La Iglesia española, estructura de estado

Dice el Eclesiastés que “no hay nada nuevo bajo el sol”, por citar una fuente de autoridad que los obispos españoles no podrán discutirme. Lo digo porque no debería sorprender a nadie que el actual presidente de la Conferencia Episcopal Española, el obispo Luis Javier Argüello, desde que participó en la presentación de un libro junto al presidente de Vox y hasta la reciente entrevista de ‘La Vanguardia’, no solo haya tomado partido por el ala más derechista de la política de su país, sino que se atreva a pedir que Pedro Sánchez se retire y convoque elecciones. ¿Lo dice para que los suyos logren llegar al poder, y que su Iglesia se asegure poder mantener los actuales privilegios?

Ya sabe el lector que tengo poca tendencia a hablar de política internacional porque no es mi campo de experiencia. Pero como resulta que mi nación es sistemáticamente violentada por la de los obispos españoles, deberán permitirme la licencia excepcional de referirme a ella. Y es que, efectivamente, tenemos una larga experiencia sobre la intromisión de los obispos españoles en la política española pero muy especialmente en la catalana. Sin ir más atrás, el lector recordará cómo el anterior presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio Maria Rouco Varela, en 2014 ya advertía que España se rompía. Y que en 2015 era el cardenal Antonio Cañizares quien pedía a sus fieles que oraran por la unidad de España, amenazada por los independentistas catalanes.

Por todo esto, podemos decir sin reservas que la Iglesia española es una estructura de Estado orientada a la defensa de la unidad de España. Una unidad que defienden tanto o más descaradamente que lo hace el sistema judicial, por poner otro caso. Y si ahora están tan rebotados con el actual presidente español, no tengamos ninguna duda, es precisamente por sus pactos con los partidos independentistas, perversos enemigos de su preciada unidad. Una unidad supuestamente bendecida por su más alta y divina instancia. Si últimamente se han denunciado las muchas costras franquistas que conserva el actual sistema democrático español, no cabe duda de que la Iglesia española es una de las principales, todavía fiel a aquel ‘Caídos por Dios y por España’. Ya he dicho que mi interés por el tema tiene que ver con que los obispos catalanes pertenecen y dependen de esta estructura de regusto franquista. Cierto que excepcionalmente se han resistido. Sólo por citar a los más reconocidos, desde el cardenal Vidal i Barraquer exiliado en 1939, pasando por los abades de Montserrat Escarré y Cassià Just, los monjes Aureli Argemí e Hilari Raguer, hasta los obispos más recientes como Antoni Deig, Joan Carrera y Enric Vives. Siempre con poca o mucha prudencia, y de forma más pública o discreta.

Ahora mismo, el único que yo sepa que se ha pronunciado sobre la intromisión patriótico-partidista de Argüello es el obispo de Tarragona, Joan Planellas. Como viene siendo habitual en la actual Iglesia catalana, lo ha hecho con una cautela extrema. Ha dicho Planellas, haciendo un llamamiento a la prudencia, que “hay que ir con mucho cuidado cuando se hacen declaraciones que pueden ser interpretadas como tomas de posición políticas en nombre de la Iglesia”. ¿Que “pueden ser interpretados”, dice? ¡La Virgen! Sencillamente, no pueden ser interpretados de otro modo, y lo que tampoco admite demasiada interpretación es el silencio del resto de miembros del episcopado catalán.

Se añora, y mucho, a esa Iglesia catalana –por cierto, mucho antes del proceso independentista– que reclamaba su derecho a tener una Conferencia Episcopal propia, es decir, a ser soberana. Desde la famosa conferencia en la Universidad Catalana de Verano del obispo Deig en agosto de 1991, pasando por el libro de Joan Gomis de 1994, ‘La Conferencia Episcopal Catalana’, y hasta la insistente reivindicación en los debates del Concilio Provincial Tarraconense de 1995, sin embargo bloqueada por una parte del episcopado, e incluso cobardemente haciendo constar que se querían mantener vinculados a la Conferencia Episcopal Española. No se olvide que es en esta última instancia donde se reparten cargos y presupuestos, y desde donde se presiona al Vaticano. No quiero ponerme donde no se me pide, claro. Pero sin ser experto en pastoral eclesiástica, parece poco coherente esta extrema prudencia, cuando no silencio, con el coraje evangélico que suele reclamarse. Si durante el proceso independentista no se cansaron de pedir respeto por todas las opciones políticas, ¿de qué temen los señores obispos de la Tarraconense cuando se trata de España?

EL PUNT-AVUI