“La mejor manera de olvidar algo es conmemorarlo”
(The history boys, Alan Bennett)
El 2014 fue el año en que recordamos el inicio de la Primera Guerra Mundial, el 1714 y otras muchas efemérides. Algo que en el 2015 también ocurrirá. Los aniversarios son ya una fiebre, con riesgo de hacer del pasado un parque temático. Y desconocemos quién decide qué celebramos y qué no.
Este siglo suma a sus propios asuntos la réplica y el tintineo constante de los pasados, y muy en especial los del siglo XX. Están presentes en papel y pantallas, tras titulares irresistibles que prometen devolvernos al éxtasis y el infierno del pasado sin arriesgar una pestaña. Es el rentable álbum del pasado, haciendo un poco más farragosa la agenda del presente. Hablamos del atasco de los aniversarios.
No se trata únicamente de acusar el gatillo fácil con que se designan días y hasta años dedicados a causas, personajes y enfermedades. Tampoco es lo discutible del criterio con que se designan algunos. Ni siquiera nos preguntaremos por las instituciones que se han otorgado el arbitrio del almanaque. Y nada de elucubraciones sobre por qué a veces se celebran los cien años y en otros casos los 35, 15, 75 o los 108. Sabemos del lado oscuro de los aniversarios, que todo calendario esconde un guión, el perfil de una sociedad. Trace una línea entre sus efemérides y se revelará ese perfil. Lo llaman historia y tradición, pero es pura ingeniería política y social. Y eso no se deja en manos de cualquiera. Pero tampoco cultivaremos teorías conspirativas. Hoy lo urgente es preguntarnos por la sobreabundancia de aniversarios.
Michael Olmert advirtió en el 2007 sobre su poder entumecedor: “La contrapartida de los aniversarios es que pueden inocularnos contra los elementos nuevos o sorprendentes del pasado (…) Es decir; las grandes celebraciones adormecen intelectualmente a la gente” (Anniversaries and the origin of history). Varios diarios en este país, por ejemplo, han celebrado en el 2014, simultáneamente, el inicio de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué alma sensible puede asumir eso? Deberíamos adquirir conciencia sobre el desorden y la saturación a la que estamos sometiendo a la memoria. Google, que a través de sus doodles se ha convertido en un atractivo y desconcertante almanaque global, se ha mostrado muy caprichosa en sus aniversarios, celebrando los 108 años del nacimiento de Hannah Arendt, el 122.º aniversario del nacimiento de Chaplin o los 16 primeros años de ella misma como empresa. Eso puede ser una locura, o el principio de otro orden, en el que reconozcamos que los aniversarios siempre hablan del presente y que por tanto no hace falta esperar a una cifra simbólica. Si la causa parece oportuna, nadie suele cuestionar la excusa, sea derrota, victoria, nacimiento, muerte o puesta de largo.
En 1917, en un célebre artículo publicado en Nueva York, A neglected anniversary, Henry L. Mencken denunciaba el hecho de que se hubiese ignorado en la prensa el aniversario de la invención de la bañera. En su artículo se detallaban los orígenes y evolución del fantástico utensilio. Todo inventado, claro. Pasaron ocho años antes de que desvelase la broma en otro artículo, pero ya era tarde. Algunos de sus fantásticos pasajes sobre la bañera siguen circulando como supuestos datos históricos. Mencken seguía, décadas después de haberlo escrito, sorprendido con la repercusión de su texto. Quizás no había tenido en cuenta el apetito de la gente por la historia de lo cotidiano, de los objetos comunes y la pequeña historia en la que se reconocía y reivindicaba la creciente clase media. La historia se revisa constantemente conforme a las inquietudes del presente, descubriendo infinitas historias dentro aquellas lecciones que, debidamente simplificadas, sirvieron a la memoria colectiva.
A ese siglo consensuado, el XX, que celebraremos de manera previsible en Informe Semanal y los suplementos dominicales, cabe sumar otro: el subterráneo. Será el siglo XX que se nos pasó por alto, el que muchos desean explorar, inventar o reivindicar, el siglo oculto, el de las personas y hechos que fueron censurados, apartados o sencillamente olvidados… Ya tenemos tres tiempos en uno: el presente y la evocación constante del pasado, el consensuado y el reescrito. Si esto no es vivir instalados en la heterotopía, que venga Foucault y me lo explique.
El siglo XX se ha notariado, prácticamente, como el XIX: desde el poder, pero con un inmenso aparato mediático a su servicio. Como resultado, disponemos de un siglo perfectamente empaquetado en viñetas y consumibles fáciles de evocar. Compartimos una cronología por décadas del pasado siglo perfectamente asumida a la que hemos asignado sintonías, paletas, pátinas y humores: los alegres años veinte, la depresión de los treinta, los felices cincuenta… Explotar esa memoria es demasiado fácil, demasiado rentable. Si hemos acabado saturados de la Primera Guerra Mundial, ¿qué les espera a nuestros nietos en mayo del 2068? ¿Redescubrir a Dylan sin que haya dejado de sonar nunca?
Es posible que este siglo, el XXI, se conforme en un imaginario escurridizo, por la cantidad y pluralidad de relatos que lo compondrán. Su herencia será ligera porque no dejaremos monumentos ni museos, sino blogs, archivos digitales y motores de búsqueda. Nunca más la industria de la memoria dispondrá de un relato histórico, un producto, tan compacto y compartido como el que hemos hecho del siglo XX.
http://www.lavanguardia.com/cultura/20150107/54423075353/que-celebramos-aniversario.html#ixzz3O9K12IBX








