Ellos ya lo sabían en 1981, nosotros no sé si lo sabemos todavía

El independentismo no crea el conflicto: sólo lo canaliza y lo hace visible a los ojos de todos. Porque el conflicto nacional existe, incluso al margen de que exista el independentismo, tal y como los servicios secretos españoles ya entendían en 1981

La desclasificación de los papeles del 23-F ha acabado siendo, yendo muy bien, un ejercicio controlado de transparencia: documentación suficiente para poder decir que se ha abierto el cajón, pero no necesariamente toda la que había dentro. No sabemos si todo se ha desclasificado. De hecho, todo apunta a que no. Y, naturalmente, el relato sigue orbitando sobre Madrid, como si los tanques que muchos vimos en las calles de Valencia no hubieran formado parte del mismo dispositivo de presión y fueran una anécdota periférica.

Sin embargo, es verdad que cada operación de este tipo deja escapar alguna prenda significativa. Y esta vez el detalle revelador es un informe de los servicios secretos españoles de 1981 (1) que advertía de que una eventual declaración de independencia de Cataluña implicaría la intervención del ejército. El informe anticipaba que el independentismo no se vehicularía principalmente con violencia, sino mediante las instituciones de autogobierno.

El documento es frío, analítico, casi clínico. En marzo de 1981 afirmaba que el “separatismo violento” no tenía una gravedad preocupante. Pero advertía que el conflicto vendría –como así fue, efectivamente– del nacionalismo “no revolucionario”, articulado por las instituciones autonómicas o con su consentimiento, con capacidad de enturbiar la relación entre el Estado y la comunidad autónoma.

Leído con perspectiva, el diagnóstico impresiona por la lucidez. No describía una anécdota, describía una trayectoria.

Esta constatación encaja con más experiencias personales que hace tiempo que me inquietan y me hacen pensar mucho. Y que tienen mucho que ver con la extrañeza que causo en alguna gente cada vez que explico que no estoy preocupado por el proceso de independencia ni me cabe duda de que es viable.

En los años ochenta, analistas militares estadounidenses ya especulaban con una posibilidad de grave conflicto entre Cataluña y España –una guerra que me encontré publicada en un libro interesantísimo (2). Después, un político letón, en un debate público, me dijo –y me dejó mudo porque no supe qué responder– que el error de los catalanes había sido no proclamar la independencia el mismo día de la muerte de Franco, cuando el contexto internacional lo hubiera hecho comprensible. Ahora, con este informe de 1981, la imagen se completa: incluso cuando el independentismo político era absolutamente marginal, los aparatos del Estado ya preveían el desenlace que se ha cumplido como una posibilidad verosímil.

La pregunta, por tanto, no es si el conflicto existe. La pregunta es por qué algunos lo veían con tanta claridad hace cuarenta años y nosotros todavía hoy no sabemos sino discutirlo en términos coyunturales, de rifirrafe del día a día y de todos contra todos.

Cuando actores tan diversos como analistas militares, dirigentes políticos extranjeros y servicios de inteligencia llegan a similares conclusiones sobre una misma realidad, esto indica que el tema en cuestión no es ningún accidente histórico. No es ninguna reacción emocional transitoria ni el producto de ningún liderazgo carismático ni de ninguna situación electoral inesperada. Al contrario: es una tensión estructural.

¿Y qué significa exactamente estructural? Pues significa que el conflicto no depende de quien gobierna ni del estado de ánimo colectivo de un año concreto, ni del resultado de éste o aquel sondeo o elección. Significa, en cambio, que ha arraigado en la naturaleza de la relación entre un Estado que se concibe de soberanía única y una comunidad nacional que se percibe a sí misma como sujeto político diferenciado. Y esta contradicción no desaparece con concesiones administrativas ni con cambios de tono, ni con el paso de los años, ni con nuevos dirigentes. Puede permanecer momentáneamente latente, se puede modular, pero no se desvanece mientras no encuentre solución.

Por eso el conflicto entre los Països Catalans y España no empieza en 2012 ni 2017. Tampoco en 1975. Ni en 1931. Las movilizaciones multitudinarias, los referendos, las victorias electorales, las sentencias, las prisiones, los exilios y las suspensiones de autonomía no son el origen del problema: son tan sólo momentos de intensificación de una tensión permanente. El independentismo no crea el conflicto: simplemente lo canaliza y lo hace visible a los ojos de todos. Porque el conflicto nacional existe, incluso al margen de que exista el independentismo.

Y la consecuencia es incómoda pero clara: mientras la causa estructural no se resuelva –es decir, mientras no se redefina la titularidad última de la soberanía–, el conflicto reaparecerá siempre. Con mayor o menor intensidad. Con mayor o menor dramatización. Pero va a reaparecer. Y España no puede evitarlo en modo alguno.

Ahora, la diferencia sustancial entre 1981 y hoy es que esto que ellos sabían también lo sabemos nosotros ahora. Lo que antes era una hipótesis de los servicios secretos españoles es hoy una evidencia empírica y universal.

Pero, por nuestra parte, me pregunto si entendemos realmente el alcance de esta constatación. Si asumimos que no es un malentendido resoluble con más pedagogía o con una negociación técnica, sino un conflicto nacional en el sentido clásico y rotundo del derecho internacional y de la teoría política.

Y lo pregunto porque cuando se tiene conciencia clara de un conflicto estructural, la angustia personal y colectiva disminuye y la estrategia gana centralidad. La historia se deja de vivir como una sucesión de ofensas inesperadas y empieza a entenderse como un proceso con dirección y sentido. La pregunta deja de ser “¿qué nos pasa?” y se convierte en “¿cómo gestionamos lo que inevitablemente pasará?” Es lo que he constatado yo –la lección que he aprendido– en todos los países que he visto hacerse independientes y –lamento tener que decirlo así– es lo que, a pesar del gran salto adelante de estos últimos veinte años, no veo todavía aquí.

Porque si lo entendiéramos no viviríamos estos años con la angustia vital, la rabia, el miedo y la paranoia ridícula con la que los vivimos. No nos desharíamos como colectivo humano –los independentistas– peleándonos como imbéciles, dejándonos obsesionar por la última chanza de cualquier indocumentado o perdiendo la cabeza por la última demagogia política. Seamos serios: la conciencia clara de un conflicto estructural nunca produce angustia, ni odio violento al compatriota, ni zigzags populares en masa detrás de cualquier encantador de serpientes. La conciencia clara de estar inmersos en un conflicto estructural trae solidez y serenidad. La que vi de primera mano en los estonios y los eslovenos, por ejemplo.

(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/serveis-secrets-declaracio-independencia-catalunya-exercit/
(2) https://www.vilaweb.cat/noticies/quan-els-americans-van-identificar-montserrat-com-el-centre-de-la-guerrilla-espiritual-catalana/

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