El Plan Ibarretxe de ICV

La toma de conciencia de Cataluña ha sido catastrófica para el Partido Socialista y para ICV -siempre tan juntitos-, porque en un santiamén han visto desmontado el discurso que tan buenos resultados les había dado en la era de la ambigüedad. Era tan rentable distraer la atención de la gente, hablando de la política social de la prisión cuando sólo unos cuantos catalanes querían salir, que no había que hacer nada más para parecer progresista. Con cuatro grandes palabras, como las que dice hoy Joan Herrera -“justicia, equidad, democracia y libertad”- era suficiente para engatusar al pueblo. El pueblo, ya se sabe, es tan manipulable como lo es la tierra en las manos del alfarero. Eso, al menos, pensaban Bruto y Marco Antonio. Y Joan Herrera es un discípulo fiel de los discursos shakespearianos de tan distinguidos señores. De hecho, en estos momentos, no hay ningún político en el Parlamento de Cataluña que domine la demagogia mejor que el señor Herrera.

Pero, mira por donde, los tiempos han cambiado, Cataluña ha cambiado, y ahora los catalanes se han dado cuenta de que toda la energía que destinamos a mejorar las condiciones de vida de la prisión española es una energía que robamos al caudal necesario para conseguir la libertad. Para hacerlo gráfico: cuanto más elevado es el número de internos que están ocupados contando los macarrones del rancho, menos brazos cavan el túnel que les habría de liberar. Y es que los contadores de macarrones no tienen ninguna intención de abandonar la cárcel. No la abandonarán nunca. Han nacido dentro y allí quieren morir. Para ello proponen reformas que creen una sensación de libertad en el resto de internos. Es decir, que se imaginen que la libertad es aquello y sólo aquello y que, por tanto, se sientan soberanos dentro de aquellas cuatro paredes. Es como decir: ¿por qué quieres ducharte, si te puedes imaginar que vas limpio? O ¿por qué quieres ser libre como Dinamarca, Suecia o Finlandia, si puedes ver la libertad de Dinamarca, Suecia o Finlandia por televisión?

El problema de ICV es que no ha sabido -ni querido- evolucionar a la velocidad que lo ha hecho Cataluña y se ha convertido en un partido sin definición. Ha quedado completamente desenfocado. Tan desenfocado como el actor que interpreta Robin Williams en “Desmontando a Harry”, de Woody Allen. “No das la imagen; vete a casa, a ver si te aclaras”, le dice el equipo de rodaje. Williams se va a casa, se mira en el espejo y no se reconoce. Tampoco los otros no le reconocen. Esta desenfocado. Es una metáfora que Allen utiliza para describir un hombre inmerso en una realidad que no comprende. Y lo peor es que no puede esconder esta distorsión al resto del mundo. Ante esto, el hombre va al psicoanalista con su familia para tratar de encontrar la respuesta. Pero la respuesta tiene forma de pregunta: “¿Usted espera que el mundo se adapte a su distorsión?”

Cataluña ha llegado al 2015, e ICV todavía está en el 2001. Lleva una década y media de retraso. Esta es la razón por la que ahora propone la salida de todo de convertir Cataluña en un Estado “libre” y “soberano” dentro de España. Justo lo mismo que proponía Juan José Ibarretxe, para el País Vasco, en 2001. Y justo la misma propuesta que el Congreso español rechazó por 313 votos en contra (incluyendo Izquierda Unida) y sólo 29 a favor (incluyendo entre ellos a CiU y ERC). ¿Y qué hizo ICV? Pues se abstuvo! ¡Sí, se abstuvo! Y ahora, totalmente desenfocada por la realidad, no se le ocurre otra cosa que recurrir al arroz pasado de Ibarretxe y presentarlo como un plato de nueva planta. Lo más penoso, sin embargo, es que, al llegar a la estación con el plato en la mano, se ha encontrado que el tren ya hace catorce años que partió. Y, además, se estrelló.

EL SINGULAR DIGITAL