En relación con el artículo ¿Estado Vasco versus República vasca? De Sabino Cuadra Lasarte publicado en el Diario de Noticias del pasado día 12 de Abril, se me ocurre preguntarle por qué presupone que el modelo de Estado Vasco que reivindicamos (al menos en mi grupo de reflexión), no va a “enlazar directamente con lo mejor de nuestras tradiciones democráticas (Juntas, Infanzones, el batzarre y el auzolan…)” y sí “con monarquías y jauntxos”. No me veo en las campas de San Pedro’ko Zelai, en la Burunda, ensalzando al hipotético rey de los vascos ni aunque se sacase la plaza a concurso público y no fuese vitalicia ni tuviese carácter hereditario. Su apreciación me hace pensar que el conocimiento que tiene de grupos que no coinciden con el suyo no se ajusta a la realidad.
A lo largo de su exposición deja muy claro que la consecución de una República vasca no garantiza el cumplimiento de las exigencias democráticas, al igual que los imperios cuya “seña de identidad se asienta en la afirmación estatal”, con lo que estamos de acuerdo, así como con que para alcanzar la libertad de nuestro pueblo, o sea, la independencia, es imprescindible la conformación de un Estado soberano en el actual contexto internacional, como señala en el segundo párrafo.
En el penúltimo párrafo dice que “la defensa del Estado Vasco no conlleva, per se, contenidos más “independentistas” que los que puede tener la República Vasca”. Pues claro que no; pero menos tampoco. Y continúa: “Mucho más aún frente al Estado español en cuya conformación la Monarquía ha sido y es una de las principales señas de identidad de la España indivisible e indisoluble…”, apreciación que compartimos y que si la enlazamos con la expuesta en el párrafo 5º, entendemos que bien razonada, ¿cómo explica la presencia de la Izquierda Abertzale, a la que representa, en el Parlamento y en el Senado, Sancta Sanctorum del aparato que neutraliza y fagocita el cambio que pretende (y que pretendemos), al que ha llegado tras unas elecciones en las que el Estado enemigo les consintió participar previo cumplimiento del debido formulario sin el cual se pone en cuestión su “limpieza democrática”? ¿Es que acaso están ellos legitimados para tal exigencia? ¿Por qué participar en unas elecciones en un Estado extranjero, enemigo, imperialista y absolutamente antidemocrático y pasar a formar parte de su aparato sin ninguna posibilidad de éxito en sus planteamientos cuando es una “constante histórica la incapacidad de las clases dominantes españolas de asumir pacíficamente las reivindicaciones democráticas de los pueblos” (Joan E. Garcés. Soberanos e intervenidos)? ¿Se debe movilizar el país para esos objetivos y dilapidar tantos recursos? ¿No es nuestra aspiración salir del Estado opresor? ¿No nos falta reflexionar entre todas las sensibilidades independentistas el tipo de nación y el modelo de sociedad que perseguimos? Bien, seguiremos en nuestra lucha por el Estado Vasco. Plural, por supuesto.







