¿A quién no le gusta ser el amo del mundo? Pues a pesar de lo que pueda parecer, no a todo el mundo. El procedimiento para serlo de una manera científica se inicia con el proto-nominalista árbol de Porfirio que diera lugar a la taxonómica institución del conocimiento donde a la animalidad genérica del hombre se le suma la especificidad de su racionalidad. En la construcción social de este conocimiento Paul Boghossian determina el que: “No es independiente de nosotros y de nuestro contexto social el que el mundo que tratamos de comprender y conocer sea lo que es; al contrario, todos los hechos están socialmente construidos, de una forma que refleja nuestras necesidades e intereses contingentes”. Función a todas luces pragmática y hasta si se quiere ciertamente utilitarista justificadora del entramado por el cual el humano necesita de los instrumentos de integración facilitados por el orden institucional. Institución fundamentada, al menos en los últimos siglos, en el programa de la modernidad que el sociólogo François Dubet manifiesta estar en declive y a la cual el filósofo Daniel Innerarity ha dedicado interesantes e innovadoras reflexiones (especialmente -en mis lecturas- el ensayo titulado La democracia del conocimiento. Por una sociedad inteligente).
Enfrentado a este ambicioso programa basado en la entronización y preeminencia de lo humano, la visión ecosistémica contrapone valores fundamentados en la convivencia, que en la expresión de Edward Goldsmith vendría a confrontar el clímax antropogénico al clímax ecológico, por el que la humanitas debiera estar a la altura de mostrar la actitud basada en el isidoriano gesto del humo acclinis (inclinado a la tierra-nuestra amalurra) del que deriva la palabra humildad. Y en la hagiográfica vida de los santos esta pose vendría a estar representada por Francisco de Asís amigo y hermano de todas las criaturas y de toda la Creación (Jacques Le Goff). Una visión a todas luces realista de la misma, en el sentido de la defensa de lo que en común tenemos con lo demás: sujetos y objetos de la realidad dentro también, y de alguna manera equiparable, a la macroentidad propuesta por Latour bajo denominación de colectivo.
El franciscanismo de nuevo cuño tiene en Leonardo Boff a una de sus más destacadas figuras en la defensa de la por él mismo denominada teosfera. Mientras los al principio mencionados agentes de la institución a duras penas intentan poner un cierto orden en el caos civilizatorio, el teólogo muestra la conveniencia de buscar a través del deseo y de la creencia un nuevo orden, pues el equívoco del desarrollo de la modernidad consiste en ser: “(…) un desarrollo que prescinde de la naturaleza y se realiza en contra de ella, puesto que la contempla más como un estorbo que como un aliado (…). Antes de hablar de desarrollo hay que hablar de sociedad, de defensa de toda la vida y de promoción de la calidad de la vida humana. La sustentabilidad, como hemos visto, procede en modo eminente del campo de la ecología, lo mismo que la categoría desarrollo procede del área de la economía”. Este último concepto de la sustentabilidad, ya tempranamente presente en las teorías de Karl Polanyi, como es evidente, supera en pretensión homeostática al más convencional de la sostenibilidad.
Así, creencia y deseo, no solo forma parte del pensamiento teológico, como a simple vista pudiera parecer, puesto que también tempranamente llega a formar parte del pensamiento sociológico a través de la neomonadología de Gabriel Tarde inspirando la posterior filosofía del par Deleuze-Guattari y de la más cercana sociología de un, por ejemplo, Maurizio Lazzarato. Y tiene una curiosa aplicación en el acontecimental proceder de las políticas actuales, incluida la más cercana en sus múltiples decesos, cuando cuestionando de manera absoluta el concepto naturalista de las razas -equivalente en esto a los pueblos-, el coetáneo de nuestros Sabino Arana y Arturo Campión, las afirma en una visión adelantada a la empática de Rifkin como concurrentes y colaboradoras, al afirmar que: “(…) están llamadas no solo a combatirse y destruirse en beneficio de un escaso número de supervivientes, sino también a ayudarse en la ejecución secular de una obra social común, de una gran sociedad final, cuya unidad habrá sido el fruto de su misma diversidad”. De manera que nuevamente actualizamos la monádica visión de un Leibniz euskarófilo en su aspiración al acuerdo universal basado en la suma de singularidades y en la multiplicidad (me permito aquí el atrevimiento, de recomendar la lectura del ensayo, de fácil acceso a través de la Red, La neo-monadología de Gabriel Tarde; hacia una teoría del acontecimiento, de M. Lazzarato).
Leibniz, curiosamente, se encuentra en el origen del perspectivismo orteguiano y actual de la antropología de un Viveiro de Castro y, asimismo, de la neomonadología inaugurada por Tarde constituyente de lo que se ha dado en denominar como “política molecular”, del fluir de lo diferente. Nosotros como comunidad aspirante a institucionalizarse en nación (y hasta Estado) pertenecemos, por ahora, a esa estructura molecular frente a la denominada por Guattari estructura molar (global) de los asentados estados-nacionales de inspiración imperial. En el origen del orden molecular se encuentra el concepto de transversalidad, como bien viene a especificarse en el glosario de esquizoanálisis que acompaña el ensayo basado en la compilación de artículos del autor francés, Plan sobre el planeta. El perspectivismo pone como ejemplo a Leibniz, citado por Ortega, cuando afirma: “una misma ciudad mirada desde diferentes lados parece completamente distinta y se multiplica perspectivamente (…) hay diferentes universos que, no obstante, son perspectivas distintas de uno solo, según los puntos de vista de cada mónada”. También aquí se encuentra muy presente la máxima por la que Nietzsche concluía el que el filósofo, entre la creencia y el deseo: “Conoce imaginando e imagina conociendo”. Y en todo ello, el acontecimiento, como memoria momentánea e histórica, para su arraigo necesita de la experiencial y hasta cierto punto empírica y pragmática visión de lo vernáculo. La defensa del macrouniverso que es el planeta para el hombre pasaría así por la defensa del microuniverso local: Humanitas et humilitas.
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