
Hace unas horas, en La Línea de la Concepción, algunos operadores desmantelaron el cruce fronterizo del Istmo de Gibraltar. Visto de cerca, el espectáculo no es nada extraordinario: andamios, máquinas, hombres con jupetí reflexivo que trabajan día y noche para tener todo listo el 15 de julio. Pero, visto con un poco de perspectiva, es uno de los eventos más considerables que han ocurrido en la península en muchos años. La frontera de Gibraltar – “la Virgen”, como la llaman los españoles, con esa letra mayúscula que adquieren las cosas cuando no se han movido durante un siglo y en un claro intento de reducir lo que realmente es– deja de existir. Está acabado. Y no, precisamente, porque España ha recuperado la roca. Es, por lo tanto, un hecho muy sintomático, ya que esta es una de las obsesiones más largas, más estériles y más reveladoras en la historia de España y el nacionalismo español.
Es importante recordar los hechos. Esta valla fue colocada por los ingleses en 1909, por razones de lucha contra el contrabando, que debe ser las razones más honestas que han estado en esa frontera. El que lo convirtió en una pared y una barrera cerrada fue Franco, en 1969, cuando ordenó que se prohibiera la puerta del lado español, convencido de que ahogaría la colonia y de que los gibraltareños, hambrientos y arrepentidos, terminarían clamando por ser español. Pero sucedió exactamente lo contrario: la gente no se enamora de aquellos que cierran la puerta a sus narices, y trece años de absurdo asedio, fabricaron lo que tres siglos de soberanía británica no habían terminado de forjar: un pueblo, un nacionalismo, el nacionalismo gibraltareño. En 2002, cuando se les preguntó si querían soberanía compartida entre Londres y Madrid, el 99% de los habitantes de la roca votaron no. Noventa y nueve.
Han pasado los años, pero por último -y en medio de la gran complicación que surge del Brexit- ha llegado un acuerdo europeo que, por mucho que España quiera presentarlo como un triunfo, no es en absoluto. La frontera no cae porque España ha ganado nada. Por el contrario: la frontera cae porque España – y el nacionalismo español – finalmente han renunciado a su obsesión. El tratado que se firma en Bruselas esta semana no “devuelve” el peñón a España: simplemente, traslada los controles fronterizos al aeropuerto de Gibraltar, hace la vida más fácil para los quince mil trabajadores que lo cruzan todos los días y deja la cuestión de la soberanía exactamente donde los británicos la habían colocado en 1713, cuando se firmó un papel en Utrecht que en España siempre ha hecho más enojo que no efecto, y que los catalanes – por la parte que hubiéramos recordado. Tres siglos reclamando una roca y el resultado final de tanta obsesión será un simple acuerdo de aduanas. Hay fracasos ruidosos y fracasos silenciados y esto, no importa cuánto quieran disfrazarte y hacerte callar, es uno de los más grandes que podríamos imaginar no hace mucho tiempo.
Y no basta con decir, como si esto estuviera cambiando todo, que la decisión de Madrid responde al realismo, o al pragmatismo, o a cualquiera de esas palabras que sirven para vestir adecuadamente el retiro. Si en 2026 es de sentido común que la gente vaya sin colas y que las familias no vivan separadas por una valla, también lo fue en 1969, y en 1982 y 2014, cuando todavía se formaron colas de seis horas debido a una rabieta diplomática. El sentido común no ha cambiado; lo que ha cambiado es que la obsesión española se ha vuelto insostenible. Gibraltar no es español, no lo ha pasado en trescientos años y no lo será en el futuro. Pero la novedad de esta semana es que el Estado español, por primera vez, actúa como si lo supiera y lo asumiera de manera definitiva.
Por esta razón, para aquellos de nosotros que vivimos en naciones que España también considera partes indisolubles de su nación, el episodio nos ofrece una lección que me parece que no se debe subrayar mucho. Fronteras, asedios y noventa y nueve por cientos están relacionados de una manera que los españoles nunca aprenden cuando juegan. Franco cerró una frontera para convertir a las víctimas de su violenta reacción en español y logró nada más que fabricar nacionalistas gibraltareños. Esta es casi una ley física, que si hubiera alguien con dos dedos de frente entre los nacionalistas españoles, siempre lo enmarcaría y recordaría. Y digo esto porque el primero de octubre, por ejemplo, se hizo más que evidente que la lección no se había aprendido. Ellos.
Pero ahora no importa. Esta semana, cuando la parrilla ya no esté allí, en La Línea habrá un paso abierto, ya que hay tantos en Europa, y una parcela donde durante ciento diecisiete años hubo el máximo símbolo de la obsesión española. Y la cosa es que los símbolos, cuando caen, suelen hacer poco ruido. Por otro lado, hoy en día las máquinas de los desguazadores de la frontera hacen ruido –y mucho ruido– las que simbolizan la retirada española. ¿Y qué te diría? Para un catalán es un ruido, este, muy agradable de escuchar.
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