El último mito de la Transición

La mayoría de mitos históricos y sociológicos de la Transición han ido cayendo desde finales de la década de los 70, unos antes y otros después, sin excepciones. La erosión de todas y cada una de las personas e instituciones que protagonizaron aquel episodio se ha completado con la más que delicada situación de la monarquía española, idealizada hasta el extremo del delirio durante muchos años. Por supuesto, la monarquía no es un mito, sino una institución con un papel constitucional bastante definido. La mistificación, o incluso el fraude histórico, no radica en la monarquía en sí misma, sino en el papel casi providencial que se le quiso otorgar, especialmente a partir de 1981. Fue un proceso de sustitución simbólica muy importante. Sólo seis años antes, el salvador de España por antonomasia había sido el general Franco, a partir del 23 de febrero del 81, este título informal lo retuvo el rey de España. Es justamente esto lo que explica la aparente impunidad que rodeó ciertos hechos posteriores, así como la indescriptible inhibición del poder judicial respecto a la monarquía. Si bien es cierto que el artículo 56.3 de la Constitución española dice literalmente que “la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”, el mismo redactado deja claro que esta condición no afecta a su familia o amigos. Hasta ahora, sin embargo, esta “inviolabilidad” se ha entendido de una manera manifiestamente abusiva y se le ha dado un alcance inaudito. La persona del rey es constitucionalmente inviolable, de acuerdo, pero los primos de los amigos de sus cuñados, por ejemplo, deberían tener los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano. Hay muchos ejemplos de que esto no ha sido así.

El primer mito de la Transición, el fundacional, lo diseñó una figura muy importante en la trayectoria del rey: Torcuato Fernández-Miranda. Se trata del relato inverosímil, por no decir ridículo, según el cual del franquismo al estado de derecho se llegó a saltitos “de ley en ley”. Curiosamente, o no, el último mito en caer ha sido el de una monarquía que, por arte de magia, no sólo había quedado desvinculada del franquismo -que es quien la reinstauró- sino que autoerigía como el principal garante de la democracia en España. De alguna manera, aquel mito de primera hora y este otro cierran un círculo, y representan una y la misma cosa: la apuesta política perfectamente consciente por la desmemoria y el autoengaño. Todo ello va más allá -muchísimo más allá- que la figura del rey de España y su familia. Por poner un ejemplo bien nuestro, que personalmente me provoca nauseas, a partir de 1992 la figura de Samaranch se repuso de una manera grotesca gracias a determinados medios de comunicación que se lo reinventaron como quien renueva una marca comercial.

A peligro de parecer contradictorio, añado que esa apuesta por la amnesia colectiva tuvo un sentido para superar un trauma gravísimo. Pero lo tuvo en 1975, no después. Hay toda una generación que, de una forma honesta y al mismo tiempo pragmática, decidieron olvidar, o hacerlo ver, cosas que habían pasado hacía 40 años. No se lo reprocharé. Otra cosa es que, hoy, habiendo pasado también cuatro décadas, tengamos que perpetuar esa patología de la memoria. En 1975 o 1976 se podían aceptar los cuentos a la lumbre que contaba Torcuato Fernández-Miranda, pero en el año 2014 es intolerable tener que escuchar las lecciones constitucionalistas de Aznar, pongamos por caso. El tiempo de canjear estabilidad política por desmemoria colectiva ya ha pasado, como también pasó el tiempo de cambiar pieles de conejo por naranjas (los más jóvenes del grupo no sabrán de qué demonios estoy hablando, que se lo pregunten a la abuela, si puede ser la del pueblo, mejor).

Se ha dicho que el proceso que se vive en Cataluña acabará repercutiendo positivamente en el conjunto de España, de la misma manera que el clamor autonomista de finales de la década de los 70 fue uno de los motores más importantes del cambio en ese momento. Pienso que, a medio o largo plazo, esto será así: hay muchos españoles que, sin renunciar a su identidad, sienten una visible incomodidad por la España actual. Independientemente de cómo se resuelva, la crisis de la monarquía puede precipitar otros cambios de envergadura. ¿Qué pasaría si un partido como IU situara la cuestión república o monarquía como primer punto de su programa? ¿Creen que perdería votos o que triplicaría los que tiene ahora? Sólo es cuestión de probarlo.

ARA