La batalla del relato

ERA el titular con el que El Correo Español encabezaba un especial que se publicó el pasado 30 de octubre, domingo. Es curioso cuando menos que después de pasar décadas reivindicando escenarios de paz, ahora que la paz empieza a tener un escenario, la terminología utilizada en este periódico tenga perlas de este tipo u otras parecidas en las que la llamada a rebato, son su razón de ser: “Historias de terror que conmueven las aulas”. “El drama de las familias amenazadas”, “…el relato sobre ETA abre una batalla crucial”. En definitiva, que en cuanto han podido han sacado el sapo que llevan dentro. Pero esto no es nuevo. Este país lleva muchos, muchos años, queriendo reconstruir su pasado y tratando de escribir su propio relato alejado del interés ideológico y partidista de aquellos que ganaron no solamente la batalla sino la guerra y en esto sigue habiendo dos frentes, el de quienes buscan el silencio y el de los que gritan para que no haya silencio.

Hace un año y medio estrenamos el largometraje Izarren Argia en el que se ficcionaba un hecho real ocurrido en la cárcel de mujeres de Saturraran, donde se robaron niños y niñas dándolos en adopción a familias afines al régimen, y donde el hambre y las vejaciones físicas y sexuales fueron también las armas con las que trataron de aniquilar a aquellas personas presas.

Puedo asegurar que fueron de tal dureza los testimonios y las vivencias que escuchamos de quienes habían vivido en aquella cárcel, que todos los adjetivos que se me ocurren se quedan cortos. Una vez mas, la realidad superaba la ficción. Y lo más triste es que muy pocos teníamos conocimiento de lo allí ocurrido, ni tan siquiera quienes vivían cerca de la cárcel en Markina u Ondarroa. Se había silenciado. Lo mismo que ocurrió con otros cientos y cientos de casos, que se dieron a lo largo de la geografía vasca. La batalla del relato continuó después de las batallas de Saibigain o Albertia, por citar algunas.

Algo semejante me sucedió a la hora de afrontar la producción del documental Zerutik sua dator que hemos realizado con motivo del 75º aniversario del bombardeo de Gernika.

Cuando la Diputación Foral de Bizkaia puso en marcha el proyecto Gernika-Bizkaia 75 años recordando, tampoco me imaginaba que la realidad iba a superar a la ficción. Pensaba que Gernika, Durango u Otxandio habían sido los pueblos bombardeados durante la Guerra Civil y cuál fue la sorpresa cuando descubrimos que otras 34 poblaciones de Bizkaia sufrieron también el dolor de la guerra y la muerte. Más de dos mil personas fueron víctimas de la aviación fascista y 37 pueblos fueron bombardeados con el único objetivo de atemorizar a la población civil para así restar apoyos al Ejército vasco. Una vez más se había silenciado. La batalla del relato era el combate por el silencio.

En este documental, con más de 250 horas de grabación, se han recogido testimonios de testigos que lo vieron y lo vivieron, gracias a los cuales hoy podemos saber parte de lo que ocurrió. Es necesario que las nuevas generaciones, y este ha sido uno de los objetivos del proyecto, tengan conocimiento de lo ocurrido.

Este país necesita conocer su pasado para no repetirlo y esta es la tarea en la que algunos estamos comprometidos: instituciones y personas.

La historia de la violencia en Euskadi no comenzó hace cincuenta años con el surgimiento de ETA. Seguramente, su nacimiento tendría que ver con la violencia con la que Franco y su ejército fascista implantaron la dictadura.

Son 75 años de historia que tendremos que reescribir para que este pueblo se reencuentre consigo mismo y pueda mirar al futuro con esperanza.

Ante ello hay dos posibilidades; trabajar desde el compromiso con la verdad y la reconciliación o trabajar para que la verdad y la reconciliación no sean un compromiso. Cada uno sabrá dónde colocarse. Yo espero que este miércoles, a las 20.00 en el Guggenheim en el estreno del documental Zerutik sua dator en el marco del Festival de Cine Documental Zinebi, estemos todos los que queremos que esta batalla acabe cuanto antes.

Este país necesita de todo tipo de recursos, y las palabras no tienen que ser munición para el combate sino restauradoras de heridas. Por eso, aquellos que vivimos de las palabras tenemos el reto de que estas sirvan para construir y no para destruir.

 

http://www.deia.com/2011/11/16/opinion/tribuna-abierta/la-batalla-del-relato