Los gibraltareños son británicos porque lo dice su pasaporte. Aquí debería terminar la controversia, al menos en lo que respecta a España, pero es un clásico esto de sacar el tema siempre que conviene no hablar de otras cosas. Aunque cambien los regímenes y las leyes fundamentales, cuando a un gobierno español se le acumulan los problemas, recurre indefectiblemente a “the Rock”. El actual ministro de Exteriores, en la primera visita que hizo a Estrasburgo, dirigió un “Gibraltar español” a un eurodiputado inglés que le estaba felicitando, “ya hablaremos”, le replicó éste, lo que, ante la habilidad diplomática exhibida por el español, debe entenderse como que no y contigo menos. O sea que el gobierno actual lo llevaba de cabeza para sacarlo cuando conviniera, y ahora es un buen momento. Después de tantos meses de no ver la salida al túnel económico, de hablar de crisis del sistema, de acumular acusaciones de corrupción a la clase política, y cuatro días después de sufrir un descarrilamiento de tren de mal explicar, nos sirven la maniobra de distracción habitual: la pérfida Albión que somete un trozo de España a la tiranía colonial. Gibraltar no se puede descolonizar porque no ha sido nunca una colonia -aunque el comité de descolonización de las Naciones Unidas la haya puesto en una lista junto a las Bermudas-, y siempre ha formado parte de una metrópoli. Cuando la corona española, en la Paz de Utrecht en 1713, cedió Gibraltar, era un imperio que perdía peso en el continente europeo, pero todavía era un imperio y no fue reducido a la esclavitud. También perdió entonces, entre otros territorios, Sicilia, y no parece que ahora quieran hablar de ello, y menos aún querrán hablar del desgraciado caso de los catalanes. En todo caso, en 1967 los gibraltareños decidieron en referéndum seguir bajo soberanía británica por 12.138 votos a 44, y rechazaron una soberanía compartida con España en 2002 por 17.900 votos a 187 -remarquemos, de paso, que la opinión manifestada libremente por un pueblo tiene efectos nulos en la consideración española, por si alguien se hacía ilusiones en este sentido-. Ante esto, los incidentes fronterizos orquestados por el gobierno son chiquilladas que no llevan a ninguna parte, desacreditan la marca España y aumentan la animadversión de sus vecinos. Ahora, que mientras tanto no hablamos del precio de la luz ni de las comisiones repartidas en sobres, también es verdad. Así pues, la broma durará hasta que algún indicio de buena noticia económica pueda ocupar portadas.








