Se acercan tiempos tan decisivos como difíciles. La independencia no es un “ábrete Sésamo” que pondrá al descubierto un gran tesoro. El camino es empinado, y quien no entienda las vueltas de cabeza que puede provocar a quienes lo tengan que liderar, es que es un insensato. Quien piense que la independencia se consigue sólo reclamándola, es que entiende la política a la manera de los menores de edad, que creen que con una rabieta basta para conseguirlo todo.
Ahora bien, incluso antes de llegar, el proceso previo ya se va haciendo estrecho, en el sentido de que obliga cada vez más al compromiso inequívoco. Quiero decir que las ambigüedades son cada vez más difíciles de sostener. Una cosa es decir: “Ya me gustaría, pero como es imposible, no es necesario que me pronuncie”. Decir esto, hasta ahora, salía gratis. Pero esto se acaba y este tipo de comentarios ya suenan a pretexto. Cada vez es más necesario decir si se apoya o no. No hay vías intermedias. En términos del presidente Jordi Pujol en Presencia, “se ha acabado hacer la puta y la Ramoneta”.
Naturalmente, ante el desafío por la independencia, también se puede callar. Pero en tiempos de alta responsabilidad, el silencio no es neutral, no es inocente. El silencio favorece al estatus quo, es conservador, es sospechoso de cobardía. Pongamos por caso la posición del cardenal de Barcelona, monseñor Lluís Martínez Sistach. Ante el Once de Septiembre, dice que no apoya la convocatoria de la manifestación para evitar “divisiones”. Es una posición de las de “callar”, de no tomar posición clara a favor de una de las partes, la soberanista, lo que significa favorecer la posición unionista actual.
Pero el caso de Martínez Sistach es aún más grave en comparación con sus colegas españoles. De hecho, los obispos españoles han tomado posiciones públicas, individuales y colectivas en diversos documentos, a favor de la nación española y de la unidad de España. Y es constatable que nunca han tenido en consideración el hecho de si sus tomas de posición dividían a los españoles. Los obispos españoles son unos independentistas españoles, y han prescindido sistemáticamente de respetar los sentimientos políticos de vascos y catalanes. Aún peor: han hecho todo tipo de maniobras para desteñir de catalanidad las iglesias de estos territorios. Por ejemplo, lo han hecho imponiendo la expresión “Iglesia en Cataluña” en lugar de “Iglesia catalana”, lo que practican dócilmente varios obispos “en Cataluña”.
Pues bien: el obispo Martínez Sistach, o cualquier otro obispo “en Cataluña”, deberá terminar definiéndose, tarde o temprano. A favor del propio país, en contra, o como decía antes, adoptando una actitud de silencio miedoso. El mismo silencio miedoso que han practicado cada vez que la Conferencia Episcopal Española -no “en España”- ha agredido la sensibilidad nacional de los católicos catalanes. ¡Ante el nuevo desafío, tendremos que esperar a ver cómo practican el coraje evangélico que suelen predicar a los demás!
Pero lo que digo del cardenal de Barcelona, al que sólo he puesto de ejemplo, se lo tendrán que ir aplicando muchos otros responsables públicos. Los hará falta, tarde o temprano, tomar una decisión. Hace treinta y tantos años, muchos tuvieron que decidir si seguían manteniendo sus relaciones ambiguas con el régimen franquista, o si de repente se convertían en demócratas de toda la vida. Ahora, a la generación siguiente, se le presenta un desafío similar. ¡Debemos confiar en que se decantarán por haber sido independentistas de toda la vida!








