Cualquier historiador que se ponga a hacer, por primera vez, una biografía, experimenta cierta sensación de vértigo. A diferencia de otras historiografías, echamos de menos una tradición en este ámbito que nos hace sentir inseguros. ¿Cómo podemos abordar un personaje? ¿Qué tenemos que elegir y qué desestimar a la hora de narrar una trayectoria? En Cataluña, debido a siglos de subyugación nacional, sufrimos un patológico déficit de autoestima que nos impide mantener una relación normal con los personajes que marcan etapas históricas. Estamos todavía marcados por un sentimiento religioso que nos empuja a juzgar los individuos como santos o demonios, o a establecer imágenes estáticas, en función del presente, de aquellos individuos que marcan una época. No parecemos acostumbrados a indagar sobre los matices, los caminos erráticos, las contradicciones de los biografiados. Nos cuesta administrar la complejidad. Desde una perspectiva psicoanalítica, nos resistimos a escribir y leer biografías, porque no soportamos, como país, la idea de ponernos frente al espejo, porque, en el fondo, todo retrato histórico individual es también colectivo.
Lo interesante de toda biografía no es tanto registrar méritos y deméritos de un personaje, sino cómo este tiene la capacidad de encarnar los cambios trascendentes en el tiempo y el espacio que lo rodea, como administra los problemas y retos a los que enfrenta, como vive desde primera línea la evolución que, por convicción o circunstancias, protagoniza una sociedad en un período histórico. Por supuesto, el interés de una biografía también radica en cómo la capacidad inspiradora de un individuo puede empujar a los demás a salir de los diversos armarios donde estaban confinados, o cómo interpela sus coetáneos sobre la complejidad y las contradicciones que se viven en un lugar y un instante determinados.
Quizás todo esto es lo que explica las dificultades de relación de buena parte de la sociedad catalana con un Mas que, sin duda, es carne de biografías. Su trayectoria personal refleja a la perfección lo que nos ha pasado como país en las últimas décadas. El actual presidente podría haber tenido una vida política relativamente tranquila. Los defectos iniciales atribuidos y parodiados desde los inicios no dejaban de ser pecados compartidos por la mayoría social del país: cierta rigidez, conservadurismo, indiferencia y puntos de arrogancia. El sistema de transición parecía abocarnos a un relevo tranquilo del pujolismo. Sin embargo, el país ha sido sometido a inesperadas tensiones y a retos agrios. El pacto de “conllevancia” entre España y Cataluña se ha ido rompiendo, las múltiples y transversales contradicciones de la sociedad catalana se han manifestado (el período del tripartito puso de relieve la inconsistencia de unas izquierdas acomplejadas) y Mas se encontró en el ojo del huracán. Los diversos fracasos políticos sufridos a lo largo de la década anterior le humanizaron hasta el punto en que empezaba a parecer un personaje de Joseph Conrad. Y finalmente, cuando España, a lo largo de 2010, decidió independizarse de la democracia para establecer este tipo de estado de excepción posmoderno, Mas no hizo otra cosa que lo que sucedió a las clases medias autóctonas. El soberanismo asaltó los palacios de invierno del inconsciente colectivo. Tal como temían en la Meseta, el independentismo latente de al menos la mitad de los residentes, y de dos terceras partes de los nacidos en el país menores de cincuenta años ha salido del armario.
Pero, como los personajes atormentados de Conrad, ha cometido errores y manifestado debilidades, aunque no en menor medida que el conjunto de sus críticos. Sin embargo ha tenido la virtud de concitar los odios de los poderes fácticos. Ha logrado el mérito de deshacerse del lastre del botiflerismo sociológico adherido parasitariamente al catalanismo. Ha sido capaz de desatar las paradojas y contradicciones de unas izquierdas retóricamente revolucionarias, en el fondo profundamente conservadoras y con una miedosa mentalidad de clase media. Esto explica la incomodidad y desconfianza que inspira a tantos el personaje. Los riesgos actuales son muchos, especialmente para el propio Mas, procedente de clase acomodada que se lo ha jugado todo y que está pagando un precio político y personal excesivo para sus decisiones. Un precio que le deja entre Parnell y De Valera, el fracasado y el exitoso líderes de la independencia irlandesa, marcados, como él, por erráticas trayectorias de miserias y glorias. Sin embargo, este es un momento crítico que nos acerca a aquellos “momentos estelares de la humanidad” que describió Stephan Zweig, que hace que el fracaso o el éxito dependan de decisiones al límite en efímeras ventanas de oportunidad. Porque, efectivamente, haría falta la ayuda de psicoanalistas para interpretar la voluntad de muchos de descabalgarlo del proceso en un momento crucial.
EL PUNT-AVUI








