Al amanecer de un frío día del invierno ártico de 2026, una compañía de apoyo del Ejército del Aire de los EE. UU. salió de la base aérea de Pituffik, al norte de la costa occidental de Groenlandia, y plantó la bandera de las barras y estrellas en la colina más cercana a la base, fuera ya del recinto alambrado. En la megafonía de la base sonaba, a todo trapo, “Stars & Stripes”, el himno nacional de los Estados Unidos.
Al mismo tiempo, y de forma perfectamente coordinada, sendas flotillas formadas por los más modernos cazas del Ejército de los EE. UU. despegaron desde la misma base de Pituffik, así como desde la Joint Base McGuire-Dix-Lakehurst en New Jersey, la mayor de la costa este. Tras plantarse en apenas 4 horas en la capital de la isla, Nuuk, con un rápido bombardeo neutralizaron todos los centros de telecomunicaciones. En este caso, sí ordenaron el desalojo previo de las instalaciones a bombardear, a fin de minimizar las víctimas. De ese modo, la isla quedaba aislada de la metrópoli, Dinamarca.
A continuación, varios aviones para el transporte de tropas lanzaron a varios cientos de paracaidistas que, con rapidez, ocuparon las sedes del Parlamento, el Gobierno Autónomo, y el Alto Comisionado de Dinamarca, así como los principales medios de comunicación, el cuartel de las fuerzas de seguridad, las centrales eléctricas y el principal centro logístico. Los principales representantes políticos fueron retenidos de manera preventiva.
En los meses siguientes, y pese a las protestas internacionales, los norteamericanos desplegaron tropas en las principales ciudades de la isla, y se aprestaron a organizar de nuevo la vida social y económica de la isla, a fin de que a la mayor brevedad volviera a la normalidad. A “su” normalidad, claro…
Siendo conocedores de las ansias independentistas que la población local había manifestado antes de la invasión, propusieron a los representantes locales un “nuevo estatus” de Estado asociado, casi independiente, que les permitía mantener sus leyes, así como la gestión de sus impuestos, a cambio del pago de un tributo anual, la supervisión de un delegado del gobierno de los Estados Unidos, y la admisión del Tribunal Supremo de los EE. UU. como órgano judicial de última instancia.
Por supuesto, a los líderes que inicialmente habían sido retenidos y a los principales empresarios de la isla se les permitió tomar parte en dicho sistema político, recibir parte de los beneficios derivados de las nuevas explotaciones mineras, y poder enviar a sus hijos e hijas a las principales universidades del país en muy buenas condiciones económicas. A quienes no quisieron participar en el trato, se les pagó un billete sin retorno a Reykjavík y Copenhague.
En recuerdo de John Adams, uno de los Padres Fundadores y segundo presidente de los Estados Unidos, quien tras su viaje a Europa en 1778 había alabado el régimen foral de Bizkaia, la nueva ley recibió el nombre de “Fuero Nuevo” de Groenlandia.
Varios siglos después, en el aniversario de aquella invasión, los descendientes de aquellos dirigentes se reunieron en la antigua Nuuk -ahora rebautizada como New Greenland City-, para conmemorar la aprobación en 2026 de aquel “Fuero Nuevo” que, tanto tiempo después, seguía garantizando su autogobierno. Por supuesto, toda la ceremonia se realizó en inglés, hacía tiempo que la cultura y la población autóctonas habían sido arrinconadas -apenas unos cientos sobrevivían en lejanas reservas aisladas-, y ya nadie se acordaba de Dinamarca, que también hacía tiempo que había desaparecido como Estado independiente.
¿Les parece una distopía? ¿Sí? Pues esto último lo vamos a ver en los próximos meses en Bizkaia y, tal vez, lo primero en Groenlandia también. Cambien los nombres de los territorios y los países, y ya lo tienen. A buen entendedor, pocas palabras bastan. En todo caso, el relato será evidente durante las conmemoraciones del 500 aniversario del “Fuero Nuevo” de Bizkaia que podremos ver durante este año.
Lo que no es distópico, sino esquizofrénico, es que los mismos que van a celebrar esto en Bizkaia nos dirán, si se da el caso, que no vale para Groenlandia… Paradójico. ¿O no? Eso sí, a cada uno de nosotros/as nos corresponde decidir si queremos creernos el cuento o no.










