Tras el temporal, llega la calma (aunque es verdad que unas veces más que otras). Del mismo modo, tras el asombro inicial ante su magnitud y su impacto, que hicieron exclamar a muchos «¡nunca se había conocido algo como esto!», llega la puesta en cuestión de manifestaciones tan rotundas. Y lo hace apoyada en imágenes elocuentes, al menos a simple vista, como las del NO-DO sobre el embate del mar a la ciudad en 1965, que han circulado profusamente estos días. O incluso recordando viejas canciones, como aquella de los años cincuenta sobre el espigón de la primitiva playa de Gros, aquella que decía: «y casi terminado,/ desastre sin igual,/ se lo ha llevado todo,/ el fuerte temporal».
Este ejercicio de memoria, individual y colectivo, no solo es natural, sino necesario, con independencia, lógicamente, de los análisis que deben hacerse sobre los datos objetivos mensurables de los que disponen los especialistas. Pero la memoria tiene limitaciones, pues no da cuenta de lo que pasó, sino de cómo lo recordamos. Incluso la vista, al comparar imágenes de antes con las de ahora, nos puede engañar.
Por eso es conveniente que los ejercicios de memoria sean lo más completos posible. En ese sentido, conviene recordar que, precisamente para mitigar daños como los registrados en el temporal que muestra el NO-DO del 65, el Paseo de Salamanca, hasta la Sociedad Fotográfica, se elevó metro y medio; que el mar en la Zurriola está hoy 50 metros más allá del Paseo que en los años sesenta; que un enorme dique entonces inexistente protege la nueva playa; que en los últimos años se han reforzado con bloques de piedra puntos como el Aquarium o Kanpoko Moila, o que en el Ensanche se han abierto cuatro enormes sumideros para que absorban el agua cuanto antes.
En otras palabras: aunque las imágenes puedan parecer similares, las defensas son hoy en día superiores y, sin embargo, los daños han sido descomunales.
¿Ha sido mayor que nunca o no lo ha sido? La verdad es que a nosotros nos parece que eso es poco relevante. Sí nos parece relevante, en cambio, el objetivo que pueda perseguirse con esa relativización de la magnitud del temporal. Si lo que se pretende es recordar que hemos de ser consicentes de que Donostia está construida en buena medida directamente sobre el mar y que, por tanto, a nadie ha de extrañarle que este vuelva periódicamente sobre sus dominios, nada que objetar. Es más, esa consciencia nos parece saludable, en la medida en que ha de servir para que gestionemos nuestro litoral con sentido común. Ahora bien, si esa relativización pretende ser una especie de «no ha sido para tanto» -un «aquí no ha pasado nada» encubierto- que permita a algunos seguir defendiendo proyectos indefendibles, nos parece denunciable. En los próximos años, bastante va a tener que invertir Donostia en su línea de costa solo para mantener lo que tiene, como para andar abriendo nuevos frentes.
Estamos convencidos de que, después de ver lo que vimos el día 2, ni el Ayuntamiento ni los partidos ni, sobre todo, los donostiarras se dejarán arrastrar por algunos hooligans que siguen agitando la bandera de proyectos como la pasarela que, afortunadamente, la crisis, combinada con un mínimo de sentido común, impidió materializar.
Naiz







