita un peso de encima. Pero necesitamos reaccionar, porque creer que la lengua catalana ya está normalizada nos convierte en perpetuadores inconscientes de su marginalidad.








