Escocia

Fue en 1603 cuando Escocia e Inglaterra se unieron bajo una misma corona pero no fue hasta 1707 cuando los parlamentos de Londres y Edimburgo se fusionaron en uno solo. Los escoceses han sido servidores del imperio como militares, administradores, gobernadores y diplomáticos, incluso más que los mismos ingleses, que se han dedicado mayoritariamente a los negocios y a la política. Inglaterra ha sido siempre el centro del poder y la riqueza del Reino Unido. Al inicio de siglo XX el que unía los trabajadores de Glasgow, uno de los centros industriales más importantes de Gran Bretaña, eran las luchas sociales, más que el nacionalismo. La Iglesia de Escocia, formalmente separada de la Iglesia anglicana, no es un centro especial de poder e influencia social y sufre de un paralelo y decreciente seguimiento para la ciudadanía.

 

En 1974 el partido nacionalista escocés, el Scotish National Party (SNP) se hizo presente con una cierta fuerza, aunque minoritaria, en las elecciones generales al Parlamento de Westminster, y habiendo sido Escocia un área de votantes mayoritariamente laboristas, tanto éstos como los conservadores tácticamente apoyaron un fortalecimiento de la administración local, ” ombe rule”, para atraer votantes y demostrar apoyo al incipiente sentimiento nacional. Aunque en el referéndum la votación fue mayoritariamente a favor del retorno del poder local a Escocia, “devolution”, no se alcanzó el necesario 40% de participación para hacerlo válido.

 

En los noventa la situación era diferente: el laborismo de la tercera vía de Blair, con clara intención de evolucionar hacia el centro, intentó atraer un electorado escocés mayoritariamente socialdemócrata y celebró un nuevo referéndum sobre la “devolución de los derechos escoceses” que tuvo el apoyo de las tres cuartas partes del electorado y restableció el Parlamento escocés en Holyrood. Las primeras elecciones dieron un gran resultado para los laboristas y socialdemócratas en reconocimiento por la restauración del Parlamento y gobierno autónomos. En las elecciones del 2011, la visibilidad del SNP, con presencia en el Parlamento autónomo, y los problemas de los laboristas en un final de ciclo otorgó al SNP la mayoría en el Parlamento y en el gobierno autonómico con un mensaje político más basado en el estado del bienestar que en reivindicaciones nacionales. La contribución a este fortalecimiento nacionalista no es ajena al presidente Salmond, una de las figuras más atractivas de la escena política británica. Ha dicho: “La independencia no es sólo un fin en sí misma, sino una manera de hacer crecer la economía escocesa con más vigor y sostenibilidad, un medio por el cual Escocia puede ocupar el lugar que le corresponde en la comunidad internacional, y la mejor manera como los escoceses pueden satisfacer sus legítimas aspiraciones y desarrollar su potencial”.

 

Es difícil buscar diferencias étnicas, culturales y religiosas, no las hay de lengua, entre Escocia y Gran Bretaña, y es por eso que el mensaje político del SNP se deriva de la mejor gestión pública si los escoceses se administran a sí mismos. En ningún momento el SNP ha planteado abandonar la corona, la libra, la OTAN o la UE, y es por eso que la firmeza y voluntad con que se plantea el referéndum se hace compatible con la afirmación de que nada trascendente pasará si Escocia decide separarse del Reino Unido, cuestiones que conceptualmente contienen una cierta dosis de incongruencia. Sea el resultado del referéndum a favor o no de la independencia, es evidente que la situación de Escocia será después de este hecho otra distinta y que la implantación política del SNP saldrá reforzada.

 

Las reservas de gas y petróleo en el mar del Norte son una fuente de ingresos importantes. En el caso de una separación de Escocia de Gran Bretaña, aquella se convertiría en uno de los países con mayor renta por habitante de la UE, incluso si el acuerdo de segregación le otorgara sólo parte de estos ingresos a causa de las inversiones realizadas por el Estado hasta la secesión. Es, por tanto, coherente la afirmación del SNP que mantiene que la separación no plantea problemas de viabilidad económica del nuevo Estado.

 

Se ha planteado hacer un referéndum sobre la separación de Escocia sobre el que el gobierno de Londres y Edimburgo negocian el texto de la pregunta. Falta todavía tiempo y estas situaciones son por naturaleza cambiantes, pero ahora la mayoría de los escoceses, cerca del 70%, opta por una máxima devolución de derechos más que por una separación. No es previsible que el gobierno Cameron enrede con la bandera y lleve la separación a un dilema de deslealtad o traición al Estado. Es cierto, sin embargo, que esta separación, si se produce, llevará durante años gobiernos conservadores a Gran Bretaña, porque Escocia ha votado siempre mayoritariamente a la izquierda. En este sentido, y sólo en éste, el paralelismo con España y Cataluña es grande porque es bastante improbable que con una Cataluña independiente el Partido Socialista pueda ganar elecciones generales en España en el corto y medio plazo.

 

Es Escocia una comunidad en la que el sentimiento nacionalista ha nacido, crecido y desarrollado más por razones de pragmatismo, administración, proximidad del gobierno y bienestar de los ciudadanos que por razones históricas, étnicas, culturales o de trato discriminatorio del Estado.

 

Cuando en el año 1906 en Ramón y Cajal ganó el premio Nobel de Medicina y regresó de Estocolmo, los diarios españoles le preguntaron su visión sobre un país tan lejano y desconocido de España como era entonces Suecia. El país había pasado, un año antes, por la separación de Noruega, que se había convertido en un Estado independiente y estaba evolucionando hacia una organización política que más tarde se convertiría en el primer Estado europeo del bienestar, con amplios y profundos servicios públicos gratuitos. La respuesta fue de admiración y consideración por un país donde todo el mundo era rubio, alto, delgado, considerado y respetuoso, pero Cajal los calificó de extraños porque a su pregunta de por qué no se habían opuesto a la secesión de Noruega, la respuesta fue simplemente porque los noruegos lo querían así… Es evidente que las tradiciones culturales, los hechos históricos y la tolerancia de la sociedad es profundamente diversa en la Europa del norte, anglosajona y la mediterránea. Es este hecho importante para el comportamiento de los pueblos y sus prácticas políticas, cuestión que se convierte especialmente crítica en épocas de cambio.

 

 

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