Estados fallidos

Cuando hablamos de un estado fallido, desde el punto de vista de la ciencia política, nos referimos a un estado que no es capaz de asumir sus responsabilidades básicas intrínsecas de su condición soberana. De hecho, hay un índice para evaluar los estados que podrían convertirse en estados fallidos propuesto por el equipo de reflexión (think tank) norteamericano The Fund for Peace, que considera que la solidez de un estado es imprescindible para una convivencia en paz. Se trata de un grupo de cuatro indicadores sociales, seis indicadores políticos y dos indicadores económicos.

Entre los indicadores sociales se encuentran las presiones demográficas, que incluyen, por ejemplo, la alta densidad de población y los problemas que genera de alimentación, medioambientales, de luchas por el territorio, movilidad o control de lugares sagrados. Otro indicador social es el movimiento masivo de población a causa de guerras, hambre, luchas tribales y cuestiones similares, pero también problemas derivados de la recepción de altos porcentajes de inmigración en territorios que no tienen el poder de establecer políticas de control. Además, encontramos temas relacionados con injusticias históricas no solucionadas y pérdida de talento intelectual, profesional o político que emigra, falto de futuro.

Los dos indicadores económicos hablan de pérdida de nivel económico, ocupacional o educativo global en grandes grupos de población, y también de crisis económica severa de una sociedad como tal.

Y los indicadores políticos miden el grado de crimen y corrupción, transparencia y rendición de cuentas; salud democrática (porcentajes de abstención, representatividad, etc.) Deterioro de los servicios públicos; violación de los derechos humanos (incluyendo los culturales); seguridad interna, seguridad externa, y aumento de élites sectarias.

El estado considerado más fracasado del año 2011 es Somalia, que se disputa este lugar con Sudán durante los últimos años; el más sólido, Finlandia.

El índice establece cuatro categorías de estados, de peor a mejor. El Estado español se sitúa en la tercera categoría, con tendencia a ir a peor; Portugal está mejor; Grecia e Italia, aunque se sitúan en la misma categoría que España, están peor.

Si tuviéramos más espacio para el análisis y pudiéramos añadir otros indicadores, tal vez más relacionados con la conciencia colectiva, veríamos que los estados fallidos también son los que no han creído en ellos mismos. Por otra parte, el índice analiza sólo los estados que las Naciones Unidas reconocen como tales y deja al margen Palestina, Taiwán, Chipre del Norte, Kosovo y el Sahara. Quizás sería interesante analizar también las causas que han impedido que un determinado territorio se convierta en Estado. Encontraríamos varias, seguro, porque, por ejemplo, entre los territorios que el índice deja de lado, Taiwán no es un estado reconocido, pero funciona.

Sería interesante, pues, tener un índice que nos permitiera evaluar por qué determinados territorios no han sido nunca capaces de construir un Estado a pesar de que han creído que por tener el sueño de independencia nunca la han podido hacer realidad. Acabo de leer una pintada en una pared que dice: “El sueño es el destino”. Seguramente tiene razón, pero me parece que la experiencia nos demuestra -a todos los niveles y en cualquier situación- que si el sueño, realmente imprescindible para a empezar, no se sabe planificar, no se sabe transformar en proyecto, en hoja de ruta, termina en frustración.

La pregunta de hoy, 12 de septiembre, es inevitable: ¿dónde estaríamos nosotros si más allá del sueño hubiéramos podido controlar nuestro destino?

 

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