El españolismo desacomplejado

El nacionalismo español en Cataluña campa sin complejos y con poca resistencia, particularmente en el mundo de los negocios, la cultura y los medios de comunicación. Desde la publicidad, premios y ayudas literarias, galas deportivas y cinematográficas, pregones de fiesta mayor, participantes en tertulias –que nunca sabes quién les ha invitado–, hasta las agendas informativas de la mayoría de medios de comunicación públicos y privados con el centro mental español. Y, claro, así se va arrinconando la perspectiva nacional catalana, con un pensamiento ahora ocupado en lamerse las heridas por la derrota de 2017 y en repartir responsabilidades, intoxicado por aquel autoodio tan propio de los vencidos, y tan bien diagnosticado de hace años por Lluís Ninyoles.

Sin embargo, tomemos un poco de perspectiva. En febrero de 1987 en Vic, treinta años antes de nuestro referéndum, se celebraron las primeras jornadas llamadas “El nacionalismo catalán a finales del siglo XX”. Participaron personas de tan diversos orígenes intelectuales y profesionales como Paco Candel, Isidor Marí, Josep M. Puig Salellas, Max Cahner, Oriol Pi de Cabanyes, Joan Soler Amigó, Segimon Serrallonga, Francesc Codina, Miquel Sellarés, Josep-Lluis Carod-Rovira, Vicent Pitarch, Heribert Barrera, Joan B Culla y yo mismo. Se iniciaba, en diez ediciones, un recorrido anual itinerante por todo el país –es decir, incluidas las islas Baleares y el País Valenciano– promovido por Max Cahner y con un propósito doble –yo creo que exitoso–, de actualizar el pensamiento nacional y también de poner en contacto a gente que hasta entonces no nos conocíamos y donde cada uno iba por su cuenta.

La expresión que hizo fortuna de aquellas jornadas y que ahora me interesa destacar, sin embargo, fue la que daba título a la ponencia de Joan B. Culla, “por un nacionalismo desacomplejado”. Y es que en los años 80, aunque el gobierno estaba en manos de un partido y un presidente nacionalista catalán, o precisamente por eso, el nacionalismo socialista español en Catalunya dominaba claramente la escena del pensamiento político. Los intelectuales poco o muy orgánicos del PSC no habían digerido la derrota de 1980 y el fracaso de sus expectativas de poder. Ejercían su iracunda reacción –por decirlo suave– en contra del nacionalismo catalán desde diversas plataformas culturales y desde medios minoritarios pero entonces de prestigio como el diario ‘El País’, que era llevado bajo el brazo de forma ostensible por el profesorado ‘progre’ en las universidades catalanas. El triunfo socialista del PSOE había reavivado el orgullo españolista de la progresía, también de la catalana. No en vano Felipe González había sido acertadamente calificado por ‘The New York Times’ en 1982 como un “young Spanish nationalist”.

No puedo reproducir el texto de Culla con toda la extensión necesaria, con su habitual suma de rigor histórico y de estilo agudo. Pero afirmaba: “antes o al mismo tiempo de esta renovación de contenidos, el nacionalismo catalán se debe desacomplejar, debe quitarse de encima el complejo de inferioridad, de derechismo, de ‘barretina’, que se intenta infundirle desde hace años, debe recobrar la plena autoconsideración como valor de progreso que ha sido a lo largo de su historia.

Pues bien: ahora mismo, volvemos a vivir en una situación similar a la de los años 80. El nacionalismo catalán vuelve a estar acomplejado y el español se vuelve a campar, pero no tanto con una intelectualidad cualificada, sino de forma más generalizada con la ayuda de los artefactos actuales al servicio de la construcción ideológica. Más con TikTok que con bibliotecas, como dice aquél. Parece que quienes durante el proceso se sintieron de cara a la pared por el potente, mayoritario y democrático movimiento independentista, en los últimos años se han quitado un peso de encima. Como mucho, suavizan su españolismo de acuerdo con aquella cancioncilla de Illa, lo del país de todos, de la concordia, y que tan bien sirve para esconder el ahogo fiscal, el maltrato político, la represión colonial y, en definitiva, la dependencia autoritaria.

Seguro que ningún independentista de corazón ha dejado de serlo, ni que se haya vuelto a replegar en eso de “ya me gustaría, pero no es posible”. Nuestro acobardamiento es el principal éxito del actual nacionalismo español en Cataluña. Por eso, casi cuarenta años después, hay que volver a leer a Joan B. Culla para recordar que “el nacionalismo catalán –no ésta o aquella organización, sino la idea de Cataluña como nación y la defensa de sus derechos– constituye un factor de profundización democrática, una herramienta de liberación de primer orden, una apuesta de futuro que hay que afianzar, que hay que reafirmar, que hay que subrayar, que hay que proclamar otra vez”. Releer a los clásicos siempre es un buen consejo.

EL PUNT-AVUI