Izquierda Nacional

A principios de 1977, el médico Jordi Gil, exmiembro del PSC, y la periodista de origen argentino Patrícia Gabancho, fundaban el partido Esquerra Nacional, una formación que tenía como objetivo la independencia de los Països Catalans y la construcción de un Estado socialista, de acuerdo con la terminología de la época. Editó el portavoz ‘Tallaferro’ y tuvo una vida efímera, pero tanto el nombre de la organización como los objetivos reflejaban la necesidad de que el país dispusiera de una fuerza política de izquierda nacionalmente autocentrada, sin dependencias ni subordinaciones a formaciones de ámbito estatal.

La realidad nacional de un país determina también su propio sistema de partidos políticos, por lo que, a menudo, el partido que más votos recibe en España es el que menos obtiene en Cataluña y los que más obtienen aquí no existen en España. En Latinoamérica, como en algunos países africanos y asiáticos, la izquierda tiene un componente nacional muy marcado, claramente patriótico, de modo que se fusiona en un solo discurso, social y nacional a la vez, resultado del poso y la memoria de las luchas anticoloniales y antiimperialistas. Ser de izquierdas, en muchos de estos países, es una forma de ser patriota, y viceversa. El famoso “Patria o muerte, ¡venceremos!” lo resume claramente. En Europa, sin embargo, la izquierda ha cometido el gran error de regalar el país a la derecha, haciendo dejadez de la lengua, la bandera, el himno y toda la simbología nacional, pensando en clave rancia que “el proletariado no tiene patria” -quizás porque las tiene todas-, pero olvidando que lo que antes llamábamos proletarios sí la tienen.

Generalmente, en los actos públicos de los partidos conservadores, dominan siempre los símbolos nacionales de cada país, empezando por la bandera que ha abandonado la izquierda. En cambio, en los grandes actos de los partidos progresistas suele verse toda la amplia diversidad cromática que acompaña la imaginación estética de la izquierda, con una enorme profusión de banderas de una gran diversidad de colores: rojas, lilas, verdes, del arco iris y de Palestina, entre otras independentistas. Todas ellas pueden recordar, quizás, causas nobles, a menudo con una ausencia clamorosa fruto de un internacionalismo inconsistente y acomplejado: la bandera nacional, como si la izquierda tuviera que ser, necesariamente, apátrida o identificable con cualquier país del mundo salvo con el propio, como si le diera vergüenza o le incomodara ser de un país concreto. Ya hace más de un siglo, por cierto, que ante esta situación, los fundadores de la Unión Socialista de Cataluña defendían que “Al internacionalismo se llega desde un punto de partida. Nosotros, pues, partimos de Cataluña”.

En los Países Catalanes, donde la alienación nacional ha hecho más estragos de los aparentes, vivimos esta situación durante décadas a lo largo de las cuales la izquierda mayoritaria obsequió a la derecha con el imaginario colectivo del país, que parecía pasar a ser de su propiedad. Así, por decisión propia, cierta izquierda se retiró del país que ya no le pertenecía porque lo había regalado y se refugió en un cosmopolitismo ridículo y vacío por dentro que casi convertía el término municipal de Barcelona -a lo sumo, el conjunto del área metropolitana- en una nueva nación, como buque insignia del país de la izquierda.

Sin embargo, en la práctica la pretendida anacionalidad de la izquierda catalana acababa, por acción y también por omisión, reforzando la nación española, su Estado y la situación de subordinación del país. Si te sentías nacional catalán parecía que no podías, al mismo tiempo, ser de izquierdas y si lo eras te veías obligado a renunciar o a disimular tu pertenencia nacional, con dosis elevadas de autoodio en muchos casos de los que ya habían renunciado a la catalanidad originaria. Costó décadas superar esa batalla estéril entre CiU y PSC, hasta llegar a planteamientos claros de izquierda nacional, sin complejo alguno.

Generalmente, la izquierda no ha visto nunca al individuo en solitario, como sujeto político y protagonista social, sino siempre formando parte de un colectivo más amplio, como miembro de una clase social, una raza, una identidad sexual o de género, un sector de la producción, etc., pero no como miembro de una comunidad nacional o lingüística. Se menosprecia así otro tipo de individualismo solidario, resultado del esfuerzo personal de cada uno en su compromiso con una causa concreta. Una izquierda nacional catalana debería mirar el pasado nacional y tener la capacidad, el valor y la inteligencia de ir a beber también en las mismas fuentes y valorar positivamente toda la rica tradición del movimiento libertario, tan vinculado a la historia de nuestro país, cuyo legado forma parte del patrimonio político catalán.

Una izquierda radicalmente democrática debe ser también profundamente nacional, condición indispensable para ser también internacionalista, y no se debe limitar sólo a recoger las aportaciones más positivas y útiles, hoy todavía, del socialismo y de diversos movimientos alternativos, sino que no puede renunciar a acoger, al mismo tiempo, las contribuciones constructivas procedentes del campo libertario, por el simple hecho de que ésta sea una tradición no existente y, por tanto, no nacional de otros países, pero sí de los Països Catalans. La incorporación de lo mejor de la tradición libertaria aportaría no sólo genuinidad, sino también frescura, desburocratización y acción directa ciudadana.

Si, en condiciones normales, la izquierda de un país tiene el deber de ser nacional, en un proceso de emancipación nacional debe serlo más que nunca, porque lo único que no puede ser es anacional, cobijándose tras una inexistente neutralidad que no la hace otra cosa que cómplice de la subordinación, la dominación y la opresión nacional, puesto que la sitúa al otro lado de la nación o, en el mejor de los casos, fuera de ésta. Cuando un pueblo tiene conciencia nacional, es ya un pueblo nacional, perfectamente localizable en el mapa, no como una excentricidad geográfica, sino como la expresión de una voluntad colectiva. Un pueblo nacional es aquel que no esconde, ni disimula, ni se avergüenza de su condición nacional, sino que se reconoce, en primera instancia, como primer ámbito, en una comunidad humana con la que comparte intereses, emociones y referentes y a la que expresa su lealtad y pertenencia, sabiéndose a la vez parte de la especie humana toda, sin fronteras ni exclusiones.

Un pueblo así, con cultura democrática, actitud crítica y conciencia nacional es aquél que, finalmente, acaba preguntándose cómo es que ha tardado tanto tiempo en sublevarse, como ha podido estar tantos años sin desobedecer, qué justifica tantos silencios allí donde hacía falta una voz clara y fuerte y por qué motivos ha aceptado, resignadamente, el relato de figura como subalterno. Y, un pueblo nacional así, bien debe merecer una izquierda nacional que sea digna, con vocación de mayorías y voluntad de gobierno, capaz de llegar a acuerdos en temas esenciales, de país, con las otras siglas del abanico democrático nacional, porque el país es de todos. En un proceso de emancipación nacional, la izquierda del país debe procurar liderar, que no monopolizar, la lucha nacional y compartir estrategias electorales (sobre todo fuera del país), iniciativas políticas y organismos institucionales o asociativos que acerquen al país a su libertad.

Una izquierda nacional catalana debe trabajar por los intereses de los sectores populares más cercanos, que son los del propio país, empezando por unos salarios y unos derechos laborales adecuados al nivel del contexto socioeconómico nacional, una fiscalidad justa con las rentas más bajas y exigente con las más altas y una cobertura social característica del primer mundo con una atención prioritaria a la vivienda, la dependencia y la atención a la gente mayor, la sanidad y el transporte público, la educación, la lengua nacional y una acción solidaria con todo el territorio. Hablo de una izquierda seria, responsable e imaginativa, cercana a la gente en sus problemas y cómplice de sus ilusiones, sin ningún tipo de superioridad moral sobre nadie porque no la tiene.

Una izquierda nacional, la izquierda del país, pues, como opción segura y que inspira confianza porque, además, evita la demagogia de las soluciones milagrosas instantáneas y cumple sus compromisos electorales con la ciudadanía. Una izquierda valiente y realista, con un discurso propio, nacional, que reclame instrumentos efectivos ante los flujos migratorios que el país pueda asumir en condiciones e integrar su población recién llegada a la propia sociedad nacional diferenciada y no al Estado opresor, incorporarla, pues, a la lengua, los valores colectivos, los referentes culturales y los símbolos también para los nuevos catalanes de todos los orígenes.

Una izquierda nacional no puede sentirse periférica de nada ni de nadie, porque esto la desnacionaliza y la convierte en ridículamente provinciana. Ni debe tener la pretensión de promover y encabezar operaciones electorales de Estado, en las que nunca logrará precisamente por su condición de catalana, como siempre ha ocurrido. Una izquierda nacional debe utilizar, en las instituciones del Estado, la lengua de su nación porque no es ningún idioma inútil y cuando habla de “este país” debe ser clara y no puede plantear dudas, ni originar confusiones de tipo alguno, ni problemas de ubicación en los mapas. Una nación se construye desde todas las ideologías democráticas, también, pues, de la izquierda. Y tal y como decía Rovira i Virgili, en Cataluña “sólo puede haber dos clases de partidos: partidos nacionales y partidos coloniales. Y los catalanes de hoy no estamos dispuestos a admitir ninguna colonización política, ni monárquica ni republicana; ni la de los enemigos ni la de los amigos”.