El Reino Unido se tiene que repensar a sí mismo. Ya con antelación a las últimas elecciones se oyeron voces de académicos y políticos reclamando la conveniencia de realizar un nuevo proceso constituyente. Algunos incluso hablan de la conveniencia de establecer el Reino Federal de Gran Bretaña, expresión que contrasta con la historia constitucional del país. Hasta el punto de que se puede defender que una “federación británica” constituye una especie de oxímoron conceptual.
El debate está vivo, respecto a los posibles resultados de una reforma constitucional, y respecto a los procedimientos que tendrían que establecerla. Por ejemplo, ¿alguien se imagina la abolición de la Cámara de los Lores y su sustitución por un Senado de carácter federal?; ¿o el establecimiento de un Parlamento estrictamente inglés, hoy inexistente? (si la cuestión escocesa está por resolver, la “cuestión inglesa” lo está más); ¿o la transformación del sistema electoral mayoritario en alguna fórmula de representación proporcional? Parecen muchos cambios para un Estado formalmente tan tradicional como el británico. Demasiados cambios si se quieren establecer todos de golpe.
En relación con los procedimientos, hay que hacer mención del informe ¿Do we need a constitutional convention for the UK? (2013), escrito por el comité de reforma política y constitucional de los Comunes, así como al documento de la Cámara de los Lores, Constitutional conventions: Possible options in the new Parliament” (2015). El primer documento, tras establecer que los sistemas constitucionales tendrían que evolucionar de acuerdo con los tiempos, recomienda clarificar primero la “cuestión inglesa”, aunque sea sin establecer otro nivel administrativo de políticos elegidos. Y recomienda hacerlo antes de proceder a una reforma del conjunto del Reino Unido, incluido, naturalmente el tema de Escocia. Se trata de una reforma sobre la que el comité parlamentario no muestra una posición unánime sobre si tiene que implicar o no una Convención constitucional, sobre su composición o sobre el uso de las nuevas tecnologías (internet, webs, redes sociales). Por su parte, el informe de la Cámara de los Lores recoge la opinión de expertos académicos sobre cómo se debe desarrollar una convención constitucional en el siglo XXI -las experiencias de Islandia e Irlanda quedan reflejadas, como anteriores reformas constitucionales desarrolladas en Suecia, Sudáfrica, Alemania, Canadá… El informe sintetiza las principales posiciones de los partidos sobre el tema.
Una advertencia repetida en el debate británico es que hacer muchas cosas al mismo tiempo en un proceso constituyente equivale a poner las bases para un resultado ineficiente. Querer conseguir muchos objetivos a la vez supone plantear un procedimiento para que las cosas finalmente no cambien. Supone establecer reglas para que el procedimiento acabe fracasando (¡una afirmación que, dicho sea de paso, creo que constituye un aviso para navegantes de la Catalunya actual!).
Vivimos tiempo de cambios. Muy probablemente, las democracias liberales serán bastante diferentes el año 2050, tanto por razones políticas como tecnológicas. No deja de tener un cierto punto de paradoja que voces reformistas del Reino Unido miren a EE.UU., surgido de sus colonias después de una guerra secesionista, con el fin de inspirarse en el modelo federal que crearon los revolucionarios americanos en la segunda mitad del siglo XVIII. En momentos constitucionales se vuelven a convertir en una renovada fuente de inspiración las discusiones de los “padres fundadores” del constitucionalismo norteamericano. Por un lado, las posiciones de Madison y Jefferson en favor de una república democrática de carácter federal, básicamente descentralizada y con procedimientos de control popular del poder, ante la opinión de Hamilton en favor de una federación más centralizada y más relacionada con los presupuestos “monárquicos” de la cultura política británica, que quería que los nuevos EE.UU. se convirtieran en una potencia transatlántica global desde presupuestos más unitaristas. Todo vuelve, pero nunca es lo mismo.
La Vanguardia







