El fin de una guerra

Estos días hace setenta años que unos oficiales del ejército alemán firmaron la capitulación que ponía fin a la Segunda Guerra Mundial en su frente occidental y con este gesto se trazaba la fundación del nuevo orden europeo. Bien mirado, sólo hace setenta años, un período no suficientemente largo para que el recuerdo de las grandes convulsiones que sacudieron el continente hayan sido borradas de la memoria de las generaciones vivas. A pesar de esta todavía corta distancia temporal, sin embargo, a menudo cae un velo de amnesia cuando se trata de reconocer que nuestras democracias liberales y nuestras (cada vez más precarias) sociedades del bienestar tienen un origen directo en aquella violencia atroz. Hurgar en las sombras del pasado nos puede ayudar a aportar elementos de crítica sobre los retos que ahora nos atenazan.

En primer lugar, no se puede cuestionar el horror que representó el nazismo, la doctrina racista que llevó a tratar de exterminar pueblos enteros. Tal y como afirma el protagonista de la novela de Jonathan Littell ‘Las benignas’, un oficial SS, refiriéndose a una acción de eliminación masiva de hombres, mujeres y niños judíos, “nosotros habíamos inventado algo al lado de lo cual la guerra parecía limpia y pura”. Pero esta barbarie suprema no nos puede hacer olvidar que los asesinatos, las violaciones y los otros crímenes masivos contra la población civil también fueron patrimonio de los otros participantes de la contienda. Con más facilidad se admite que el Ejército Rojo cometió muchas monstruosidades en su marcha hacia Berlín. Sin embargo, cabe decir que las supuestas democracias liberales con el Reino Unido a la cabeza no tuvieron ningún escrúpulo, asimismo, en bombardear la ciudad de Dresde, a arrasarla, y matar a unas treinta mil personas entre el 13 y el 15 de febrero de 1945 cuando no había ninguna necesidad desde el punto de vista militar, ya que la guerra estaba prácticamente ganada. Eso por no hablar de los crímenes cometidos por nacionales de estas democracias liberales como por ejemplo en Francia, en Holanda, en Bélgica, en Luxemburgo, en Noruega o Dinamarca cuando estaban ocupados por los nazis y decidieron colaborar con el invasor y con su política antijudía sin que ello supusiera ningún acto de contrición colectiva durante la posguerra. Como afirma el historiador Tony Judt, en ninguno de estos estados de la Europa occidental, incluida Francia, el número de resistentes superó el número de colaboracionistas. Tal como afirma el mismo historiador, la retribución por los crímenes de guerra sólo afectó a un restringido círculo de alemanes, por no imputar responsabilidades ni siquiera se recordaba el papel de buena parte de la población de estados oficialmente alineados con el III Reich como el anexionada Austria, la Italia de Mussolini o la Hungría de Horthy (Hungría que, quizás no por casualidad, hoy se encuentra inmersa en un régimen autoritario sin que ni la UE ni el Consejo de Europa hagan nada al respecto).

Analizando el panorama con el que nos encontramos setenta años después de la rendición incondicional alemana, no podemos hacer nada más que constatar una serie de contradicciones muchas de las cuales son fruto de los olvidos que hemos mencionado: la realidad es que tenemos una Unión Europea que es fundamentalmente una unión económica para dar salida a los productos industriales alemanes, un proyecto que se parece de forma inquietante a la idea de hegemonía alemana que los nazis soñaban aunque en vez de realizarla a través de la fuerza militar se ha perpetrado en las relaciones comerciales y en el control de Berlín sobre el presupuesto de los estados del sur de Europa. En este sentido no se puede borrar de la memoria que los dirigentes de las grandes empresas alemanas fueron los primeros sobre los que no recayó ningún castigo por haber militado con los nazis, las mismas empresas que ahora tienen un papel preponderante en Europa (el mismo se puede decir de algunas empresas de estados ocupados como en Francia que también colaboraron con la barbarie). A pesar de la sacudida, pues, un buen grupo de poderes fácticos que han construido la Europa actual persistieron. Sólo esperamos que el próximo ciclo transformador que planee sobre el continente ponga en cuestión estos poderes y venga impulsado a través de los votos y no de las armas.

EL PUNT – AVUI