En todo caso, pienso que tanto la tesis de Gray como la de Glucksmann no permiten entender del todo por qué gana el Estado Islámico; por qué, por ejemplo, ha ocupado hace poco un lugar tan emblemático como la antigua Palmira sin que nadie haya sido capaz de pararles los pies. Quien tal vez se acercó mejor al problema muchísimo antes de que existiera fue el gran historiador belga Henri Pirenne (1862-1935) en su obra póstuma, ‘Mahoma y Carlomagno’. La clave es una comparación entre las invasiones germánicas y las islámicas. “La gran pregunta que se plantea -dice Pirenne- es saber por qué los árabes, que no eran más numerosos que los germanos, no fueron absorbidos como estos por las poblaciones de las regiones de superior civilización que conquistaron. Sólo hay una respuesta, y es de orden moral. Mientras que los germanos no tenían nada para contraponer al cristianismo del Imperio, los árabes estaban exaltados por una fe nueva”. Esta explicación de orden moral resulta, en mi opinión, perfectamente coherente. A diferencia de lo que suele decir el lugar común, la gente no muere -ni mata- nunca por ideas sino apenas por certezas, que en el caso de la religión pueden llegar a ser absolutas, indudables. La “gran pregunta” que se hacía Pirenne en la década de 1930 vale para la Edad Media, evidentemente; sin embargo, ¿y hoy? Lo que en los siglos VII u VIII era una “fe nueva”, ¿lo sigue siendo en 2015? En definitiva, en un mundo cada vez más secularizado: ¿de dónde proviene este insólito vigor? ¿Gana realmente por ello, el Estado Islámico?
Estoy convencido de que los exmilitares del ejército de Saddam Hussein o los parados crónicos de los suburbios de Occidente que se van hacia Siria no son depositarios de ninguna fe religiosa real, islámica o no islámica. Sólo hay que repasar la triste y a la vez anodina biografía de quienes cometieron los atentados de Charlie Hebdo: no habían puesto los pies en una mezquita hasta unos meses antes de radicalizarse. Descartada la fe, ¿por qué mataron y murieron, entonces? Probablemente, porque el envoltorio externo y en este caso apócrifo de la fe -los vistosos turbantes, las barbas que ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos, habían llevado nunca- les otorgaba la ilusión de una identidad rotunda y sólida como un gran bloque de granito. Esta identidad inventada ofrece una especie de consuelo existencial, a pesar del altísimo precio del peaje. Si eres nieto, hijo y hermano de parados crónicos subsidiados; si no sabes si eres bien francés o argelino, europeo o africano; si las calles del suburbio donde ves pasar las horas son exactamente iguales que las de cualquier otro suburbio del mundo, aquí tienes una oportunidad de reconstruir tu biografía, tu identidad. Dejarás de ser un anónimo desgraciado para convertirte en un heroico muyahidín.
¿Por qué gana, pues, el Estado Islámico? Porque regala una nueva y atractiva identidad a quien no la tiene. Hasta hace una generación, los diferentes estados europeos podían competir con esta oferta: el ascensor social no era un mito. Las cosas han cambiado mucho, en este sentido. Han cambiado tanto, que en 2005, hace una década, la banlieue ya se transformó en un campo de batalla. El radicalismo sólo prospera en paisajes humanos que, más que pobres en un sentido material, están desprovistos de expectativas vitales razonables. Los marginales que se apuntan al Estado Islámico no lo hacen a cambio del subsidio con el que quieren seducirlos los estados europeos. Lo hacen por otra razón. Hasta que esto no quede claro, su victoria está asegurada.
ARA






