Dogmas, supersticiones e iconos prodigiosos nos acongojaron (y acojonaron), apesadumbraron, alelaron, hasta hace unos pocos lustros…
Parecía que nos habíamos sacudido novísimos, anatemas y sacros hisopazos de la omnipotente clerecía. Pues ¡átese los machos la plebe! Que nos vienen los “demócratas de toda la vida” atizando y amedrentando con nuevos tabús.
Se ve que por la sangre de ciertos homínidos, vaga sonámbulo algún gen, que cuando se espabila se transfigura en perverso déspota. Porque espotismo sin duda es imponer a los ciudadanos, leyes pétreas e intangibles.
Y que a menudo, andar por la ilegalidad, es más justo, humano y liberador que someterse a muchas “legalidades”.
Y tantas disposiciones inamovibles… Como si ley y democracia fueran inherentes, como si las constituciones fueran palabra de Dios. Máxime las que salen tan desmadradas –o sin madre reconocida…- como la española.
Tiranía o en su caso arbitrariedad, sería en pleno siglo XIX, obligar a los ciudadanos a someterse a ídolos políticos, como por ejemplo la “sagrada unidad de la patria”. Un maldito arquetipo diseñado a cañonazos.
¡Ay esa maldita e históricamente pertinaz coletilla de “sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía”…
¿Y ese otro trágala, para muchos ciudadanos insoportable de una monarquía? ¿Con que méritos o merecimientos, fuera del “glamour” o la insolencia de sus “reales” gónadas azulonas…? ¡Envenenada herencia la del dictador!
La cacareada unidad de las Españas, a parte de su naturaleza fetichista, arrastra consigo, sangre y mucho sufrimiento.
Todavía nuestros abuelos rumiaban la dramática debacle de Cuba. Un pueblo al que España sometía a la esclavitud.
“España gobierna a Cuba con brazo de hierro ensangrentado…” , escribía el líder independentista cubano Carlos Manuel de Céspedes.
¿Qué hizo España cuando la colonia reclamaba su soberanía? Insultar, denigrar, desprestigiar, asesinar a sus líderes y al movimiento independentista.
Y es que la clase política carpetovetónica, nunca negocia. Nunca aprendió probablemente por falta de hábito. Quizás porque la vieja obsesión del nacionalcatolicismo, la mantiene cautiva de su secular ceguera.
Y la historia se repite en los momentos presentes con el contencioso catalán. Y se repiten hasta la náusea los arcaicos y funestos dogmas y tabús…
El artículo 15 de los derechos humanos reza, entre otros de espíritu similar: “A nadie se le privará arbitrariamente de su nacionalidad, ni del derecho a cambiar de nacionalidad.
Y este si que es de obligado cumplimiento. Sobre todo para un estado –España- que se ha comprometido con su firma a respetarlo.
Un derecho por cierto, que tan sólo se puede impugnar o denegar con jueces cohechados o con la violencia de las armas.
¿Por qué no se pone honestamente encima de las tablas de una vez por todas quien y cómo se construye una soberanía nacional? Incluso qué es la tal soberanía. ..
Entiendo que tales dogmas y tabús, nunca jamás habrán de obstaculizar los derechos y la voluntad de la ciudadanía.
Y por supuesto, ¿quién impedirá a una comunidad de ciudadanos, vinculados por una historia y cultura propios, a reconocerse como pueblo soberano? De momento España…








