España, estado tóxico

Los especialistas en Teoría y Diseño Organizacional han desarrollado estos últimos años, con éxito, el concepto de “Organizaciones tóxicas”, calificándolas así, sencillamente, porque en ellas resulta nocivo trabajar para la salud de la gran mayoría de sus miembros.

 

Estas organizaciones se caracterizan por tener un liderazgo tóxico. Iñaki Piñuel en Neomanagement y Jean Lipman-Blumen en “La fascinación por los líderes tóxicos: ¿por qué seguimos a los jefes destructivos y a los políticos corruptos y qué podemos hacer para sobrevivirlo”, son dos aportaciones contemporáneas notables. Para este segundo, los directivos tóxicos tienen los siguientes atributos: degradan, promocionan incompetentes, replican la toxicidad (y construyen dinastías de cuadros de directivos tóxicos y adherentes), inmovilizan carreras profesionales; alimentan -vanamente- la ilusión de sus subordinados; erosionan la calidad de vida y las posibilidades de promoción de los otros (intimidando y subestimando su trabajo), violan los derechos humanos básicos de los trabajadores; subvierten las normas para reforzarse; inventan cabezas de turco, los atormentan primero y los guillotinas después; expresan siempre y a todas horas favoritismos; blindan su posición para evitar ser cazados.

 

Hasta ahora, esta idea de la “toxicidad” se ha aplicado a empresas, directivos, líderes políticos, bancos. Pero ¿por qué no aplicarla a los Estados?

 

En un Estado tóxico prevalece el miedo, juega con los temores y necesidades de las personas, subvierte las instituciones y los sistemas legales, debilita la autonomía y la capacidad de acción de sus ciudadanos y territorios, polariza la población, conduciendo a enfrentamientos hostiles para engrosar su propio poder, al que se aferra, perpetuando en él, solidificándose. Rapaces que inexorablemente perturban el bienestar ajeno y vampirizan el territorio. El Estado tóxico produce a su alrededor un daño permanente en todo lo que toca y expande una atmósfera psicopatológica insoportable en todas las áreas de influencias. ¿No les viene a la cabeza un ejemplo concreto de Estado tóxico?

 

Y hablando de liderazgos tóxicos, España ofrece una gama vasta y espléndida en ejemplares extraordinarios. Véanse sin ir más lejos los diferentes presidentes de Extremadura, desde Rodríguez Ibarra al señor Monago. Un Estado tóxico genera, precisamente, este tipo de individuos, uno del PSOE y otro del PP. Y es que nada es más igual a un presidente de Extremadura del PSOE que un presidente de Extremadura del PP. Dos productos perfectos de la toxicidad en estado puro, pulidos de cualquier impureza, imposibles de generar en ningún otro lugar del planeta que no sea España.

 

A menudo los catalanes, por intentar entender el psicodrama que vivimos, nos refugiamos en la idea de que tenemos un Estado en contra y, mira, la vida nos ha hecho así. Sería demasiado sencillo, lo que tenemos es un Estado tóxico. En los USA, a los jefes laborales tóxicos les llaman “Bosszilla”. En política, a un Estado tóxico le llamamos España. No en vano el verbo “españar”, en Menorca y Eivissa quiere decir “echar a perder, poner en un estado más malo”, sinónimos de toxicidad.

 

Algo tenemos que hacer, porque no es sólo un tema de supervivencia económica, lingüística y cultural. Nos va la salud en juego.

 

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