España es un régimen con disfraz de país: el AVE como síntoma

Con el AVE, España ha construido una superestructura de propaganda sobre una infraestructura pobre, como siempre lo hace, y esta contradicción acaba siendo muy cara

Un tren AVE en una fotografía de archivo.

España arrastra de hace siglos un miedo íntimo y cerval: el miedo a no ser un país normal. No es una simple inseguridad identitaria –que la tiene, y muy acentuada–, sino la conciencia persistente de que la estructura política que llamamos España solo se mantiene cohesionada por la imposición. La conciencia de que, si el poder afloja, el conjunto se deshilacha. Una angustia –más profunda que cualquier debate constitucional– que explica muchas de las decisiones estratégicas del Estado contemporáneo en el que todavía nos toca vivir a la mayoría de los catalanes.

La transición, al no ser un cambio real, no corrigió ese déficit; lo institucionalizó. Lejos de romper la alianza histórica entre grandes negocios públicos, corrupción sistémica, centralismo madrileño y nacionalismo español, la transición se limitó a reformular la imagen de España con un lenguaje y objetivos que antes –en la dictadura– no habrían podido formularse abiertamente. El resultado fue un régimen modernizado en las formas –que pretendía ser lo que no era– pero intacto en el fondo.

Y el despliegue de la red de alta velocidad ferroviaria –hoy, de nuevo, de triste actualidad– es un ejemplo paradigmático. Porque pocas políticas públicas condensan con tanta claridad las patologías estructurales de España.

La alta velocidad nunca se concibió como un servicio público orientado a satisfacer necesidades reales, a reforzar la cohesión territorial o a potenciar la actividad económica existente. Se diseñó como un gran mecanismo de transferencia de recursos hacia las grandes constructoras –pieza clave del régimen, tanto por la capacidad de absorber dinero público como por el papel de las puertas giratorias que han conectado históricamente obra pública y poder político.

El resultado es tan previsible como grotesco. Hay tramos de alta velocidad en funcionamiento sin ninguna utilidad objetiva, mientras los grandes ejes productivos y exportadores –el corredor mediterráneo, el valle del Ebro, la fachada cantábrica…– siguen sin tener una conexión ferroviaria eficiente. Porque el criterio nunca fue la rentabilidad social ni la racionalidad económica, sino la capacidad de facturar kilómetros de vía, de levantar estaciones monumentales y de alimentar la nueva fantasía del régimen: concentrar en Madrid –redibujada como la ciudad moderna y ‘cool’ por excelencia– la mayor parte posible de la actividad económica, cultural y simbólica.

El AVE es, ante todo, una herramienta de centralización. Cada línea radial que sale de Madrid actúa como un cordón umbilical que refuerza su dependencia: Valencia y Barcelona están conectadas con “la capital”, pero no entre ellas. El mensaje es inequívoco: para existir plenamente, es necesario pasar por Madrid.

Sin embargo, con el tiempo, el régimen descubrió que esta red también podía servir de escaparate. Y lo que era un disparate del punto de vista de la planificación territorial se convirtió –gracias al nutridísimo mecanismo de propaganda que utilizan– en un símbolo de modernidad, en el símbolo de lo que España nunca había sido. Y se construyó el relato: segundo país del mundo en kilómetros de alta velocidad, tan sólo por detrás de China, unos trenes de alta velocidad de una eficiencia única, el mercado más liberalizado de Europa, los líderes exportadores creando vías y trenes para medio mundo, y bla, bla, bla. Eslóganes acríticos repetidos hasta el aburrimiento en discursos oficiales, reportajes y campañas institucionales.

Esto era el viejo complejo de inferioridad español, transformado ahora en nacionalismo compensatorio. ¿No podemos ser un país funcional? ¡Pues seremos espectaculares! ¿No tenemos una economía diversificada y sólida? ¡Pues tendremos más alta velocidad que nadie! La misma lógica que produjo aeropuertos sin aviones o infraestructuras culturales vacías de cultura. No importa la utilidad, sino la apariencia. No el servicio, sino la foto.

Los clásicos explicaron que la grandilocuencia suele ser proporcional a la fragilidad de las bases materiales. Y es exactamente eso que –entre otras cuestiones, y lamentablemente por un accidente terrible– empieza a ponerse al descubierto con el AVE. Se ha construido una superestructura propagandística sobre una infraestructura deficiente, y esta contradicción acaba resultando cara.

Ayer mismo, a raíz del accidente de Córdoba, ADIF ordenó reducir la velocidad en una cuarta parte del recorrido Barcelona-Madrid –la joya de la corona y la única línea rentable– que pasará de 300 km/h en 160, por el estado deficiente de las vías. Y eso que hace pocos días el ministro Óscar Puente había anunciado que quería aumentar su velocidad hasta 350 km/h para competir aún más con China. El resultado es que en una cuarta parte del trayecto, el tren circulará a una velocidad –160 km/h– que en ninguna parte del mundo se considera alta velocidad.

Y esto no es un incidente técnico esporádico, sino la demostración de que el modelo falla. Cuando la propaganda pesa más que el mantenimiento, cuando se invierte compulsivamente en nuevas líneas para alimentar las constructoras mientras se abandonan las existentes, cuando el criterio es el impacto simbólico y no la calidad del servicio, el sistema se degrada inevitablemente.

Alguien –he intentado recordar quién era, pero no me viene a la cabeza, les pido disculpas– definió una vez el Estado español como “una estructura de poder construida sobre la negación de la realidad”. El AVE es la metáfora exacta: una red que menosprecia la realidad territorial, que impone un modelo desde arriba y que, cuando se empieza a tambalear por falta de mantenimiento, deja al descubierto el vacío del relato oficialista.

Así pues, la pregunta de fondo es simple, pero incómoda: ¿España es un país o no es nada más que un régimen? Un país se articula a partir de las necesidades reales de la población, su voluntad y el ejercicio de la cohesión. Un régimen, en cambio, se construye al servicio del poder, con la imposición y ayuda de la propaganda.

La respuesta a la pregunta, el caso del AVE lo ilustra con una claridad brutal. Kilómetros y kilómetros de alta velocidad mientras miles de personas carecen de un servicio de cercanías digno. Estaciones de prestigio vacías mientras el material ferroviario se degrada. Relatos de excelencia universal hacia fuera mientras en la práctica deben reducir la velocidad por miedo a que los trenes descarrilen.

España, mira por dónde, es una impostura sostenida por la retórica, la propaganda –y la violencia, evidentemente. Y el AVE, con ese contraste brutal entre el triunfalismo y la realidad, una de sus expresiones más elocuentes, sobre raíles.

Vilaweb