En la lápida mortuoria del gran escritor gallego Álvaro Cunqueiro, muerto en 1981 y enterrado en el pueblo de Mondoñedo, hay una frase suya. Una frase que había soñado que precisamente figurase en su tumba: “Aquí descansa alguien que con su obra consiguió que Galicia durase mil años más”. Ojalá, señor Cunqueiro, alguien, cualquiera, con su obra, permitiera a Galicia vivir mil años más. Ojalá, pues, como lo decía también Cunqueiro, eso significara que también vive la lengua gallega durante estos mismos mil años: “Quiero y deseo que la lengua gallega viva y continúe porque la pervivencia de la lengua es la única posibilidad para nosotros perdurar como pueblo. “Podría ser, en todo caso, que algunos escritores sobrevaloran la importancia de su propia obra, no en la historia de la literatura, sino en cuanto a su capacidad de inspirar lealtad lingüística.
El mejor ejemplo, y también uno de los más dolorosos, de la poca operatividad social de los escritores, es la del provenzal Frederic Mistral. Su premio Nobel, obtenido en 1904, no parece haber retardado ni de dos semanas el declive de la lengua occitana, digerida golosamente por el sistema intelectual, político y jurídico francés. Cunqueiro y Mistral, cada uno en su tierra y al borde de su mar, intentaron aguantar en el peso de un brazo una lengua y una literatura. El gallego está enfermo, el occitano está moribundo.
No pretendo que el prestigio de los escritores sea inútil. Puede ser enormemente útil a condición, sin embargo, de escribir en un país y entre una población en la que la lengua propia perviva aún con suficiente vitalidad. Pasado por debajo de un cierto umbral de transmisión generacional, ya sólo sirve para hacer más digna la agonía. Este prestigio es útil cuando, aparte de alimentar el narcisismo nacional, una obra literaria a través por ejemplo de un premio Nobel provoca un electrochoque emocional que aumenta el fervor hacia la lengua usada por el escritor galardonado. Los islandeses están legítimamente orgullosos de Halldór Laxness, los checos de Jaroslav Seifert, y los húngaros, de Imre Kertész. En estos países que son, a la escala europea, de población pequeña o mediana, un premio Nobel es un regalo hecho a la lengua. De hecho, de todas las lenguas con más de cinco millones de hablantes de la Unión Europea, sólo cuatro no han tenido todavía un premio Nobel de literatura: el búlgaro, el neerlandés, el rumano y, claro, el catalán. Y es evidente que para la lengua catalana, que no se encuentra todavía en el estado agónico del occitano ni sufre la precariedad del gallego, un premio Nobel sería un instrumento utilísimo -uno entre muchos otros- de inyección de autoestima colectiva aplicada a la literatura y a la lengua. Más que los búlgaros, los neerlandeses y los rumanos, los catalanes, desprovistos por ahora de las herramientas de un Estado independiente, necesitarían poder llevar este premio en la solapa.
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