Hay dos perspectivas que determinarán el resultado de las próximas elecciones. La primera, si se vota pensando en el antes del 14-F o si se vota pensando en el después. Es decir, si se vota o se abstiene con ganas de ajustar cuentas por los incumplimientos soberanistas, las incompetencias del Gobierno o las complicidades con la represión, o si se hace apostando por algún tipo de futuro, por incierto que sea. No sería la primera vez que, a la vista de los resultados, una parte del electorado quisiera rectificar su voto resentido por uno constructivo.
La otra perspectiva que marcará el voto es si se lo condiciona al presente o si tiene en cuenta que se trata de una decisión para cuatro años. Ahora mismo no tenemos ni idea de cuál será el presente del 14-F: así de precario es el corto plazo. No sabemos si la vacunación comenzará a dejar respirar o si estaremos nuevamente confinados, y por lo tanto si el estado de ánimo mayoritario será de desolación o de esperanza, si votaremos serenos o irritados. Pero aunque estuviéramos en una situación dramática, hay que recordar que los resultados valdrán sobre todo para una etapa pospandémica. Y que habría que votar pensando que la reconstrucción puede ser para rehacer el autonomismo, para salvar los muebles o para “volverlo a hacer”.
Los dos ejes de decisión descritos también se expresarán de manera implícita en las campañas electorales. Los candidatos, las listas, los programas y los eslóganes nos dirán cómo entienden este 14-F los que se presentan y qué tipo de elector buscan. Pero, siguiendo la evolución de los últimos tiempos, el combate electoral lo marcarán los relatos y las emociones en la red. Y es que, paradójicamente, la cultura política en tiempos de desconfianza se refugia en los canales menos de fiar y que, confusamente, aparentan escaparse del discurso institucional.
Si un día dije que la confianza empuja al compromiso, la desconfianza es amiga del fingimiento. Además, el deseo de transparencia tiene un precio: la visión descarnada de la realidad política. Se hacen más transparentes las dobles intenciones, las malas artes y las mentiras. También las ingenuidades. Y no es nada seguro que los electores hayamos desarrollado suficientes mecanismos de autodefensa y criterios suficientes para discernir el compromiso con la verdad de la connivencia con el engaño. Al twiteros no les vemos la cara ni el gesto, no hay comunicación no verbal, y la palabra puede engañar más que el rostro.
Confiar en la cordura de unos electores que desconfían de los políticos y las instituciones tiene mucho riesgo. La desconfianza, como he dicho, es un campo abonado para el cinismo y se puede quedar a merced de la farsa. Cuando analistas supuestamente finos nos quieren hacer confundir las consecuencias con las causas de los hechos y acusan al independentismo de un declive provocado por la erosión del autonomismo, la ruptura del pacto constitucional del 78, y la unilateralidad de un Estado sordo al clamor popular y capaz de aplicar el 155, de enviar porras a las urnas y de maquinar toda la represión posterior, hay que ponerse en estado de alerta.
Los resultados del 14-F dependerán, pues, de cómo se entiendan las elecciones. Dependerán también de cuál sea el peso de la antipolítica, que puede hacer crecer los extremos más beligerantes y participativos, particularmente la extrema derecha de Vox, que podría llegar a hacer añorar a Arrimadas. Dependerán mucho, además, de si la propaganda logra polarizar un supuesto voto útil para concentrarlo en la confrontación entre ERC y el PSC -como quiere ERC, para ganar a Junts-, entre Junts y el PSC -como quiere Junts para ganar ERC -, o entre el soberanismo y el PSC, de modo que estos últimos ganen a la vez a ERC y Junts. (Nótese que el PSC está en todas las apuestas). Y, sobre todo, dependerán de quien se abstenga más e involuntariamente deje paso a su adversario.
Estamos ante las que probablemente serán las elecciones más trascendentales desde 1980, en el momento de mayor incertidumbre de estos últimos cuarenta años. Habrá que votar con los cinco sentidos.
Esperanzas y deseos para 2021
SALVADOR CARDÚS
No sé si la esperanza nace del deseo, o si el deseo hace concreta la esperanza. También hay deseos desesperanzados, que sabemos que nunca se cumplirán. Y hay esperanzas vagas que no encuentran ningún deseo en el cual confiar. Pero, sea como sea, y mientras no acabemos de controlar la pandemia -que es a la vez el deseo y la esperanza más urgentes-, en el plano de la política catalana tengo una ligera esperanza en el cumplimiento de cinco deseos que quiero dejar escritos.
En primer lugar, tengo la esperanza de que los pronósticos que hacen las encuestas de una entrada de Vox en el Parlament de Cataluña no se cumplan. No se trata sólo del afán candoroso de que nuestro Parlamento no tenga que soportar discursos xenófobos, racistas y de franquismo apolillado. Es que tengo la intuición de que la opinión irritada que recogen las encuestas no se llegará a concretar en un voto efectivo en la urna. A poco que PP y Cs se esfuercen -y a la vista de los fichajes recientes, claro que lo intentarán-, pueden conseguir mantener o recuperar todos estos electores a punto de extraviarse.
El segundo deseo es que se deje de usar el nombre de Trump en vano en la política catalana. Que desde el uniformismo españolista se quiera asimilar el asalto al Congreso de los Estados Unidos al referéndum del 1-O no debería extrañar a nadie. Si no han comparado el 1-O con el ataque a las Torres Gemelas es, simplemente, porque ocurrió unos años antes. Pero es una indecencia que se utilice el trumpismo para atacar posiciones políticas adversarias por sí son más liberales que las propias, o para descalificar -de hecho, insultar- a oponentes con quienes, después de todo, se comparten luchas democráticas y con quienes muy probablemente se acabará compartiendo gobierno.
Un tercer deseo -con poca esperanza de que se cumpla, sin embargo- es que después del 14-F se vaya despolarizando el clima político. Afortunadamente, las investigaciones más recientes dicen que este clima político no ha trascendido a los ámbitos de convivencia. Y los malos pronósticos electorales de quienes en la última legislatura han apostado por sacar rendimiento de la confrontación señalan su error de cálculo y el desconocimiento de la sociedad catalana. Pero la crispación política favorece la antipolítica, que, o bien se desentiende de los quehaceres públicos, o bien quiere ajustar cuentas con el sistema. La irresponsabilidad de quien quiere sacar provecho de la provocación agresiva debería ser fuertemente sancionada en nuestra cultura política electoral.
Puestos a desear, me gustaría que el país recuperara la autoestima. No por algún tipo de provincianismo sino para, por un lado, no tener que vernos con miradas impropias, y por otro para ver el mundo con ojos propios. Entre 2006 y 2017, el protagonismo político soberanista hizo crecer el autocentramiento, es decir, el reconocer un nosotros y un aquí propios. Pero la aplicación del 155 y todas sus consecuencias ha vuelto a trasladar el punto de vista con el que observamos la realidad fuera de nosotros y de aquí. La deslocalización de la sede de grandes empresas catalanas sólo fue el primer paso de todo un grupo de deslocalizaciones mentales fácilmente comprobables.
Finalmente, después del 14-F, y sea cual sea el resultado y las consecuencias, espero que se recupere lo más rápidamente posible la confianza en la acción política. Una campaña electoral que haya exacerbado los sentimientos cainitas no es la mejor antesala, lo sé. Pero no deberíamos olvidar que la confianza en la política y los políticos tiene que ver con la confianza en el país y en nosotros mismos. Que la aspiración a la soberanía es un acto de confianza radical en el país. Tendremos los políticos que votemos, y discutir su legitimidad no les desmerecería sólo a ellos sino a todos los que les habríamos elegido. Por esta razón, ojalá se lleven más votos los que más demuestren en campaña que trabajan por una reconstrucción del país que incluya a todos, con generosidad.
ARA







