Krugman, Stiglitz y el 6 de noviembre

EL pasado 23 de octubre asistí en el Fashion Institute of Technology, en Manhattan, a un acontecimiento poco habitual. Joseph Stiglitz y Paul Krugman, quizá los economistas más conocidos del mundo y los intelectuales públicos más populares de Estados Unidos, se reunieron para charlar de economía y política en un encuentro organizado por el Institute for New Economic Thinking. La proximidad de las elecciones presidenciales estadounidenses, que se celebran hoy, y la reciente publicación de sendos libros con contenido muy político por parte de Krugman y Stiglitz (End This Depression Now! y The Price of Inequality), conferían a este diálogo un carácter especial. Ninguno de nuestros dos economistas goza de mucha influencia en Washington, pero sin duda son capaces de atraer masivamente al público cultivado de una ciudad como Nueva York, que tradicionalmente se sitúa a la izquierda de la política estadounidense.

 

A lo largo de su carrera, Joe Stiglitz ha sido menos ortodoxo que Paul Krugman, especialmente después de su experiencia en la Administración Clinton, donde tuvo muchas desavenencias con el por entonces secretario del Tesoro, Robert Rubin, y su protegido Lawrence Summers en temas como el medio ambiente y la regulación bancaria. Stiglitz fue nombrado miembro del Consejo de Asesores Económicos (CAE) en 1993 y dos años más tarde presidente de dicho Consejo, en el que su trabajo sobre regulación medioambiental era tenido en cuenta por el vicepresidente Al Gore. En 1997, Stiglitz se fue al Banco Mundial como economista jefe. En este puesto, en lugar de representar fielmente los intereses estadounidenses, Stiglitz fue muy crítico con las políticas americanas en el Tercer Mundo.

 

Paul Krugman, cuyos textos son seguidos por miembros del equipo de Obama (según revela Robert Kuttner), no ha tenido tanta experiencia en la administración como Stiglitz. En los 80 formó parte del equipo técnico del CAE a la vez que trabajaba en el Massachusetts Institute of Technology y comenzaba a escribir para audiencias fuera de su profesión. Pero ni Krugman ni Stiglitz pueden decir que sus ideas sean aplicadas en Washington. Las reformas que serían consecuencia lógica de esas ideas incluirían una regulación drástica de las finanzas, la lucha contra la desigualdad social en EE.UU. y, particularmente, una participación más activa del gobierno en la economía vía gasto público.

 

Nada de esto aparece en el programa electoral de Barack Obama, un mandatario que en los últimos cuatro años ha convertido su slogan de change we can believe in (cambio en el que podemos creer) de 2008 en una sucesión de políticas alicortas, muy moderadas y de tipo centrista. En realidad, ningún presidente demócrata desde Lyndon Johnson ha puesto sobre la mesa prescripciones políticas que hayan transformado substancialmente el status quo en Estados Unidos. El caso más escandaloso es el de Bill Clinton, a quienes hay sectores que consideran “un buen presidente republicano” por el giro a la derecha que imprimió a los demócratas durante sus años de gobierno en la década de los 90. Vista su trayectoria política desde sus años como senador estatal en Illinois, nunca he creído que Barack Obama fuera un hombre de izquierdas (por supuesto, no al modo europeo, pero tampoco en el sentido que los norteamericanos dan a la palabra “progresista” o “liberal”). Por ello, no me sorprende el curso que ha tomado su presidencia. En los últimos cuatro años hemos sido testigos de un Obama centrista, relativamente enigmático y sin concreción en ocasiones. Ciertamente, no es lo mismo tener una visión política seductora y ambiciosa que gestionar esa visión. Pero, además, Obama no ha sabido o no ha podido enfrentarse con éxito a la maquinaria legislativa de Washington y a los grupos de presión que tradicionalmente influyen o determinan la evolución de muchos asuntos públicos en la capital de EE.UU.

 

Algunos puntos de vista de Krugman pueden haber dado munición a los progresistas de la Administración Obama, pero apenas han tenido repercusión en sus políticas

Pero volvamos a nuestros dos economistas. Es posible que algunos de los puntos de vista de Krugman hayan dado munición a los miembros más progresistas de la Administración Obama, pero ello apenas ha tenido repercusión en las políticas que finalmente se han llevado a cabo. Las conexiones personales, sin embargo, no faltan. Tanto Krugman como Stiglitz son amigos personales de varios miembros del establishment de Washington. El anterior jefe de presupuestos, Peter Orszag, fue alumno de Stiglitz en Columbia. Ben Bernanke y Alan Krueger (el presidente del CAE en la actualidad) fueron colegas de Krugman en Princeton. Con todo, la influencia de Stiglitz probablemente sea mayor fuera de Estados Unidos, especialmente en asuntos de desarrollo económico global. Y no hay que olvidar el impacto que ambos economistas han tenido en los últimos diez años como intelectuales públicos, traduciendo los tecnicismos de la economía para el gran público y formando las opiniones de diversos sectores sociales.

 

Las ideas más discutidas en el foro del Fashion Institute of Technology el 23 de octubre están presentes en el análisis de The Price of Inequality y End This Depression Now!, libros escritos para el gran público y accesibles para quien no sea economista profesional. Tanto Krugman como Stiglitz argumentan que la tremenda desigualdad socio-económica que existe en Estados Unidos tiene graves consecuencias macroeconómicas. Krugman ofrece renovadas recetas keynesianas que aplica a las actuales circunstancias del país y compara la recesión que sufrimos desde 2008 con la Gran Depresión de los años 30. Krugman ya había avisado del “retorno de la economía de la depresión” en un libro con ese título publicado en 1999, en el que se ocupaba en parte de las dinámicas deflacionarias en la llamada “década perdida” japonesa. En su análisis de la actual situación, el economista de Princeton sostiene que es preferible una dosis de inflación moderada a una depresión prolongada.

 

Stiglitz se ocupa en su nuevo libro de los factores que provocan la desigualdad socio-económica que sufre EE.UU. y de las ineficiencias económicas causadas por tal desigualdad. El autor hace un análisis pormenorizado de las muchas imperfecciones en el funcionamiento del mercado que hacen que la distribución de los ingresos se acumule en los sectores más privilegiados. La dura crítica de Stiglitz a los más ricos, cuyas prácticas especulativas ataca sin paliativos, se une a su denuncia del sistema político estadounidense, que refleja las injusticias del mercado y queda sometido al poder e influencia de las élites financieras y de los lobbies empresariales. El resultado es un sistema socio-económico profundamente injusto en el que las diferencias sociales se acrecientan. Stiglitz llega a afirmar que el “sueño americano” se ha convertido en un mito y pronostica un futuro oscuro para Estados Unidos a menos que el país cambie de rumbo y se corrijan las tendencias actuales en política económica. Naturalmente, esta no es una crítica nueva. Un gran número de sociólogos y economistas políticos (por ejemplo, Immanuel Wallerstein) llevan muchos años hablando y escribiendo acerca del declive estadounidense y de las injusticias socio-económicas presentes en el país.

 

Es difícil pensar en una disminución de las desigualdades sociales en Estados Unidos si Obama resulta reelegido (e imposible concebirlo si gana Romney). El programa electoral de Obama no contempla prácticamente ninguna de las medidas que defienden Krugman y Stiglitz para mejorar la salud del país. El presidente se ha mostrado ambivalente respecto al papel del Estado en la economía y en alguno de sus debates de campaña con Mitt Romney -y para atraer al electorado centrista- ha tenido que ponerse a la defensiva en el contexto de un país heredero de Ronald Reagan, donde la idea de que el gobierno “es el problema” está muy extendida.

 

Obama quizá evitó otra Gran Depresión y ha sido capaz de invertir la tendencia de destrucción de empleo con su plan de estímulo de 2009 y otras medidas posteriores. La pobreza en Estados Unidos sería hoy más aguda si no fuera por los miles de millones invertidos en el programa de salud para los pobres (Medicaid) y en la financiación del seguro de desempleo. Pero el presidente de Estados Unidos no contempla ampliar el raquítico estado de bienestar estadounidense ni otorgar al gobierno un papel mayor que el que ha desempeñado hasta ahora en asuntos económicos. Ello le coloca en el centro del espectro político, muy alejado de las estudiadas y valientes propuestas de Paul Krugman y Joseph Stiglitz. No es difícil concluir por ello que “la audacia de la esperanza” ya no está en la Casa Blanca sino en Princeton y Columbia.

 

http://www.deia.com/2012/11/06/opinion/tribuna-abierta/krugman-stiglitz-y-el-6-de-noviembre