“La taberna del charneguismo no deja de representar una de las principales y prósperas industrias de los tiempos actuales: el victimismo”
En 1979, la psiquiatra Graziella Magherini tipificó lo que se conoce como “el síndrome de Stendhal”. No se trataría de una enfermedad mental, sino de un trastorno psicosomático caracterizado por algunos efectos en el organismo: taquicardia, vértigo, confusión, sudoración y desmayos, como reacción de hipersensibilidad ante la saturación de arte o belleza extrema. La denominación se relaciona con la experiencia del escritor francés Henry Beyle, conocido como Stendhal, que sufrió todos estos efectos físicos cuando, en 1817, visitó la Basílica de la Santa Croce en Florencia.
Servidor de ustedes es doctor, aunque no en temas médicos, sino en historia. Por eso, a partir de la observación sobre fenómenos sociales y políticos, se ve con ánimo de caracterizar un nuevo síndrome de similares características: el síndrome de Vasallo. Consistiría en algunos efectos en el organismo: taquicardia, vértigo, confusión, sudoración, desmayos, y probablemente vómitos de bilis, cada vez que alguien del mundo de la política, la cultura, el periodismo, la ciencia política o el exceso de sociabilidad en el bar de la facultad de sociología, se sobreexpone ante la saturación de catalán, catalanidad o catalanismo. La denominación se relaciona con la experiencia cotidiana de la Brigitte Vasallo cuando, de manera regular, necesita reivindicar una identidad, como la mayoría, inventadas, en base a la oposición a la del país donde reside.
Se trataría de un trastorno que habría que incluir en la literatura psiquiátrica porque no se trata de las obsesiones particulares de esta activista nacida, con gran pesar por su parte, en Barcelona en 1973, sino de un fenómeno más general que afecta a una parte no demasiado significativa de la población, aunque con gran repercusión pública dada la sorprendente —e interesada— proliferación de micrófonos a su alrededor. De hecho, suele ser un grupo de gente que se aglutina alrededor de una autodenominada izquierda que, en el transcurso de los últimos años ha añadido diversos adjetivos a esta ubicación política: anticapitalista, multicultural, transfeminista, interseccional, LGTBIQ+, antirracista, antipatriarcal, decolonial, y otros neologismos que requieren estirar la Wikipedia hasta sobrecalentarla. Y sí, efectivamente, cada vez que oyen razonar en catalán, o que leen las quejas de una nación oprimida ante la imposibilidad de poder vivir en la lengua del país, no solo les entran temblores, sudan y ven aceleradas sus pulsaciones, sino que reaccionan tildando de fascistas, burgueses, herederas acomodadas, racistas, esclavistas y coloniales a la señora Pepeta, harta de que su médico o el panadero la amenacen con no atenderla si no “me-habla-en-cristiano”. Tanto da que en Cataluña ya no queden prácticamente burgueses, que Amposta tenga una renta per cápita inferior a la de Hospitalet, que las probabilidades, para un catalán del siglo XVII de ser esclavo (secuestrado por los turcos en la costa), multiplicara por cien los escasos negreros catalanes (por cierto, protegidos por la monarquía borbónica y la bandera española), que hay una larga historia de lucha civil contra el racismo y que el fascismo de verdad hiciera lo posible por erradicar la lengua catalana del mapa (y de paso, a los catalanes). No, en el mundo de esta pseudoizquierda progre posmo, la verdad es objeto de relativismo cuando no coincide con los propios prejuicios.
Vasallo es bien conocida por varias salidas de tono, la más conocida de las cuales es la reivindicación del charneguismo. Según las teorías políticas de esta autora de libros como “Pornoburka”, “Pensamiento monógamo, terror poliamoroso” o “Lenguaje inclusivo y exclusión de clase”, el charneguismo sería un concepto mediante el cual se reivindica el derecho a que aquellas personas provenientes de espacios ajenos a la nación se aíslen completamente de la sociedad a la que han ido a parar. No hace falta decir que seguir estos consejos resulta una especie de pedagogía del inadaptado, y de socavar las posibilidades, no solo de progreso social, económico y cultural, sino precisamente, y de una manera paradójica desde la perspectiva multicultural, de ignorar y menospreciar toda una cultura históricamente perseguida y a las personas que la tienen como propia. Es como negarse a escuchar a J. S. Bach porque gustaba a los nazis, o a Beethoven y Mozart porque eran hombres heteropatriarcales, y reivindicar a Bad Bunny —y sus letras ultramachistas— como ejemplo de progresismo y excelencia artística. El charneguismo, como la segregación que propone la señora Vasallo de la población inmigrada, en el fondo implica un secuestro de aquellos colectivos a los que afirman defender. Como las comunidades islámicas que imponen velos a sus mujeres para evitar la mezcla con la sociedad de acogida, una población pobre, inmigrante, explotada, solo puede ser representada, supervisada y “protegida” “por los suyos”, es decir, la consideración de permanentes menores de edad a aquellas personas que podrían incorporarse como miembros de pleno derecho del país donde se encuentran. Una incorporación bastante fácil a partir de hacer del catalán una lengua también suya.
En el fondo, la taberna del charneguismo no deja de representar una de las principales y prósperas industrias de los tiempos actuales: el victimismo. Un victimismo que, curiosamente, establece una extraña jerarquía: la de las teóricas víctimas de su bando: aquellas personas que no siguen determinados patrones de comportamiento “teóricamente” normativos (y que tienen que ver con todas las disidencias de carácter sexual, cultural, religioso, político…), y que contrasta con el menosprecio y la humillación a otras víctimas: la de una nación oprimida, reprimida, que no puede vivir con normalidad su lengua, que es perseguida por el estado profundo, que tiene a su presidente en el exilio, que ha sufrido una larga historia de exilios, encarcelamientos, prohibiciones, maltratos, bombardeos, asesinatos y discriminaciones políticas y nacionales. Desde su peculiar lógica, no hay problemas para todo esto. El espacio filosófico donde se enmarca, el relativismo posmoderno, abandona toda idea liberal de universalidad (no todo el mundo tiene los mismos derechos ni deberes) y abomina de la igualdad (a los nuestros, todos los derechos, a los otros arrebatárselos).
La profesora Vasallo mediante sus publicaciones y declaraciones públicas, se ha convertido en una caricatura. Una caricatura de este espacio político que busca autodefinirse como de izquierdas, y que, sin embargo, defiende unos postulados reaccionarios —se fundamenta en el antiliberalismo— y se ubica en una geografía ideológica determinista. El mismo concepto de “charneguismo” apela a una identidad resistencialista, estable, inmutable, que niega toda evolución, toda dialéctica en función del contacto con otras maneras de ser y pensar. Una caricatura que se ha apropiado, en buena medida, de la misma idea de “izquierda” y que está teniendo como consecuencia, en base a sus postulados, y a su acción al disponer de espacios de poder, un descrédito total, que la aleja de sus teóricas bases, y que parece abocar los principios progresistas, a la periferia del sistema político e ideológico, al menos para toda una generación. Una caricatura, que ya vimos durante el proceso, que hemos padecido en los espacios de la cultura y el mundo del espectáculo, que podría caracterizarse como neofalangista, en el sentido de que la “verdadera” nación es España, y lo que no encaja con sus patrones, pues… folclórico, racista, carlista, burgués, opresor y cualquier otra etiqueta que expresa sospechosas coincidencias con el antisemitismo clásico y que querría confinarnos a todos, incluidos los lectores de este medio, a la reserva india.
En la tipificación del vademécum médico, los psiquiatras, si bien el trastorno no tiene cura, para aligerar los efectos aconsejan a las personas que padecen el síndrome de Stendhal descanso, hidratación y alejarse del estímulo artístico. Entiendo que por las coincidencias, las personas afectadas por el síndrome de Vasallo, deberían seguir consejos similares. Concretamente, les haría mucho bien alejarse de Cataluña. Recuerdo, hace ya muchos años, que en una discusión con esta pensadora charneguista —creo que tuvimos una agria discusión sobre el tema del velo islámico (¡sic!)—, me habló de las maravillas de su experiencia en el norte de Marruecos, donde parece que, a diferencia de Cataluña, aceptaban con gran tolerancia y afecto, su condición de lesbiana antisistema. Puede ser una idea. Dudo que en el Rif oiga mucho catalán ni se encontraría con gente como nosotros, de escasa empatía y comprensión por sus ideas.







