En la Europa de las paces y tratados de Westfalia, de eso hace más de tres siglos y medio, los soberanos grandes y pequeños de Europa cansados de tantas guerras por derechos dinásticos o por religiones, y los señores embajadores cansados de sentarse en Münster en una sala inhóspita y severa, decidieron que los estados son los estados, las fronteras no se tocan, y cada uno es soberano en su soberanía. La idea, el concepto o principio, que era una novedad considerable, se elaboró sobre todo para aclarar la situación del Imperio Germánico, pero rápidamente se convirtió en una doctrina inmutable. En cuanto a la estabilidad que supuestamente garantizaba el tratado, el hecho es que no duró mucho: tres cuartos de siglo más tarde, las paces y los tratos de Utrecht debían recomponer el mapa otra vez y redibujar soberanías y fronteras, y un siglo después el Congreso de Viena tuvo que arreglarlo todo de nuevo, sobre la misma doctrina: la fe en la intangibilidad de las fronteras, y en la soberanía incondicional de quien lo esté ejerciendo. Así, Europa sería estable, las fronteras intangibles y los estados soberanos serían siempre intocables. Un resultado espectacular de esta doctrina sagrada, si me permiten un punto de sarcasmo, es que en el curso de las décadas siguientes, Italia y Alemania se unificaron, las fronteras del sudeste de Europa fueron hacia aquí y hacia allá (más allá que acá), y un buen puñado de nuevos países, empezando por la pequeña Grecia, salieron a la luz de la independencia. Hechos que se repitieron al terminar la I Gran Guerra, al terminar la Segunda, y a finales del siglo XX. Lo que resulta sorprendente es que ahora mismo, después de una larga historia que la invalida repetidamente, la doctrina continúa inmutable: es la que se predica incesantemente desde todas las púlpitos, escaños, cátedras y periódicos de España para defender la soberanía indivisible y única del Estado constituido. Y son estos predicadores, vista la realidad de los últimos siglos, quienes están absolutamente fuera del curso de la historia de Europa. Cosa que no reconocerán nunca y por eso mismo les servirá de bien poco para reducir anatemas, y menos para aclararse la vista y las ideas: para ellos no es la historia lo que cuenta, sino la teología.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/06/19/quadern/1371642471_149934.html






