EL largo camino recorrido desde el hilemorfismo aristotélico (forma y materia) a la performatividad lingüística de John L. Austin (teniendo su proyección en la misma materia a través de los estudios de Karen Barad sobre ciencia y tecnología) se encuentra escalonado por una voluntad de poder ser, de hacer realidad lo imaginado en primera instancia a partir del lenguaje. La performatividad tiene su origen en la filosofía analítica de Austin hablándonos de las expresiones traducidas al castellano como ejecutivas (Ferrater Mora) o, según otros, realizativas. Estos enunciados performativos cuentan con la característica principal de constituirse mediante el habla en acción transformadora de la realidad del entorno más inmediato. Junto a estos, Austin contemplaba la presencia de otros enunciados calificados como constativos, cuyo papel esencial radica en hacer constar algo. Extrapolando los términos de la filosofía hacia la historia y la política, diríase que las primeras, ejecutivas o performativas, son más propias de la última, mientras que las segundas, constativas, tal vez puedan serlo de la primera, siendo esto así en la visión diacrónica del relato que el poder de lo establecido pretende fosilizar. Así, la historia hierática habrá de ser constativa y la política impuesta necesariamente ejecutiva o realizativa. Por ello es muy propio del enunciado performativo, así como de la política, verbos como el de prometer.
La Historia está llena de promesas: unas cumplidas y otras no. La del patriotismo, como tiene a bien traer a colación Saskia Sassen, es anterior al moderno concepto de nación pero coetáneo, para autores como Wallerstein, del propio surgimiento de la figura del Estado en el siglo XIII. Y en la nuestra tuvo dos ejemplos magníficos en el desiderativo lema de los infanzones de Obanos y en la irónica expresión del malogrado príncipe de Viana. La primera de ellas ejecutiva o performativa de las voluntades comunal e individual: Pro libertate patria gens libera state; y la segunda constativa de lo que una y otra vez nos estaba aconteciendo: Utrimque roditur. La primera traducida por Mikel Sorauren como “en pro de la libertad de la patria, gente sed libres”. La segunda, como hace constar Jon Oria denotando mordazmente desde la divisa de su propio escudo, el trágico final que habría de cernerse sobre el reino pirenaico. En palabras del jurista Francisco Salinas Quijada al pie de la fotografía que acompaña la placa donde se recoge el lema de los infanzones, en divulgativa obra sobre el derecho civil navarro, esta divisa: “es la expresión histórica del principio de la libertad civil. Es una libertad indivisible y solidaria la libertad privada y la libertad patria; para conseguir y mantener esta se hace preciso vivir y defender aquella.” Este lema de origen medieval bien pudiera considerarse el de una auténtica Constitución para el Estado navarro y, a no dudar, en la actualidad haría las delicias de la filosofía sociológica de un Bauman.
Historia y performatividad a través del relato son dos buenos aliados. Es más, sin la capacidad de influencia en las acciones del presente de los hechos contrastados críticamente del pasado, el futuro sería una realidad clonada repetitiva y uniformadora. Cuestión a la que aspira el consumismo presentista del modelo liberal capitalista. Mas, no obstante, para explicarnos la pervivencia de algunos elementos del imaginario tal vez debamos echar mano de un concepto puente, del salto habido entre ambas interpretaciones culturalistas, cual es el de histéresis. Lo que viene a aportar este concepto por extensión desde la ciencia física y química que analiza las tendencias de la materia a preservar las propiedades en ausencia del estímulo que las generase, al campo sociológico e histórico, es resumido por Enric Tello de la siguiente manera: “La histéresis es un cambio de estado que no puede explicarse solo por las fuerzas actuantes en el momento en que este se registra, porque obedece también a la acumulación previa de factores causales del pasado. Como la gota que desborda el vaso, desde el punto de vista fenomenológico parece una reacción exagerada a una causa menor. La transformación que origina solo puede entenderse recurriendo al pasado, es decir a la historia”. Lo que, llevado al ámbito de la sociología por Pierre Bourdieu, se ha caracterizado como el síndrome de Don Quijote debido al desfase ocasionado entre el imaginario del personaje literario y los condicionantes históricos del momento que le rodean en el propio relato.
En el caso navarro comprobamos a través de los dos anteriormente mencionados sustanciosos lemas, funcionando a modo del relato resumido, cómo las potenciales capacidades, así como las amenazas, estaban predeterminadas desde la época de consolidación del propio estado. Un estado feudal al cual el siglo XVI le impone su desaparición mediante el procedimiento de asimilación dentro de una estructura más moderna, en el sentido renacentista del poder, que es de índole exógena y ambición imperial. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido cuestionar el poder regio bendecido por su santidad. Y quienes así lo hicieron fueron ajusticiados, caso del castellano movimiento comunero que surgiera como “una protesta del sentimiento nacional del pueblo castellano, herido por la conducta extranjerizante de Carlos V en aquellos primeros años de su reinado y del menos conocido de las germanías valencianas, cuyo contenido más social hizo se sublevasen los menestrales contra la nobleza corrompida”. (M. Fernández Álvarez, 2009) En el presente, algo así como la clase trabajadora cualificada contra la clase empresarial y política corrupta.
Todo parece ser cuestión de oportunidad. Y la de Navarra fue perdida nuevamente en el año 1521, matizando que lo que para la historiografía estadocentrista fue el ataque del francés en Noáin (coincidente en año con la derrota de los comuneros en Villalar), para el resto de historiadores constituyó el intento baldío por recuperar el Estado navarro llevado a cabo por un ejército compuesto fundamentalmente de navarros y gascones. La continuada lucha por la recuperación de la independencia navarra es así una lucha en clave performativa y de histéresis desde la época fundacional hasta hoy, estando basada en la transmisión del relato sobre sus continuos fracasos irredentistas en el orden político-militar (la última de ellas en manos de una conocida organización armada) y al margen de la oficialidad institucional; ya que a la justicia de un sentimiento legitimador de tal aspiración se le opone el discurso establecido sobre la base de una interpretación de los hechos desde la visión absolutista de toda empresa imperial.
La historia tiene así su correlato en la serie de discursos alrededor de la misma, pues no en vano, según determinó Barthes, iniciándonos en los principios del que fuera: “[…], la escritura tiene por función constituir reservas de lenguaje; estas reservas están fatalmente ligadas a cierta solidificación de la comunicación lingüística (se ha llegado a hablar de una cosificación del lenguaje): la escritura engendra escrituras o literaturas la sociedad de masas fracciona su realidad en instituciones, prácticas, objetos y hasta en acontecimientos, porque el acontecimiento es ahora siempre escrito”. Y esto se puede aplicar desde aquella remota modernidad que diera al traste con el Estado navarro, antes y después, de un lado y otro de la frontera, hasta la promesa constituyente del futurible estado independiente de la situación actual. La conversión de los hechos del habla en acciones es el motor de todo espíritu performativo.
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