Esto no tiene solución

El episodio de la prohibición de la estelada en la final de la Copa del Rey tiene dos interpretaciones: la anecdótica y la estructural. La anecdótica está ya agotada. El ridículo de la falangista delegada del Gobierno en Madrid ha sido épico, imperial.

Vayamos a la interpretación estructural. Que la delegada del Gobierno en Madrid sea una franquista, hija de un falangista patrón de la Fundación Francisco Franco evidencia una vez más que todo el personal político de la dictadura sigue activo, a través del PP. Este no es un partido de centro derecha, sino de extrema derecha, así como una presunta asociación de delincuentes, hoy conminada por la justicia a pagar una fianza bajo pena de embargo. Los franquistas siguen en todos los puestos de la administración pública, el gobierno, los tribunales, en la policía, en las embajadas, el Tribunal Constitucional, el Consejo de Estado, en la Iglesia católica. Sólo hay que escuchar a obispos como Cañizares.

El Estado español se ha democratizado formalmente, pero estructuralmente sigue siendo franquista, sus administradores son franquistas y sus publicistas e intelectuales en los medios de comunicación, franquistas de diferentes obediencias: monárquicos, falangistas, opusdeistas, militaristas y simples ladrones. Ha habido unos lapsos en que se han tolerado administraciones socialdemócratas, siempre que éstas no pasaran de cambios cosméticos y superestructurales y no se atrevieran a tocar las raíces del poder de la oligarquía franquista.

En consecuencia, en España todo está politizado al servicio y por imperativo del franquismo. Cuando los publicistas franquistas dicen que “no se politice la Copa del Rey” ocultan que esta copa se llamaba antes “del Generalísimo”, y que este generalísimo puso en el trono despótica y arbitrariamente el padre del actual rey. En consecuencia, este debe su lugar a un dictador. Por lo tanto, todo lo que este rey toca o lo que le afecte está politizado y con la peor de las politizaciones: la de una dictadura que aún no ha respondido ni pedido perdón por sus crímenes, empezando por el asesinato de Lluís Companys.

Nadie ha dimitido por el ridículo vergonzoso de la falangista Dancausa. los franquistas no dimiten porque en su mentalidad los políticos no están al servicio del pueblo, ni tienen por qué rendirle cuentas, ni son responsables ante una opinión pública. Son como los camaleones: cambian de color según la apariencia del régimen de turno; adaptan a las formas de la democracia, pero las corrompen y destruyen desde su interior. Se presentan a las elecciones, pero las compran mediante la corrupción. Hablan de la opinión pública, pero la censuran y sólo toleran sus gabinetes de agitación y propaganda, con esbirros a sueldo. Ocupan los cargos de la administración pública, pero sólo para expoliar el erario. Nunca dimiten porque, como el caudillo antaño y el actual de la Moncloa, sólo son responsables ante Dios y la historia.

Se dirá que este cuadro ignora que en España hay elecciones democráticas periódicas y que la mayoría puede cambiar esta situación que, así, dejaría de ser estructural. Esto ignora que el personal franquista, el franquismo sociológico, los herederos biológicos e ideológicos del franquismo así como sus beneficiados, siguen siendo mayoría en los sondeos; mayoría relativa, pero mayoría.

Aunque la mayoría cambiara de bando alguna vez, está claro que un país no puede vivir en la incertidumbre de si unas nuevas elecciones no volverán a traer una mayoría de franquistas, contraria a los principios democráticos más elementales, compuesta por censores, autoritarios, provocadores y represores. Una democracia en la que no todas las alternativas posibles (y probables) sean escrupulosamente democráticas, aunque de signos ideológicos diferentes, será una democracia enferma, como le pasó a la República de Weimar.

Y hay más, en el caso de los catalanes, una minoría a su vez estructural en España, la probabilidad de que, sea cual sea la mayoría que gane en España, será más o menos anticatalana. Y no es una probabilidad; es una certeza. Los catalanes no pueden aspirar a blindar una situación real, efectiva y justa de autogobierno dentro del Estado español porque, como los españoles, están sometidos al azar de las cambiantes mayorías entre franquistas y no franquistas pero con consecuencias mucho más desastrosas para ellos.

Esto sólo pueden lograrlo con un Estado propio, algo que ya nadie discute. lo que se discute es cómo y cuándo .

EL MÓN