Hace un siglo y medio, o sólo un siglo, los intelectuales o políticos que en Europa elaboraban teorías sobre nacionalismos y naciones, ni en la fantasía más desbordada podían imaginar que la condición de nación que ellos promovían o simplemente observaban en el contexto de los pueblos “civilizados”, debía extenderse hasta ser condición universal y como quien dice necesaria para toda la humanidad: que los africanos, por ejemplo, pudieran organizarse en cuarenta o cincuenta naciones (cualquier cosa que eso signifique), era algo del todo impensable. La materia viene de lejos, por tanto, y las teorías y las imprevisiones también. No está claro si la nacionalidad es un producto de la intensa y exaltada educación nacional que propugnaba Rousseau, o si está implícita ya en el “hombre natural” de Herder -hombre feliz, sin estado-, o si una visión y otra son variantes de una misma fantasía optimista y más o menos ilustrada, más o menos racionalista y más o menos romántica. Sí es bastante claro, sin embargo, que tanto Rousseau como Herder mal podían prever que pocos años más tarde de sus escritos habría el inmenso trasiego de las guerras napoleónicas con todas sus consecuencias precisamente nacionales, y que el siglo siguiente a la Ilustración y la revolución sería, para la mayor parte del territorio europeo, el de la división en grandes espacios imperiales consagrados en el Congreso de Viena, no en múltiples repúblicas libres, tal como el liberalismo ideológico tendría que haber producido.
Curiosamente, para los liberales ingleses o franceses de la primera mitad del siglo XIX, los imperios, o los grandes estados expansivos (y colonialistas) parecían una condición casi natural, y en todo caso no imaginaban reversible a corto plazo: la libertad -la de “los pueblos”, por ejemplo, como la de las clases subalternas- era un magnífico principio universal: a condición de no intentar ponerlo en práctica. Hay que recordar que quien hizo fuerza para poner en práctica un principio tan “liberal” como el de las nacionalidades, no fue un hombre de estado europeo sino norteamericano, y sólo después de que los imperios interiores de Europa (al menos los que eran reconocidos como tales) ya habían reventado por todas las costuras como resultado de la Gran Guerra y de las tensiones acumuladas. En un siglo, pues -el que va del Congreso de Viena a los tratados de Versalles-, habían cambiado muchas cosas, y la perspectiva dominante ya no era la del canciller austriaco Metternich, sino la del presidente estadounidense Wilson. Se había abierto camino el principio de que los pueblos, como tales pueblos, eran sujetos de derechos. No los príncipes soberanos, como cien años antes, sino los pueblos. Y sujetos de derechos políticos, en primer lugar. Ahora bien, aceptado el principio, el problema práctico y teórico era saber qué es un “pueblo”, qué hace que sea una nación o parte de un nación, qué lo define como tal, hasta dónde llega y cómo se delimita. Cosas que, cuando están claras, parecen clarísimas. Y cuando no están claras parecen inextricables.
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