Max Weber, sociólogo y pensador alemán, aportó a la metodología propia de la sociología de su tiempo un punto de vista innovador e imprescindible: la necesidad de considerar a los individuos analizados como sujetos con reacciones subjetivas, con unos principios, creencias y formas de interactuar específicas que debían ser tenidas en cuenta a la hora de realizar los correspondientes estudios.
Las investigaciones sociológicas de hoy en día así lo demuestran, tanto en sus planteamientos como en los resultados últimos: la sociedad no deja de ser un ser vivo que avanza históricamente gracias al movimiento continuo de sus integrantes, movimiento impulsado por acciones no mecánicas ni explicables científicamente, sino por una mezcla de impulsos, instintos y normas sociales a los que sus individuos están habituados, sin dejar de ser por ello de carácter subjetivo y emocional.
Se da en la sociedad actual un especial interés por verse reflejada, desde la posición del miembro único perteneciente a aquella, en los posibles resultados finales obtenidos tras la realización de un análisis a pie de calle. Es la autoafirmación inconsciente del interesado, la confirmación de se encuentra donde debe y desea estar, reconociendo al resto de elementos sociales cercanos o antagónicos en sus costumbres, pensamientos o status social. Es quizás reafirmarse en lo que uno ya sabe, pero que sin duda desea verificar, aunque sea mediante unos datos estadísticos en los que el margen de la duda, no deja de ser bastante amplio. Aun así sigue siendo un espejo en el que verse reflejado y por el cual lograr un mayor conocimiento sobre los individuos que probablemente no pensaran ni serán extremadamente diferentes a él, pero tal vez sí lejanos en el espacio, lo que al final le puede proporcionar una mayor cercanía virtual.
La sociedad vasca en cuanto a extensión geográfica se refiere es fácilmente abarcable (esto si no se tiene en cuenta a las personas que formarían la llamada diáspora vasca). Paradójicamente en su sencillez numérica se esconde un entramado social complejo y conflictivo, demasiado tal vez para un grupo social de sus características. Si nos atenemos al eterno dilema, tan del gusto de los análisis sociológicos, sobre cómo se siente uno, vasco, navarro, español o francés, en todas sus variantes posibles (más vasco que español, solo español, más navarro que vasco, etc), el caos es absoluto, los tantos por ciento bailan de un extremo a otro y la posibilidad de sacar algo en claro se vuelve casi imposible. Si bien es cierto que el porcentaje mayor recae sobre los que se sienten primeramente vascos, existen otros grupos presumiblemente contrarios que podrían despistar a los ajenos al tema.
Son datos que sacan a la luz una sociedad a la que no le han dejado establecer un punto fijo y unánime al que dirigir sus pasos, esfuerzos e ilusiones. Una sociedad confundida a la que, desde los ámbitos políticos no la han dejado madurar de manera autónoma, aprovechando todo su potencial, reconociendo su bagaje histórico y cultural, cometiendo sus propios errores para corregirlos después. Por el contrario, se le ha negado el derecho básico a reconocerse en sus aspectos diferenciadores, a protegerlos y proyectarlos sobre las generaciones venideras, con la única excusa de que tales aspectos no existen ni han existido jamás.
A tenor de lo que el sociólogo alemán defendió tan acertadamente, es posible vislumbrar tras esos datos numéricos que a primera vista no parecen ir más allá de un razonamiento puramente matemático, una realidad humana, la de aquellas personas que en la actualidad piensan y actúan influenciadas por sucesos acaecidos años atrás, hechos memorables, épocas históricas para el olvido.
La plena libertad de los miembros de una sociedad es prueba irrefutable de que conviven en democracia. Los que ostentan el poder, por su parte, no acaban de sacudirse el miedo que les produce una sociedad libre y consciente de que sus derechos deben ser respetados. Los métodos para que esta no crea necesitar dicha libertad están al orden del día.









