La autoridad nacional

El proceso de degradación de la Cataluña autonómica, que también podemos llamar la “autonomía española” o “la Cataluña integrada en España”, es imparable.

El colapso de los servicios públicos derivado de la situación de opresión nacional, del déficit fiscal y del incremento de población como consecuencia de una inmigración masiva fomentada por las instituciones españolas es innegable. No hay semana que no estalle un conflicto asociado a ese derrumbe: cuando no es Cercanías, es el sistema educativo, la sanidad, la crisis de la delincuencia y del crimen organizado o la constante erosión de la catalanidad y de la lengua, o quizás hay semanas en que todas las crisis convergen en una tormenta perfecta.

Los casos de corrupción aparecen como hongos en las instituciones y una parte de esta putrefacción la facilitan los medios públicos y subvencionados, así como buena parte del sistema político, incluida la oposición, que se empeñan en negar la realidad, en mirar hacia otro lado o, en el peor de los casos, deliberadamente en encubrir las malversaciones.

Hay poderosas razones para pensar que todo está carcomido y que en cualquier momento, como por ejemplo cuando se precipite una crisis económica de la que ya se captan muchos indicios, la situación será explosiva y puede desembocar en choques sociales graves y en el caos. Quizás no estamos tan lejos de experimentar una situación como la conocida en Italia a principios de los años noventa, la llamada Tangentópolis, cuando la mayoría de la clase política fue barrida después de que el alud de conexiones ilícitas entre dirigentes, empresarios y mafiosos ya fuera imposible de esconder.

Sin saber si llegaremos a este extremo, lo que sí van dejando claro las sucesivas encuestas que se publican sobre elecciones al Parlament es que el panorama cambiará sustancialmente y que hay muchas posibilidades de llegar a una situación de ingobernabilidad que, si algo bueno tendrá, es que todavía hará emerger más escándalos. En el momento en que el gobierno de Salvador Illa llegue a su fin, algo que desde el punto de vista democrático debería suceder en los próximos meses si no logra aprobar los presupuestos, el sistema político catalán entrará en un callejón sin salida y no habrá gobierno efectivo en mucho tiempo. El independentismo puede que no haya creado el Estado catalán, pero sí habrá estado en condiciones de destruir la autonomía española.

Con este panorama, en mi opinión, es el momento de recuperar la idea de consolidar las instituciones paralelas a la agonía autonómica, un marco que ya existe, que recoge la legitimidad del 1 de octubre y de la declaración de independencia de 2017: el Consejo de la República. Cuando todo esté devastado, deberemos hacer cómo han hecho buena parte de los pueblos que han accedido a la soberanía y apostar por un instrumento que pueda relacionarse con los actores internacionales y construir las célebres estructuras de estado que en el autogobierno fueron incapaces de materializar: defensa, hacienda, diplomacia, arbitraje y evento. Por estas razones es tan relevante la iniciativa que ha tomado el presidente del Consejo de la República, Jordi Domingo, de crear un fondo nacional. Si en los próximos meses el elemento representativo de la nación catalana debe ser el Consejo, el que pueda tratar de tú a tú los diversos poderes geopolíticos para culminar el proceso de emancipación y, al mismo tiempo, sostener a la comunidad catalana mientras el país se va hundiendo en España, son necesarios recursos y, sobre todo, audacia.

Ciertamente, la situación internacional nos adentra en un marco de incertidumbres, pero también de oportunidades, un marco en el que los actores catalanes que lideren la nueva fase del proceso deben actuar no sólo completamente desvinculados de España sino contra España, y también contra el marco que ha permitido la represión española, a saber, la Unión Europea, ambas estructuras políticas caminando a pasos agigantados hacia el precipicio una vez pierdan el apoyo de Estados Unidos y la seguridad de sus fronteras peligre aún más, con el caso de la presión marroquí sobre el flanco sur europeo y español como el nuevo reto que se va perfilando. ¿Pero quién contactará con quien tenga que contactar en Washington o en Jerusalén, por poner dos ejemplos que puedan estar interesados ​​en desestabilizar el orden español? De momento sólo tenemos el ‘Consell de la República’ para afrontar estos retos y por eso creo que el independentismo debe pensar en apoyar a la única autoridad nacional que nos queda.

EL PUNT-AVUI