“Los dioses ciegan a quienes quieren perder”.
Esta frase atribuida a Plutarco sintetiza la situación de los dirigentes de la España borbónica ante el estallido de la mayoría por la independencia en Cataluña y ante el hundimiento del bipartidismo, pasados siete años de la más profunda crisis desde la muerte del General Franco. Los resultados de las elecciones de este año arruinarán la estabilidad de la segunda restauración borbónica y su oligarquía mostrará su incapacidad para ofrecer un proyecto de futuro para el difícil siglo XXI que nos espera.
El estallido en aplausos de los diputados del PP al conocer la sentencia de inconstitucionalidad de la consulta del 9 de Noviembre en medio del Debate del estado de la Nación fue un ejemplo de la ceguera del núcleo duro del régimen: aclamaron la exclusión del consenso constitucional de los dos millones trescientos mil catalanes que fueron a votar. Desde la anexión de Cataluña por Castilla, en el año 1714, el Reino de España ha sometido siempre por la fuerza al pueblo catalán, con guerras civiles, con bombardeos, con Estados de Guerra, con dictaduras militares.
Sólo con la Constitución de 1978 la monarquía borbónica había conseguido el consentimiento de nuestros ciudadanos y tuvo que restablecer, previamente, la Generalitat republicana. Pero la mayoría del pueblo catalán ha abjurado de aquella constitución después de que el Tribunal Constitucional modificara el Estatuto que había ratificado en referéndum. Sólo la tradición autoritaria borbónica explica que los diputados españoles celebraran la imposición de sus prohibiciones mediante la violencia jurídica, en vez de preocuparse por la reducción de la adhesión al régimen constitucional.
La ovación a favor de la sentencia contra el 9-N recuerda la exaltación patriótica que provocó el encendido discurso patriótico de Antonio Maura en defensa del “inconsútil manto de la soberanía nacional” contra la tímida propuesta de Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1918. Ante esta negativa los diputados catalanes, encabezados por Francesc Cambó y Marcel·lí Domingo, se retiraron de las Cortes españolas. Cuando decenas de países europeos alcanzaban la independencia terminada la Primera Guerra Mundial, la oligarquía borbónica era incapaz de admitir la autonomía catalana. Ahora que Escocia ha celebrado un referéndum sobre la independencia les resulta impensable permitirlo en Cataluña. La Paz de Versalles llevó a una crisis económica que agravó la quiebra del régimen de la primera Restauración, y ésta generó la dictadura de Primo de Rivera, 1923, y como reacción a la proclamación de la República Catalana, 1931. (*)
Los procesos judiciales abiertos por causas de corrupción han puesto a la vista de todos las tripas del régimen borbónico, aunque no ha penetrado en el núcleo más duro. La saga del caso Gurtel y Bárcenas ha destapado cómo los personajes más castizos como “el bigotes” manipulaban contratos públicos de segundo nivel con instituciones públicas secundarias como Ayuntamientos y Comunidades Autónomas por importes de decenas de millones de euros. La juez Ayala evidencia las enormes dimensiones de las redes de clientelismo corrupto de la “Junta de Andalucía” de los ERE y de los cursos de formación profesional.
El “caso Pujol” pone de manifiesto cómo la Cataluña autonómica formaba parte de la corrupta monarquía constitucional. Aún así, en el año 2015, se siguen invirtiendo miles de millones de euros en el AVE en beneficio de reputadas constructoras y entidades financieras que tienen plazas reservadas para futuros expresidentes y exministros. Nos hemos escandalizado con el caso Bankia, con Rodrigo Rato y Blesa, pero mientras nos entreteníamos con los 15 millones de euros de las tarjetas “black” España pagaba 1.300 millones de euros al intocable Florentino Pérez. Hemos visto el caso Urdangarin y Cristina Borbón, pero su suegro Juan Carlos I ha abdicado sin ninguna investigación para destapar cómo ha acumulado su enorme fortuna.
La ofuscación de la España borbónica se pone de manifiesto, también, en la reacción ante esta apertura en canal de las heridas más putrefactas. En el debate del Estado de la Nación los dos partidos monárquicos se reprocharon de forma obscena los múltiples casos de corrupción que les afectan. Los dirigentes españoles no quieren ver que la corrupción es una parte estructural del régimen postfranquista, no unos casos excepcionales. Este elemento congénito deriva, en último término, de la impunidad de los crímenes contra la Humanidad cometidos por el franquismo. Esta ha permitido la continuidad de los poderes económicos españoles, al tiempo que ha generado una situación de “anomia”, de falta de normas morales.
Como señalaba la chilena Fabiola Letelier cuando los delitos más graves no son castigados, todo lo demás es tolerable. Esta anomia moral afecta también a la opinión pública española que se escandaliza al ver cómo se derrocha el dinero público, pero no se crean referentes éticos sólidos. En España no han existido movimientos contra la impunidad de los regímenes militares como en Chile, Argentina o Guatemala, o Comisiones de Reconciliación como en Sudáfrica, excepto el movimiento por la memoria histórica. La ausencia de cualquier conmemoración oficial de un referente ético y pedagógico como Francisco Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, en el centenario de su muerte el pasado mes de febrero, es otra muestra de la anomia de la España borbónica. Porque Giner era un republicano convencido, que abominaba de las prácticas y los dogmas que los regímenes monárquicos españoles.
Las elecciones de 2015 finiquitarán la estabilidad que el régimen constitucional de 1978, que estableció un sistema electoral que asegura las mayorías de los grandes partidos mediante las circunscripciones provinciales, la mitad de las cuales eligen menos de 5 diputados. A pesar de este diseño se producirá un gran fraccionamiento a todos los niveles institucionales que producirá, por primera vez, una inestabilidad sistémica. Se volverá a una situación análoga a la que se produjo entre 1917 y 1923 en la que se sucedieron los gobiernos de concentración nacional, presididos por Antonio Maura, que reunían conservadores y liberales y, también, a la Lliga Regionalista, encabezada por Francesc Cambó.
Esta inestabilidad abrirá una ventana de oportunidad para la mayoría por la independencia catalana. La “gran coalición PP-PSOE” que preparan los directores de las empresas del IBEX sólo retrasará el ocaso de la España borbónica, porque repetirá los pasos de la coalición entre conservadores y socialistas de Grecia. En la próxima legislatura la mayoría del pueblo catalán, si tiene la altura ética y la inteligencia necesarias para no aglutinar a los ciudadanos españoles, sino para dividir sus fuerzas políticas, convertirá una crisis del régimen de 1978 en una crisis de Estado, la crisis final del Reino de España y el nacimiento de la República Catalana.
(*) Nota del traductor, KMG,
“…y como reacción a la proclamación de la República Catalana, 1931…”
El final abrupto y sin sentido de este párrafo lo recobraría con una referencia a la movilización de las fuerzas oligárquicas españolas que junto con una buena parte del ejército para promover la sublevación militar de 1936, la consiguiente guerra de 1936-39 y la dictadura fascista del general Franco.
TRIBUNA CATALANA







